Los declaro marido… y fémina #LasMujeresOpinan

Eritza Liendo

Escritora y periodista venezolana. Licenciada en Comunicación Social y Letras de la Universidad Central de Venezuela. Jefe de la Cátedra de Literatura en la Escuela de Comunicación Social de la UCV. Con su primer libro, Shadow y otros cuentos sombríos, obtuvo en 2013 el Premio para Autores Inéditos de Monte Ávila Editores.

No tengo cómo precisar en qué momento empezó a ser una cosa vulgar, ordinaria y hasta ofensiva referirse a una mujer usando la palabra mujer. Al menos, en el ámbito del periodismo (en cualquiera de sus plataformas), el vocablo quedó proscrito para referirme a las damas, a la hembra de la especie humana.

Se entiende que, por su propia naturaleza, el lenguaje es un cuerpo vivo y cambiante: desde siempre, se modifica con el paso del tiempo; se ajusta según los cambios tecnológicos, los nuevos descubrimientos, las variaciones políticas y sociales y, también, de acuerdo con las necesidades expresivas de cada época.

Eso se entiende y se acepta porque, si no, nuestro mundo se iría cerrando en torno a sí mismo hasta dejarnos aislados. Lo dijo Wittgenstein hace muchos años: “los límites de mi lenguaje significan los límites de mi mundo”. El asunto es que debe existir un punto medio, un centro de equilibrio, para que nuestro léxico no nos ahogue pero tampoco nos deje por ahí desparramados.

Las cosas del decir

Los estudios de la lengua contemplan una serie casi infinita de variables. Los lingüistas y lexicógrafos se nutren de las cosas del decir, de las manifestaciones del habla, de los modos en los que la gente se expresa. No hacen juicios de valor: muestran el estado de las cosas e interpretan sus causas probables.

Entre las muchas categorías que se desprenden de los estudios de la lengua tenemos las nociones de dialecto, cronolecto, sociolecto e idiolecto. Puestos en palabras de a centavo, esos conceptos se refieren, respectivamente, a las distintas formas que adquiere una misma lengua de acuerdo al lugar en que vive el hablante; a las variedades del habla según su edad; a los usos que derivan del grupo social al que pertenece y, en última instancia, a las peculiaridades de habla que el usuario de la lengua activa sistemáticamente y en las que difiere del uso de los miembros de su comunidad lingüística.

Secuelas de la neolengua

El uso que hacemos del idioma supone un contrato social. El lenguaje es, de hecho, un sistema de convenciones socio-culturales en razón del cual una comunidad llega a acuerdos para llamar a las cosas de una determinada manera. Regular el lenguaje es un modo de erradicar el síndrome de Babel. La confusión de las lenguas no trae más que desmanes y malentendidos. Por eso y para eso existen instancias como la RAE (Real Academia Española); para sistematizar y normalizar el uso que hacemos de las palabras los hispanohablantes.

No obstante, ocurren fenómenos como la instauración –mediante ciertos usos reiterativos– de eso que llaman neolengua. Una práctica, según el decir del escritor español Antonio Muñoz Molina, muy recurrente en el contexto de regímenes autoritarios, totalitarios y despóticos. “Todas las dictaduras –señala– han creado lenguajes paralelos”. Pero, más allá de cualquier imposición léxico-política, hay un tema de ignorancias varias con respecto al uso de la propia lengua materna, y en ese sentido hay muchas manías.

Hay gente negada, por ejemplo, a dar los buenos días persuadida como está de que el día es uno solo y, por lo tanto, debería ser “buen día”. Es la misma gente que después de las doce del mediodía saluda con un “buenas tardes” (cuando la tarde también es una sola). Hay gente capaz de batirse en duelo con tal de demostrar que el vaso no es de agua sino de vidrio (aunque luego celebre con una taza de café). Es esa gente que olvida que la preposición “de” también implica medida (un litro de leche, por ejemplo).

Las manías son infinitas, y una de más o menos reciente data es la de sustituir la palabra mujer por la palabra fémina. Y este uso de nuevo cuño se restringe casi exclusivamente al ámbito de periodismo (tanto en Venezuela como en otras latitudes), y quienes se hacen eco de ese uso no tienen, probablemente, idea de lo ridículo que resulta.

El sacerdote, durante la ceremonia del matrimonio, no dice “los declaro marido y fémina”. Por muy valiente y audaz que sea, nadie se refiere a una mujer como “una fémina de armas tomar”. Los caballeros, en los actos sociales, presentan a su esposa o a su mujer. A su fémina rara vez la mencionan. Nadie sabría de la existencia de Agustín Lara si hubiese titulado uno de sus boleros más hermosos “Palabras de fémina” en lugar de “Palabras de mujer”.

Muchas veces, por la fuerza de la costumbre, por impericia o por ignorancia, terminamos validando con nuestras prácticas discursivas unas formas de habla que nadie sabe a ciencia cierta ni cómo ni dónde surgieron. Y es lo bastante grave cuando esas formas son legitimadas a través de los medios de comunicación masiva. A la gente cuando se muere, ¡la entierran! No la siembran. A los hombres nadie les dice “másculos”, por ejemplo. ¿A qué entonces esa manía con una palabra como fémina, que ni bonita es?

En última instancia, lo que hizo Dios con la costilla de Adán fue una mujer. ¡No inventen!

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Las opiniones expresadas en esta sección son de la entera responsabilidad de sus autoras.

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