Las imposiciones no sirven

Oscar Morales Rodríguez

Economista con un Magister en Políticas Públicas. Colaborador de varios medios nacionales.

Reza la vieja frase: “Nada obligado es bueno”. No es secreto para nadie que el ejercicio del poder en Venezuela se modela bajo el perverso método de la imposición. Son innumerables los ejemplos sobre las prácticas coercitivas que solo duplican el comportamiento de lo que se pretende suprimir. Desde el niño rebelde que hace caso omiso de las advertencias de sus padres por sentirse presionado a cumplir ciertas reglas, hasta la desaparición de la carne por forzar a sus vendedores a comercializarla por debajo de los costos de producción.

Con el tono dictatorial que ha promovido el gobierno sus últimas decisiones, no puede preverse ninguna brisa de paz. Los legados que deja este modo de dirigir el país, son una hilera de décadas de violencia, profanación y crueldades, porque sus acciones vienen por medio de los cañones, la coacción, la tortura y el aniquilamiento final de la disidencia. Los modelos de sociedad construidos bajo sentencias opresivas, o sencillamente que lleven la palabra “revolución”, no han terminado bien, lo dice la historia.

Existen límites en el ejercicio de hacer política -que está muy lejos de hacer la guerra por otros medios, parafraseando a Carl von Clausewitz-, porque si se hieren muchas sensibilidades, tarde o temprano se asomará el revanchismo, la venganza y los desquites, cuando cambien las autoridades del poder puesto que se debe comprender que el desarrollo de las sociedades permanece por más tiempo que el dominio del poder de un sector y, si se inyectó veneno en una época, es difícil pretender que sigamos siendo los hermanos de “la espuma, de las garzas, de las rosas y del sol”.

Jugar al desmembramiento del adversario –hasta con el chavismo disidente– es una apuesta suicida donde nadie gana. Divertirse aniquilando cualquier acción democrática que huela a competencia, no traerá concordia. Instar el exterminio de toda oposición profundizará los quiebres sociales que padecemos. Me pregunto: ¿qué tipo de sociedad nos vamos a encontrar para la reconstrucción?

Aparentemente, creemos que en la cédula de identidad muestran clasificaciones sobre los niveles de ser venezolano. Pareciera que estuviéramos registrados como “ultra venezolano”, “casi venezolano” “mega venezolano”, “dudosamente venezolano” o “medianamente venezolano”, y de esa forma tenemos derecho a ser tratados. Pues no, en la cédula estamos inscritos como “venezolano” no hay más clasificación que esa. Ninguno es más venezolano que otro.

Tenemos muchos problemas para concebir el después. Se nos dificulta entender que debemos dar garantías hoy para que se haga previsible la posibilidad de gobernar mañana. Nos cuesta mucho saber leer el momento con simple razonamiento. La implementación efectiva de cualquier medida para superar la crisis política, económica, social e institucional que sufre el país, necesariamente requiere el reconocimiento del otro. Si no, lo que se vivirá será el primitivismo en todas sus presentaciones.

El totalitarismo no es eterno. La transición en algún momento se hará, pero no con antipolítica. La vida del país no termina en una elección. Pese a todo, existirá Venezuela, pero bajo los escombros no se gobierna y mucho menos sin la colaboración de quienes adversan. Imponer tampoco es la receta.

Foto: EFE

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Las opiniones expresadas en esta sección son de la entera responsabilidad de sus autores. 

 

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