Los Cotorros

Leoncio Barrios

Leoncio Barrios, psicólogo y analista social. Escribidor de crónicas, memorias, mini ensayos, historias de sufrimiento e infantiles. Cinéfilo y bailarín aficionado. Reside en Caracas.

Un titular de prensa que dijera: “20 muertos al explotar bomba en discoteca” alarmaría al mundo entero. Lo de “mundo” no es metáfora ni exageración, esa noticia conmovería a los cinco continentes si el hecho hubiese ocurrido en un país donde haya amenazas terroristas o esté en guerra. Pero ocurrió, hace pocas semanas, en Venezuela, país donde ocurre de todo, y fue noticia de segunda, sin repercusión social, casi como que si nada.

En Caracas, una fiesta en un local nocturno conocido como el club de El Paraíso o Los Cotorros (referencia que alude al segmento de edad de su clientela usual, muy jóvenes) donde se celebraba el fin de año escolar, o lo que fuese, terminó en tragedia: cerca de 20 muertos, casi todos menores de 20 años de edad, un número no precisado de heridos, centenares de sobrevivientes con stress postraumático y decenas de familias adoloridas es el sangriento balance de aquella celebración. El país, las autoridades, los responsables, casi como que si nada.

Ya las dimensiones del suceso lo hacen grave, gravísimo, pero tanto como eso es el detonante de la tragedia: en una riña entre jóvenes asistentes a la fiesta, uno de ellos activó una bomba lacrimógena. De esas que expelen gases que irritan ojos, garganta, causan lagrimeo y pueden producir asfixia recuperable pero en un local cerrado, esos gases pueden ser mortales, como lo fueron en Los Cotorros.

Entonces, un joven saca de su bolsillo o morral, una bomba lacrimógenamaterial de guerra que no lo venden en supermercados, ni en farmacias, ni por Internet, ni son de fabricación casera- como quien saca una navajita o una pistolita, que ya fuese grave, gravísimo y la activa, así na´más. Y los responsables de la guarda y tenencia de armas de guerra en el país, apenas declaran o callan y se realizan unas detenciones de adultos sin precisar las razones de por qué ellos. Mucho misterio. Allí hay gato encerrado.

Además, la fiesta se realizaba en un extraño local, sin identificación y ante la explosión todos corrieron, desesperados, tratando de escapar del lugar y se encontraron sin puertas de emergencia, pasillos estrechos, escaleras encajonadas hacia la puerta principal, las rejas que dan a la calle cerradas dicen que por el impacto de la bomba. Es decir, sin salida.

Después de la tragedia se ha sabido que, en efecto, el local no era adecuado para ese tipo de eventos ni había control que garantizara la seguridad de los asistentes, que violaban cualquier cantidad de normas de seguridad y de asistencia de menores de edad a un local nocturno. En el cuerpo de bomberos, institución responsable de los permisos de seguridad, no pasa nada.

La tragedia se produjo y la noticia no tuvo la relevancia, la cobertura y el seguimiento que exigía su magnitud. El día a día del tema económico y político del país se come la atención de los medios, de la gente. Pareciera que nos hubiéramos insensibilizado, no solo ante el dolor ajeno, sino también ante el nuestro porque la muerte de 20 veinteañeros que estaban celebrando la vida nos tendría que doler a todos como que si fueran nuestros hijos, hermanos, sobrinos, primos, nietos.

Han pasado semanas de la tragedia en Los Cotorros y la impunidad ronda entre los responsables directos o indirectos de las condiciones del local, los permisos, la violación de la normativa de asistencia a espectáculos públicos y por supuesto, de la tenencia de armas de guerra en manos no autorizada. No hay destituciones, ni renuncias. No hay ética.

En Argentina, el incendio en una discoteca que ocasionó casi dos centenares de muertos y miles de heridos, en el 2004, produjo una movilización no solo de los familiares de las víctimas sino de la población solidaria que logró cambios hasta en las altas esferas gubernamentales de Buenos Aires y condujo al cierre de gran cantidad de locales nocturnos que no respetaban las disposiciones de seguridad.

En Venezuela, como que si nada. A veces decimos: Tendrá que pasar una tragedia para que se tomen medidas necesarias, pero ni así.

En el 2002, en Caracas, se incendió la discoteca La Guajira. Casi medio centenar de muertes y decenas de heridos. En ese entonces, las autoridades dijeron: No se respetaba la capacidad máxima del local, no se contaba con salida de emergencias operativas.

Casi 15 años después, ante la tragedia de Los Cotorros, las pocas autoridades que han declarado mencionan esas mismas razones entre las que no permitieron reducir la magnitud de la tragedia (pero claro, sin mencionar el que un adolescente tuviera un arma de guerra en el local) y es que aquí no pasa nada. Los funcionarios gubernamentales, los dueños y gerentes de los locales, no aprenden, les importa un bledo violar las normas así pongan en riesgo vidas humanas.

Pareciera que la irresponsabilidad, la impunidad, la insensibilidad se ha metido hasta los tuétanos en gran parte de nuestro cuerpo social. Estamos muy jodidos.

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