La lógica del parvulario

Miguel Ángel Latouche | @miglatouche

Internacionalista. Director de la Escuela de Comunicación Social - UCV. Doctor en Ciencias Políticas. Profesor en la Universidad Central de Venezuela. Consultor.

En general los políticos se precian, con el descaro correspondiente, de su olfato para encontrar las oportunidades que les permitan llegar al poder. Uno diría que un buen político es el que logra conquistar aquello a lo cual aspira y que uno menos bueno será aquel que nada o poco alcanza. Puesto así, el argumento tiene un carácter profundamente reduccionista. Claro, hacer política requiere mucho más que la simple vocación por el poder. Uno tendría que preguntarse si se puede hacer política en serio desde la simple experiencia empírica, lo que implicaría la construcción de unos aprendizajes desde la lógica del ensayo y el error.

Lamentablemente el asunto no es tan simple. Si consideramos que la política implica la construcción de un ámbito para la convivencia colectiva y la cooperación en favor de la construcción de una idea de bienestar que compartamos y que nos beneficie como sociedad, entonces el problema de lo político adquiere un carácter mucho más complejo y requiere del despliegue de una inteligencia colectiva que transite más allá de lo instrumental. Lo político precisa de una construcción epistémica, de unas categorías, de un pensamiento constitutivo y convocante.

La vida en sociedad tiene retos complejos que deben ser atendidos desde la administración de lo público. Los asuntos complejos deben ser pensados cuidadosamente, deben ser reflexionados académicamente. La política es acción, pero se trata de una acción reflexiva. Es desde el pensamiento desde donde se justifica lo que hacemos. El discurso se constituye en el único elemento que permite justificar aquello que se hace. Pero no se trata de una justificación ingenua. Quiero decir no se trata de justificar a posteriori los actos de voluntad. Por el contrario, se trata de analizar con cuidado los contenidos de la realidad para darles respuesta. Un buen diagnóstico permite una buena prescripción.

Así uno no puede actuar simplemente desde sus propias voliciones. El asunto es mucho más complejo. El quehacer del político debe estar más allá de la mirada ingenua o aspiracional que alguien pueda tener acerca de las cosas. A fin de cuentas, cuando los políticos se equivocan imponen costos, a veces terribles, sobre el colectivo.

A mí me asombra esta lógica de desencuentros en la cual nos hallamos los venezolanos. Hay quienes actúan bajo la idea de que estamos en presencia de un problema de corto plazo. La búsqueda permanente de atajos nos ha colocado frente a 18 años de desgobierno. Debemos empezar a ser conscientes de que acá no hay salidas para ayer, que resolver el problema venezolano requiere de un esfuerzo de largo aliento. Si fuésemos serios tendríamos que reconocer que la inmediatez nos ha hecho daño. Acá no se hace política para el largo plazo, en realidad no estamos discutiendo el futuro sino el manejo de la chequera.

La verdad, cuesta mucho entender los asuntos. Lo cierto es que uno tiene la sensación de que en realidad nuestra clase política, del bando que corresponda, es responsable del lugar donde nos encontramos. Ellos representan una parte importante del problema. No se puede construir un país allí donde no existe un consenso sobre lo que queremos construir. Por ello nos encontramos en una dinámica de destrucción generalizada que afecta la calidad de nuestra vida y nuestrro futuro.

Hablar del gobierno es innecesario: todos padecemos este conjunto de males que compartimos en nuestra cotidianidad. Pero quisiera llamar la atención en el contexto de lo referido antes acerca del despropósito en el cual se ha transmutado nuestra dirigencia de oposición. En los últimos meses nos han prometido una serie de acciones que han quedado en el vacío profundo, en la prédica, en la dinámica de las buenas intenciones. Se trata de acciones que no se materializan. Se nos ha hablado de referéndum revocatorio, de abandono de cargo, de convocatoria a una constituyente, de marchas sin regreso, de ausencias definitivas. Todo esto sin que nada haya sucedido.

Cuando se hizo evidente que Chamberlain no podría atender con éxito los requerimientos de la guerra, fue sustituido. En los países serios, los que pierden se van. En el nuestro permanecen, a pesar de sus derrotas. El regreso de Rosales como dirigente, por ejemplo, es una atrocidad. No somos serios, quizás nos merezcamos esto que tenemos. El puro olfato no basta.

No es suficiente con enunciar los procesos. Los políticos deben, es esa su responsabilidad, dar cuenta de sus acciones, cobrar sus logros y responder por sus fracasos. Eso es lo que podemos considerar como una actuación responsable. La política no funciona con la lógica del parvulario. En todo caso llama la atención la falta de comprensión con la cual asumen la atención de los problemas. En ese contexto perdemos todos.

Foto: AFP

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