Los adolescentes

Miguel Ángel Latouche | @miglatouche

Internacionalista. Director de la Escuela de Comunicación Social - UCV. Doctor en Ciencias Políticas. Profesor en la Universidad Central de Venezuela. Consultor.

La política requiere de actos de reflexión permanente. Cuando se tiene entre manos algo tan importante como la vida de los demás, en términos de bienestar colectivo, lo menos que uno puede hacer es no dejar las cosas a la improvisación. En nuestros predios nos encontramos con una contradicción profunda entre la teoría y la práctica. Hay quien cree que el trabajo de la reflexión corresponde a la mera contemplación de los asuntos. Como si los académicos fuesen unos señores asépticos de bata blanca que ven al mundo como si de un experimento científico se tratase. Siendo esto así, en general, los políticos no escuchan a la academia, se les antoja que el asunto de lo público se resuelve a fuerza de “actos de la voluntad”. Eso nos tiene atrapados como sociedad en la lógica de un vuelvan caras interminable y aburrido. Eso nos somete a una dinámica adolescente en la cual unos y otros intentan demostrar quién es el más arrecho, como si la política no fuese un acto discursivo.

Los adolescentes nunca tienen tiempo, siempre andan a contrarreloj, a la carrera, es como si la cosa se terminara mañana, como si el futuro no estuviese por llegar. En ese contexto vital, el acto reflexivo se desvaloriza, no tiene tiempo para cavilar aquel a quien las hormonas le generan urgencias. De allí que el acto de fuerza física prevalezca en sus actuaciones; de allí que se pavoneen mostrando sus cualidades. “Juventud, divino tesoro”, diría Rubén Darío. El asunto es perfectamente comprensible cuando uno tiene la edad correspondiente, es parte de la condición humana. Lo malo es cuando nos toca tratar con adolescentes tardíos, con sujetos que carecen de consistencia, cuando la gente adulta no cumple con su palabra, cuando se sacan cuentas sin tomar en cuenta a los demás.

Preocupa un país en el cual la clase política, permítanme la metáfora, sufre de eyaculación precoz. Sin lugar a dudas estamos viviendo una calamidad. En este país el tiempo vital juega en nuestra contra, las condiciones han dejado de ser propicias para los actos creativos, para la felicidad; vivimos en una lógica de supervivencia. La clase política juega a hacer discursos vaciados de contenido, mientras en la mitad del conflicto la gente sufre de los males de un país anarquizado, sin reglas de juego, sin futuro.

Yo no sé muy bien cuando fue que decidimos jugar Suma Cero. Pero, estamos jugando Suma Cero, una dinámica en la cual lo que una de las partes gana es perdido por la otra. En esa posibilidad no es posible construir nada, se trata de una confrontación abierta en la cual una de las partes prevalece mientras la otra está condenada a la extinción. ¿Es racional jugar Suma Cero? Sí, claro, cuando uno tiene una alta probabilidad de ganar. El problema en nuestro caso es que acá tenemos, todos, una alta probabilidad de perder. Porque, al final de la cuenta, un país que se destruye, en el cual no hay previsiones para el futuro, en el que se marcha mucho y se trabaja poco, es un país condenado al fracaso.

La política es discurso. Pero no es discurso emocional. No se trata de apelar a las masas y alcanzar algunos aplausos. Se trata de elaborar discursos que definan rutas sobre las cuales avanzar, que definan ideologías, que determinen los contenidos de un proyecto colectivo. Para ello hace falta que tengamos capacidad para reflexionar con profundidad sobre los asuntos que nos convoca la plaza pública, sobre los problemas del bienestar, sobre la necesidad de incluir, sobre la necesidad de ser más eficientes, más productivos, más responsables. Es duro el camino de la adultez. Implica pensar en el otro, construir con el otro, tolerar, perdonar, ser más sabios, respetar a los demás, ser serios. Esas cosas que nos cuestan tanto.

El discurso, entonces, es reflexión, es elaboración teórica. No se hace discurso por el mero afán de figurar o para cosechar un par de aplausos, se hace discurso para marcar un destino, en este caso el destino de la nación. No es casual que el Libertador escribiese la Carta de Jamaica, o el Discurso de Angostura. Sabía muy bien que el esfuerzo de guerra debía ir acompañado de un ideario político que lo guiara, que sirviera de referencia intelectual al proceso estratégico que vencer al contrario. ¿Qué hubiera sido de la resistencia británica en contra de la Alemania Nazi sin los discursos de Churchill? Estamos en presencia de asuntos que requieren de reflexión cuidadosa.

En Venezuela no nos hemos planteado proyectos para el largo plazo que hayan sido exitosos, esto explica que nuestras crisis nacionales sean recurrentes. Nos hemos contentado, hasta ahora, con ese perverso “como vaya viniendo vamos viendo” que tanto daño nos ha hecho. Este apuro permanente e irreflexivo en el que andamos nos trae demasiado cansancio, un cansancio estructural, el cansancio espectral de los adolescentes.

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