La medicina preventiva y el imaginario popular

Paulino Betancourt Figueroa | @p_betanco

Doctor en Ciencias | Químico | Profesor e Investigador en pre y postgrado en la UCV | Nominado a Premio Nacional de Ciencias

La medicina preventiva, tal como se define, tiene como objeto: proteger, promover, mantener la salud y el bienestar, además de prevenir la enfermedad, la discapacidad y la muerte. Estas metas, han sido logradas gracias al descubrimiento de John Snow sobre la causa de la propagación del cólera, vinculándola al agua residual, e influyó sobre la mejora de los sistemas de drenaje. Incluidos están Edward Jenner pionero de la vacuna contra la viruela o el desarrollo de la pasteurización por Louis Pasteur y el pionero de la cirugía antiséptica Joseph Lister.

Estos ejemplos muestran el concepto conocido como prevención primaria, prevenir enfermedades o lesiones antes de que ocurran y el impacto que han tenido en el aumento de la expectativa de vida. La medicina moderna también se dedica a lo que se denomina la “prevención secundaria”. Aquí, el objetivo es reducir el riesgo de una enfermedad o lesión que ya ha ocurrido, detectándola y tratándola lo antes posible para detener o ralentizar su progreso. Los ejemplos más comunes son la detección del cáncer, la monitorización de la presión arterial y la detección de casos de hepatitis C. Además, la prevención terciaria busca mejorar la calidad de vida al suavizar el impacto de una enfermedad o lesión en curso en el paciente. Un ejemplo es la rehabilitación tras un ataque al corazón.

Es importante señalar, que la prevención primaria fue formulada por científicos aplicando juiciosamente el mayor descubrimiento de la humanidad: el método científico. La prevención secundaria y terciaria también aplica el método científico para formular y emplear métodos de detección e intervenciones basados en evidencia para lograr un beneficio. Pero en el ambiente de salud comercializado en el que ahora habitamos, la salud preventiva puede estar convirtiéndose en víctima de su propio éxito. Dado que la noción de prevenir enfermedades y lesiones es intuitivamente considerada mejor que el tratamiento, se cree lista para su explotación comercial y se halla cada vez más secuestrada por miembros menos científicos del sector salud.

Es así, que la industria de la medicina complementaria y alternativa asevera falsamente que la medicina tradicional no hace prevención. La propaganda los convierte en “Holísticos” y en la salud de la “Nueva Era”. Un vasto espacio se abrió para vacunas homeopáticas, “superalimentos”, hasta dietas de suplementos personalizados basados en el genotipo, la acupuntura para dejar de fumar, la desintoxicación por hidroterapia del colon y los potenciadores de la telomerasa como medicina “anti-envejecimiento”.

Por alguna razón, en el imaginario popular hay diferencias entre la “medicina natural” y “la de las farmacéuticas”, o bien la medicina homeopática frente a la alopática; la ancestral frente a la moderna, u “oriental” versus “occidental”. Algo que incluso puede sonar extraño para algunos, si consideramos que el objetivo de la medicina es curar a las personas. ¿Por qué habría que elegir una “corriente de pensamiento”? Como dice Tim Minchin en su poema escéptico Storm: “la única medicina es la que funciona”, todo el resto son terapias y sustancias que nadie se ha preocupado en demostrar con criterios racionales que funciona, más allá de “a mi tía le sirvió”.

La medicina naturista por ejemplo, en el imaginario popular suele hacer referencia a “plantas curativas”. Pues bien, es cierto que hay plantas que contienen químicos que producen ciertos efectos en nuestro organismo. El problema con esto es que las plantas no suelen venir con etiquetas explicando qué cantidad de esa sustancia tiene, y además, puede incorporar otras cosas que no queremos. El sauce blanco por ejemplo, fue usado por Hipócrates como analgésico y no fue hasta el siglo XVII que se dieron cuenta que su corteza podía utilizarse para obtener ácido acetilsalicílico, que hoy en día las farmacéuticas fabrican artificialmente para asegurar una pureza óptima y vender en blísteres.

Para conocer los efectos primarios y secundarios de las sustancias, además de la dosis exacta y síntomas para los que funcionan, no basta con algunas anécdotas del tipo “a mí me funcionó“, sino que se requieren muchos ensayos clínicos en animales y humanos y luego del famoso “doble ciego”, que básicamente consta en tomar a dos grupos de personas con síntomas similares y dar a un grupo la droga en cuestión y al otro un placebo, sin avisar qué se les está dando, para luego comparar los resultados y verificar si el efecto era “sólo psicológico”, o si la sustancia activa realmente producía una diferencia en nuestra fisiología.

La buena práctica de la medicina, utilizando todas las herramientas que la ciencia y la tecnología pueden brindar, no nos puede asegurar ningún resultado, pero sí nos muestra que estadísticamente tiene la capacidad de salvar muchas más vidas que cualquier práctica basada en conocimientos anecdóticos, especulativos y no sistematizados. En el día a día de la práctica clínica, los médicos hacen verdaderas investigaciones científicas con cada paciente: interpretando síntomas, estableciendo hipótesis, buscando pruebas y repitiendo el ciclo hasta dar con el problema, para luego, intentar buscar alguna solución.

Sea lo que sea, si funciona y puede verificarse con procedimientos universales y estandarizados, se aplicaría tanto en occidente como en oriente. ¡Las leyes físicas no son distintas en China!

La medicina preventiva, como ha demostrado la historia, continuará siendo un pertrecho vital en el armamento de la medicina moderna, especialmente con los avances en el campo de la genómica. Pero en las manos del pseudocientífico o el charlatán pueden provocar hasta la muerte.

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