Las mujeres también somos expertas

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Susana Reina

Psicóloga. Magister en Gerencia de Empresas. Coach Ontológico Empresarial. Directora Fundadora de feminismoinc.org Venezolana. Feminista. IG: @feminismoinc / TW: @feminismoinc

Es una realidad que los hombres se reúnen a discutir entre ellos y a tomar decisiones sobre asuntos de primordial importancia desde que el mundo es mundo. El sistema patriarcal supone que la vida pública la regulan y la gobiernan ellos, mientras que las mujeres ocupan el espacio de lo privado, de lo doméstico. Esto es estructural, así se ha manejado el sistema siempre. Casi nadie se da cuenta de ello y mucho menos lo cuestiona. Una mujer que sale de su casa a opinar sobre asuntos políticos públicos es degradada, abusada y conminada a retornar a su territorio. ¡No hace ni 100 años ni votábamos! Y aún en muchos países esto se vive de forma más dramática en pleno siglo XXI.

Victoria Sau ha definido el patriarcado como “una toma de poder histórica por parte de los hombres sobre las mujeres cuyo agente ocasional fue el orden biológico, si bien elevado éste a categoría política y económica. Dicha toma de poder pasa forzosamente por el sometimiento de las mujeres a la maternidad, la represión de la sexualidad femenina, y la apropiación de la fuerza de trabajo total del grupo dominado, del cual su primero, pero no único producto son los hijos”. El concepto de patriarcado ha sido utilizado principalmente para referirse al poder y gobierno del padre, la dominación cultural, el universo simbólico masculino, etc. (Mitchell, 1974 ; Millet, 1971 ; Rich, 1 977).

Hartman lo define como “el conjunto de relaciones sociales y jerárquicas entre hombres, que tiene una base material en el control de los hombres sobre el trabajo de las mujeres, y sobre la sexualidad de las mujeres, tanto para obtener objetivos reproductivos o satisfacer sus necesidades”. Por lo tanto, el patriarcado crea lazos de interdependencia y solidaridad entre los hombres que les permite dominar e invisibilizar a las mujeres. (Tomado de “La posición estructural de las Mujeres“)

No es un asunto menor. La palabra es poder. La palabra crea y transforma realidades. Opinar, expresarse, hablar, gritar, poner sobre la mesa lo que piensas o sientes es fundamental para existir, para ser. Cuando un hombre acapara esos espacios y niega la participación a las mujeres, está controlando su existencia. Es una forma de violencia simbólica que deja por fuera del ámbito de la vida pública a la mitad de la población. Es control puro y simple.

Ya se ha descrito el síndrome del mansplaining, neologismo anglosajón basado en la composición de las palabras varón y explicar, que se define como explicar algo a alguien, generalmente un varón a una mujer, de una manera considerada como condescendiente o paternalista. Es la posición vertical dominador-dominada, que pone el poder en el varón como el sujeto del supuesto saber. La otra queda callada, desdibujada, no consultada.

Por ello vemos como proliferan las convocatorias a seminarios, foros, jornadas, simposios, conversaciones, reuniones, congresos con exclusividad absoluta de hombres en su composición, sobre todo cuando los temas tienen que ver con Economía y Política, que son los dos ámbitos más relacionados con el Poder.

Algunos ponen a mujeres como moderadoras del panel, suponiendo con ello que ya se están abriendo a la participación femenina, pero una cosa es dar la palabra y otra muy diferente es tenerla. Con ello solo replican el modelo de la mujer que está para dar soporte y asistencia, la que organiza y lleva minuta, la que cuida que las cosas salgan bien y si lo hace de forma callada y sumisa mejor. Pero que para nada es considerada como una experta calificada en la materia en discusión.

Muchos de los organizadores u organizadoras sin solidaridad de género, no lo notan. No se dan cuenta. Y cuando las feministas lo señalamos, surgen las defensas reactivas: “no hay mujeres”, “las invitamos y no vienen”, “las mujeres tienen miedo de hablar en público”, “dime el nombre de alguien, que no conozco a ninguna experta”, “las mujeres se reúnen para conversar sobre sus cosas y nadie las critica”, “dejen la manía de querer poner sus cuotas en todas partes”, y más respuestas absurdas. Es una especie de “deber ser” natural o cultural que, a la mínima resistencia, le surgen respuestas agresivas de lado y lado, de todos los hijos del patriarcado defendiendo su status quo.

Por nuestra parte lo seguiremos señalando para hacer visible la discriminación. Un panel que no incorpora perspectiva de género y que no hace un balance en su composición, no es democrático. No es diverso. No aprovecha las visiones y puntos de vista de otrxs en la discusión. Es un panel pobre, y sus conclusiones no serán nunca sostenibles ni sustentables porque nacen de la exclusión.

Ojalá muchas más se unan a la campaña #NoSinMujeres #allmalepannels y muchos hombres se nieguen a participar de estos paneles 100% masculinos, aunque ello signifique perder sus privilegiados espacios.