La entronización del mal

Miguel Ángel Latouche | @miglatouche

Internacionalista. Director de la Escuela de Comunicación Social - UCV. Doctor en Ciencias Políticas. Profesor en la Universidad Central de Venezuela. Consultor.

Cuando el tiempo sea más propicio, los venezolanos tendremos que estudiar con cuidado las características terribles de los tiempos que vivimos los hombres y las mujeres de esta generación. Desde hace mucho tiempo no habíamos vivido los venezolanos la imposición del mal entre nosotros. Nos hemos convertido en una sociedad desalmada, ya no nos asombramos ante las transgresiones más terribles. La escena de gente pidiendo y hambrienta en la calle se ha convertido en algo común entre nosotros sin que nos parezca espantoso el dolor que les aqueja. Cosas que antes considerábamos terribles se han normalizado. Se han vuelto parte de nuestra cotidianidad. Una cotidianidad en la cual la mayoría de nosotros intenta sobrevivir.

Entiéndase que no estoy hablando de lo que Hannah Arendt llamó la banalidad del mal. Una idea que introduce en un libro que hay que leer: Eichmann en Jerusalén. Allí describe el juicio Adolf Eichmann, uno de los responsables directos de la aplicación de la llamada Solución Final en contra de los Judíos durante la Segunda Guerra Mundial. En ese texto Arendt señala que el mal puede banalizarse, es decir, puede hacerse parecer como algo trivial. De manera que los sujetos actúan de tal o cual forma, siguiendo órdenes, sin considerar sus consecuencias; sin asumir algún tipo de dilema sobre la corrección o no de determinadas acciones que pudieran ser consideradas malvadas desde una perspectiva moral.

El tema se plantea en situaciones en las cuales un sujeto o un conjunto de ellos se conducen de manera cruel o perversa en contra de otros sujetos a quienes consideran sus enemigos; por quienes no sienten ningún tipo de empatía o consideración. Se actúa para generar daño a quienes se consideran diferentes desde una perspectiva moral; se trata de sujetos que se han despersonalizado, que no se consideran equivalentes a nosotros mismos.

Cuando se ataca a alguien simplemente por profesar creencias o convicciones distintas a las nuestras, por razones religiosas o por militar en un partido político o en algún otro, por realizar alguna actividad pública o por protestar, sin que ello produzca un dilema ético en quienes generan la agresión, sin que se den cuenta de que hacen mal, nos encontramos en una dinámica del mal banalizado. Solo de esa manera pueden justificar los agresores, sin que le quite el sueño, ataques en contra de personas que protestan, que pretenden marchar en el centro de Caracas o que hicieron filas a la hora de ratificar sus firmas.

Yo me refiero, sin embargo, a otro asunto. A la manera como se ha entronizado el mal entre nosotros; la manera como no nos parecen terribles los crímenes atroces que se cometen a diario, o la manera como nos hemos ido acostumbrando a la violencia, o a la lógica de la supervivencia que se nos ha impuesto. Desde el Gobierno se ha actuado de manera sistemática para destruir el ámbito de la moralidad, se ha rasgado nuestro tejido colectivo, se ha dañado nuestra capacidad crítica, se nos ha sometido a la destrucción permanente de nuestra institucionalidad democrática; pero, peor aún, se ha ido triturando el ámbito de funcionamiento de la sociedad, se ha actuado para diluir el espacio de la convivencia colectiva que se hace en paz.

Así, por ejemplo, cuando se utiliza el Aparato del Estado para evitar la manifestación de la voluntad cívica, poniendo trabas por doquier a la recolección y ratificación de firmas para el referendo revocatorio que está planteado; cuando se utiliza al TSJ para quebrar el funcionamiento adecuado de la división de los Poderes Públicos; cuando se utiliza la fuerza pública y la represión para que la gente no marche; cuando se obliga a la gente a que camine a la intemperie, cruce ríos o realice colas inmensas para producir una ratificación, se está actuando de manera perversa ¿O es qué acaso no es una perversión colocar las mesas de revisión en zonas alejadas a la residencia de los votantes?, ¿No lo es someter a la gente a largos tránsitos por carretera o a permanencias en áreas lejanas?, ¿no lo es ponerlas en peligro innecesariamente?

Es muy claro que cuando desde el poder se actúa en contra de la sociedad se está entronizando el mal, se rompen las reglas del juego y los sistemas de contención. Se impone una lógica en la cual cada quien juega a salvarse de manera egoísta, en la cual las relaciones sociales se desnaturalizan, se hacen incivilizadas. En esas condiciones alguna gente intentará tomar la Ley en sus manos o encerrarse en espacios protegidos. Los tiempos que vivimos están llenos del exceso gubernamental, del abuso del poder, de la ausencia de reglas del juego claras. Los ciudadanos estamos a la intemperie ante la ausencia de un Estado de Derecho que nos proteja. Somos víctimas de una forma anarquizada de ejercer el poder, de la irresponsabilidad de unos sujetos que no asumen que gobiernan para todos y que todos tenemos derechos equivalentes. El país se ha dividido entre buenos y malos. Somos víctimas del mal.

Foto: Reuter

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