La sombra de Nereo

Eritza Liendo

Escritora y periodista venezolana. Licenciada en Comunicación Social y Letras de la Universidad Central de Venezuela. Jefe de la Cátedra de Literatura en la Escuela de Comunicación Social de la UCV. Con su primer libro, Shadow y otros cuentos sombríos, obtuvo en 2013 el Premio para Autores Inéditos de Monte Ávila Editores.

Uno de los capítulos más oscuros de la historia política venezolana está ligado al nombre de Nereo Pacheco, el sanguinario carcelero de la Rotunda, durante la dictadura de Juan Vicente Gómez. La Rotunda fue construida entre 1844 y 1854. Se empezó a levantar durante la presidencia de Carlos Soublette y fue concluida bajo la gestión de José Gregorio Monagas. Pasó a la historia con el apelativo de “la última morada”. Entrar allí era salir muerto.

Nuestro país, bajo la bota opresora de Gómez, arribó al siglo XX como quien entra a una larga noche de pesadillas y de sobresaltos. Los 27 años transcurridos entre 1908 y 1935, período en el que Juan Vicente Gómez hizo de Venezuela su hacienda personal, fueron los mismos años del apogeo de la Rotunda: una ergástula a la medida de la Justicia dictatorial. Disentir era poner la vida en riesgo y opinar públicamente era lo más parecido a un suicidio. Vivir era una temeridad.

Pernos y grilletes; electricidad y vidrio molido eran las modalidades más conocidas como métodos de tortura: quien no podía ser “disuadido” con discursos y retóricas era “reducido” en su integridad física con azotes y puñetazos. En eso Pacheco era un maestro: era el can Cerbero de aquellos que, al pisar la Rotunda, debían abandonar toda esperanza.

La concordia

Eleazar López Contreras dio en 1936 la orden para demoler la Rotunda. En su lugar se levantó una plaza. Una plaza que debía ser, según las buenas intenciones del ex ministro de Guerra de Gómez, un signo de los nuevos tiempos de paz. A esa plaza se llamó Plaza de La Concordia, y se suponía que con ella quedaba suscrito un pacto de convivencia, de no más presos políticos y de no más tortura. Con la suscripción de ese pacto simbólico se suponía que nunca más un venezolano padecería persecución, tortura y muerte por causa de sus ideas políticas ni como consecuencia de su ejercicio profesional.

La sola visión de esa plaza erguida en un sitio donde antes camparan el miedo y el suplicio debía suponer el surgimiento de un espacio para el sano encuentro entre opuestos. En nombre de la concordia, se podría pensar diferente y se podía militar en un partido que no fuera el de gobierno sin que ello implicara ningún tipo de criminalización. La prensa podría ser, en nombre de los nuevos ideales de país, un espacio para la expresión libre de las ideas sin que opinar constituyera un delito o causa para la persecución y el secuestro.

A 78 años de la demolición de la Rotunda, ha lugar la pregunta ¿qué pasó con la concordia? Ha lugar el cuestionamiento de los motivos que, incluso sin la Rotunda, siguen implicando terror para quienes se oponen al oprobio y lo denuncian públicamente.

Jesús Medina y los otros

Jesús Medina es reportero del portal web Dolar Today. Recientemente, por motivo de su desaparición, fue noticia de primera plana tanto en medios impresos como en las distintas redes sociales. Todo comenzó con la publicación, el 1° de noviembre, de un trabajo periodístico sobre la cárcel de Tocorón. A partir de ese momento, habrían empezado las amenazas contra él y contra su familia.

Lo demás es historia conocida: el periodista estuvo desaparecido –presuntamente secuestrado– por más de 24 horas, y apareció semidesnudo y con evidentes signos de tortura en el kilómetro 1 de la vía Caracas-LaGuaira. Una etiqueta, posicionada por el gremio de comunicadores, se convirtió en emblema de presión en varias redes sociales: #DóndeEstáJesúsMedina. La noticia y la etiqueta trascendieron nuestras fronteras.

Ver el lamentable físico en el que apareció Medina hace evocar los tiempos de Nereo. Los días oscuros de la Rotunda: esas noches eternas de vejación y escarnio. Ver los hematomas en el rostro, el torso y las piernas de Medina es evocar el vía crucis de ese otro Jesús que murió por la verdad.

En sus propias palabras –después de ser liberado– dijo el reportero: “Volví a nacer para seguir informando la verdad y luchar más por mi país, Venezuela. Ando en resguardo […] Informar no es un delito. Seguiremos informando sin tener miedo. Sabemos que muchos se van por temor. La prensa venezolana ha sido muy castigada últimamente”.

Memorias de la decadencia

Decir que la prensa venezolana ha sido muy castigada últimamente es casi un eufemismo. En Venezuela, el llamado delito de opinión es un crimen de vieja data, y tiene más que ver con lo que le moleste al gobernante de turno que con las cosas dichas. Lo malo no es malo porque se divulgue; es malo porque se haga. Y ésa es la pequeña diferencia que no advierten quienes ejercen el poder a mansalva y a discreción.

Hoy, como ayer, el pensamiento libre sufre el asedio de los bárbaros. Presos de la Rotunda fueron también Néstor Luis Pérez Luzardo, los sacerdotes Mendoza y Monteverde, Carlos López Bustamente, Jóvito Villalba, Román Delgado Chalbaud, Andrés Eloy Blanco y José Rafael Pocaterra, entre otros.

De esa experiencia carcelaria, de esos hedores a sangre, muerte y miedo, nos quedaron, sin embargo, gloriosos documentos tanto históricos como literarios. Entre ellos Pesadilla con tambor (A. E. Blanco) y Memorias del un venezolano de la decadencia (J. R. Pocaterra).

Un pueblo entra en silencio hacia la noche cuando se persigue la libertad. Cada vez que un joven periodista es torturado, cuando se secuestra la opinión disidente, se le da un mandarriazo a La Concordia y se levantan de nuevo los muros de la Rotunda.

Foto: Vanessa Losada, Efecto Cocuyo

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Las opiniones expresadas en esta sección son de la entera responsabilidad de sus autores.

 

  • Angel Zambrano

    El ser humano es el único animal que se tropieza dos veces con la misma piedra. Y porque su memoria es de corto plazo no aprende de sus errores. Eso hace que la historia sea cíclica: se repite una y otra vez, nunca de la misma manera pero siempre se repite. Porque antes de La Rotunda estuvieron las cárceles igualmente dantescas de los tiempos previos a nuestra guerra de independencia, y hoy existen otros espacios que resucitan los oscuros y oprobiosos métodos allí llevados a cabo.
    A la humanidad le debió bastar con la muerte de Jesús crucificado para dejar el odio de lado y ver a los demás como hermanos, con sus similitudes y diferencias, con sus virtudes y defectos. Pero no. Pareciera que es su esencia atacar a otros. Ser objeto de señalamiento, de persecución, y de represión por el simple hecho de manifestar una opinión antagónica o disidente se ha vuelto en la actualidad un hecho común.
    La historia nos habla, hoy más que nunca, en voz alta. Es nuestro deber escuchar y aprehender su mensaje.