La soledad y totalitarismo

Mirla Perez | @mirlamargarita

Doctora en Ciencias Sociales y Licenciada en Trabajo Social. Profesora titular de la Universidad Central de Venezuela. Investigadora en antropología cultural del pueblo venezolano y sobre el fenómeno de la violencia en Venezuela.

Si algo nos puede salvar es la cultura. La nuestra, matricentrada, relacional, centrada en el “homo convivalis” para decirlo con Alejandro Moreno, cuya savia está en la convivencia y solidaridad que va a fondo como la primera capa de la existencia. La convivencia nos sale natural, no es una experiencia artificial, no es construida; es el primer vivido, por tanto, constituye la raíz de un modo determinado de estar en el mundo y de ser persona.

A lo largo de nuestras investigaciones nos hemos reconocido en la otredad. Ni el individuo ni la masa resuenan en la experiencia del venezolano. En la distinción relacional somos fuertes, ahí radica el poder tanto para resistir como para superar un sistema que tiene como propósito el exterminio.

En mi artículo pasado dejé un camino abierto: explorar en nuestro modo de ser pueblo para poder enfrentar el totalitarismo, punto de resistencia y de acción política. Llega a mí esta expresión de Paul Ricoeur, oportuna y radical: “…el poder persiste mientras los hombres actúan en común; desaparece cuando se dispersan…”

Lo que nos hace poderoso como pueblo, lo debilita a ellos como sistema. El actuar en común, el estar amarrados a la solidaridad, tener la convivencia como horizonte, son nuestra fortaleza por eso el régimen la está golpeando. ¿Cómo quieren hacernos débiles? Dispersándonos, aislándonos, atacando a la familia. Obligando al desplazamiento migratorio.

Si ellos lo tienen claro para dominar, nosotros tenemos la responsabilidad de asirnos a esa verdad cultural y humana para resistir y liberarnos. Antes que ocurra el radical aislamiento debemos actuar. No porque luego no sea posible, sino porque el costo humano será muy alto. Nos estamos jugando la vida y lo de hoy ya es categorizado como urgencia humanitaria.

En el aislamiento consiguen ellos la base antropológica de la dominación: “La experiencia en la que se funda el totalitarismo es la soledad. Soledad es ausencia de identidad, que solo brota en la relación con los otros, con los demás. El totalitarismo se aplicará sistemáticamente a la destrucción de la vida privada, al desarraigo del hombre respecto al mundo, a la anulación de su sentido de pertenencia al mundo. A la profundización de la experiencia de la soledad” (Cruz, 1992).

Una de las características del totalitarismo es el dominio aplicado a toda cultura en cualquier tiempo y lugar. Ellos van a lo suyo. Las sociedades dominadas por estos sistemas reaccionan según la cultura que poseen. En la modernidad se reacciona para la resistencia a partir de su núcleo fuerte: la vida privada y la libertad individual. Preservar lo que les identifica.

Siguiendo la misma línea, cuando tenemos una cultura como la venezolana, con un núcleo socio-antropológico centrado en la relación y la convivencia, no en el individuo ni en lo privado, ¿dónde anclamos la empatía de un movimiento liberador?

Aquí empieza el problema, en Venezuela las élites son quienes vienen pensando el país, la política y sus múltiples instituciones.

Hoy tenemos dos grupos élites, el chavista de orientación comunista y el demócrata. Ambos tienen sus raíces en la modernidad. El primero tiene vocación totalitaria, busca, por tanto, el exterminio, se mete en el núcleo de sentido de las élites democrática y lo quiebra desde dentro, esto es, rompe con el sentido de la libertad, de la vida privada y de la propiedad. Desde ahí domina.

También ocurre que por alguna vía la élite chavista ha entendido que la familia es fundamental en el amplio sector popular constituido, también, por la base militar. Desde este entendimiento Maduro puede afirmar lo siguiente: “…es preferible que un militar…deje de visitar o evite a esa parte de la familia (opositora) a tener que ver perdida su carrera por una imprudencia…” La frase es muy reveladora, completa el círculo de dominación: a la élite opositora, al pueblo y a los militares.

El segundo grupo élite, los demócratas, le toca un papel importante, descubrirse a sí mismo y descubrir, al mismo tiempo, el sentido vital del amplio sector popular para poder producir una política inculturada. Es decir, los anclajes significativos de las élites son cualitativamente distintos a los populares, por tanto, la resonancia y la empatía no se producen. Hay que generar prácticas y discursos políticos que encajen en el sentido popular.

Ante un sistema totalitario universal, supra territorial, hay que enfrentarlo desde las propias bases culturales. Repito, nuestra fortaleza está anclada en la identidad y en el modo diferenciado de ser pueblo. ¡Hurgar en la distinción es empezar el proceso de liberación!

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