Los niveles críticos de la represión

Antonio José Monagas

Profesor Titular ULA, Dr. Ciencias del Desarrollo, MSc Ciencias Políticas, MSc Planificación del Desarrollo, Especialista Gerencia Pública, Especialista Gestión de Gobierno, Periodista Ciudadano (UCAB), Columnista El Universal, Diario Frontera, RunRunesWeb.

 

La dinámica política es enfática. Los cambios que caracterizan el discurrir de estos últimos años, son reveladores del ímpetu con el cual la política determina el camino de los pueblos. De cómo la política traza el ritmo de los tiempos. De manera que no hay duda de la fuerza que contiene la política, para transformar realidades tan rápido como inmediatamente.

Las variaciones de las situaciones que vienen aconteciendo no sólo en Venezuela, sino también en cada rincón del mundo, dan cuenta de la magnitud del impacto político cuyos efectos son capaces de construir o destruir todo lo que se cruce o se interponga en su paso. Pero ante lo arriba descrito, se hace necesario explicar su razón.

Todo ello deriva del problema que se configura alrededor del egoísmo que detenta el hombre en tanto que sentimiento que posee la capacidad emocional, física y psicológica, así como condiciones éticas, conceptuales e ideológicas, capaces de motivar reacciones que llevan al ser humano a actuar a la defensiva u ofensiva frente a acontecimientos que, a juicio propio, puede considerar amenazadores ante objetivos y expectativas de vida definidas desde una perspectiva individual o colectiva.

Adam Smith, en su obra La Riqueza de las Naciones, (1762) ya había aludido a factores subjetivos que condicionan las preferencias y decisiones del hombre en su afán por elevar su nivel de vida. En su interpretación de la riqueza de una nación, describe cómo es posible el ajuste del desarrollo de una sociedad humana a los valores y motivaciones que la incitan. Por eso explica el papel que juega el egoísmo como actitud mediante la cual el hombre se plantea sostener un nivel adecuado de bienestar individual, así como razones para equilibrar sus deseos personales con las realidades donde circunscribe su vida social, económica y política. Ello lo refiere aduciendo que la vida es el resultado del libre ejercicio del “interés individual que beneficia exitosamente al bien común en la solución de problemas y satisfacción de necesidades propias”.

Ahora bien, si este problema se traslada a la política para, desde su ámbito causal, justificar cambios que lejos de consolidar y aupar procesos sociales, terminan por desguarnecerlos de consideraciones que alientan sus principios y razones, es posible hallar argumentos que confirmen las desviaciones de las que ha resultado ser cuestionado objeto inculpado de las consecuencias que incita. Precisamente en su interés por asentir su fuerza doctrinal, con esos mismos argumentos busca convalidar la coerción aducida como criterio a los fines de imponer su autoridad valiéndose de prácticas desmesuradas de represión. Formas estas que al desglosarse de su conjunto, revelan el exagerado grado de violencia intrínseco a sus concepciones.

El caso Venezuela es ejemplo patético del grado de desviación o aberración, con el cual el régimen autoritario se vale de dicho principio profundamente explicado por Max Weber en su libro: Economía y Sociedad. Es así que al apostar a sostenerse en el poder, indistintamente de la ilegitimidad que define su postura, utiliza métodos no sólo ilegales. Al mismo tiempo, mecanismos intensamente represivos pues en ellos el régimen ha conseguido la fórmula, aunque de autoría castrista, para lograr que sus amenazas, propias de una retórica ramplona, se convirtieran en una especie de condena cuyo efecto demoledor inhibiera las protestas propias de este tipo de soborno físico.

Precisamente, con motivo de algunas decisiones aprobadas por la Sala Constitucional del tribunal supremo de justicia (con minúsculas), las cuales han pretendido despojar de las atribuciones y facultades que la Constitución Nacional, basada en el criterio jurídico-político de separación de poderes, le establece al Poder Legislativo, la situación de ingobernabilidad alcanzó niveles críticos. Tan aberrante realidad, sumada a otras más que fueron sancionándose por tan ilegítima instancia judicial, luego del momento en que la oposición democrática comenzó a establecer ciertas pauta de lucha contra el barbarismo gubernamental, dio pie a que la paciencia del país político se desbordara y se tradujera en reiteradas manifestaciones de protestas y de resistencia civil. Fue oportunidad para que el pueblo demostrara finalmente su acumulada resignación y contenida indignación al gobierno ante los descarnados atropellos que trastocaron el abastecimiento de alimentos, medicamentos y rubros de todo tenor.

En consecuencia, el país comenzó a comprender que una fase de legítima y necesaria desobediencia, es inaplazable. Además, que representa un derecho constitucional (Artículo 350). No hay duda de que Venezuela se paralizó o quedó suspendida entre reacciones que desesperaron al alto gobierno. Más, cuando se ha visto que el miedo consumió el “orden” interno que mantenía a las filas del partido de gobierno subordinadas a insolentes politiqueros con ínfulas militaristas.

La ruptura de la institucionalidad establecida constitucionalmente, dio al traste la forma del Estado, el ejercicio de la soberanía nacional y la división del Poder Público. De manera que el régimen, aturdido por su efímera capacidad de gobierno, optó por medidas cuya severidad lo obliga a actuar apegado a la fórmula del Estado Opresor. El régimen exhibió su condición tiránica. Así apeló a reprimir desmedidamente a la población por tres vías.

Primeramente, acudiendo a las fuerzas de seguridad pública representada por la Policía Nacional Bolivariana. Luego, entra en acción la retorcida Guardia Nacional “Bolivariana”. Y como “guinda de la torta”, permite la violenta intromisión de facinerosos organizados para robar, agredir y hasta asesinar ante los ojos complacientes de quienes comandan las fuerzas del Estado-opresor y Estado-victimario. He ahí los círculos de la embestida gubernamental cuando actúa en nombre de la paz (del cementerio). Es lo que traduce la manida expresión de “gobierno cívico-militar”. Y en Venezuela así lucen los niveles de la represión.

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Las opiniones expresadas en esta sección son de la entera responsabilidad de sus autores.

 

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