La cena de Mandefuá

Eritza Liendo

Escritora y periodista venezolana. Licenciada en Comunicación Social y Letras de la Universidad Central de Venezuela. Jefe de la Cátedra de Literatura en la Escuela de Comunicación Social de la UCV. Con su primer libro, Shadow y otros cuentos sombríos, obtuvo en 2013 el Premio para Autores Inéditos de Monte Ávila Editores.

La gente grande sabe lo importante que es la Navidad como conmemoración de la fe cristiana. Como dice el villancico venezolano, un 24 de diciembre “Nació el Redentor. Nació, nació. En humilde cuna. Nació, nació. Para dar al hombre la paz, la paz. Paz y ventura; ventura y paz”. Las personas adultas, ya que sean creyentes o agnósticas, entienden el simbolismo asociado con las festividades pascueras. Pero los niños… ¡Para los niños, la Navidad es otra cosa!

Los niños del mundo viven la Navidad con la ilusión de los regalos, de los estrenos. La viven con la emoción de esperar al Niño Jesús o a Santa, que vendrá con presentes… con cosas bonitas, con sorpresas y, en todo caso, con algo que le permitirá a cada criatura acentuar el sentido de su fe. Cuando un pequeño le escribe su carta al Niño Jesús lo hace a sabiendas de que esa carta llegará a su destino y que al amanecer del 25, al abrir los ojos, encontrará su regalo al pie del árbol o debajo de la cama.

Todo niño debería poder vivir la Navidad con la pureza de la ilusión infantil. Para cada niño, la Navidad debería ser una experiencia festiva y conciliatoria vivida al calor de una familia unida. Los niños no deberían vivir la Navidad como esos granujillas otoñales, con los ojos estáticos y las manos vacías, que empañan su renuncia soplando los cristales en los escaparates de las confiterías. Eso sería un cuento grotesco…

¡Archipetaquiremandefuá!

A Panchito Mandefuá lo atropelló un carro. Era un niño de la calle, de ésos que le bailan a uno frente al guardafango ofreciendo sus maromas y sus billetes de lotería. A comienzos del siglo XX, José Rafael Pocaterra escribió esta historia: el drama tragicómico de un niño menesteroso que hacía su vida en la calle, vestido con un paltó viejo que le llegaba hasta las corvas y fumando como si fuera un hombre hecho y derecho. La noche del 24 de diciembre, con lo poco que le quedó en el bolsillo después de ayudar a Margarita –una niñita en desgracia– Panchito se fue a ver un espectáculo de payasos y de animales.

“A las once salió del circo. Iba pensando en el menú: hallacas de “a medio”, un guarapo, café con leche, tostadas de chicharrón y dos “pavos rellenos” de postre. ¡Su cena famosa! Cuando cruzaba hacia San Pablo, un cornetazo brusco, un soplo poderoso y Panchito Mandefuá apenas quedó, contra la acera de la calzada, entre los rieles del eléctrico, un harapo sangriento, un cuerpecito destrozado, cubierto con un paltó de hombre, arrollado, desgarrado, lleno de tierra y de sangre…”

¡Murió nadie! Apenas un niño de la calle. Un niño que se inventó su propio apellido. Un niño astroso, nacido de cualquiera con cualquiera, que exhibía su apellido (de inspiración personalísima) con el mismo orgullo que Felipe, Duque de Orleans, usaba el apelativo de igualdad en los días un poco turbios de la Convención, cuando el exceso de apellidos podía traer consecuencias desagradables.

¡Murió un angelito mugriento! ¡Un querubín pringoso! ¡Un serafín roñoso! Murió uno de esos Panchitos que, a diario vemos en las calles buscándose la vida con su morralito tricolor a cuestas: es la única porción de patria que les toca. Un morralito tricolor donde guardar sus sueños junto con las limosnas que reúnen día tras día.

Memorias de un niñito de la decadencia

Hace ya meses la productora de un canal de televisión me invitó a participar en un programa. Se trataba de exaltar la figura del escritor José Rafael Pocaterra. Fui encantada de la vida porque Pocaterra es un escritor fundamental. En ese mismo sentido, fue un visionario. De allí su importancia y su trascendencia.

Los señalamientos que hice en esa oportunidad fueron usados como corolario del programa: mías fueron las palabras finales. “Pocaterra muestra en sus historias un modo de ser intransigentemente venezolano”. Lo dije en aquel momento y lo sostengo hoy. Hoy más que nunca, ante una inminente Navidad que será amarga para muchos niños venezolanos.

Están los Panchitos de la calle. Están los Panchitos de debajo de los puentes. Los Panchitos que duermen arropados con cartones. Los que pernoctan al descampado sin más cobijo que el cielo y están los otros: los que menguan en hospitales sin condiciones, sin medicinas, sin médicos… Los que han sido reventados en una protesta sin tener quien les rece un Padrenuestro… Sin tener quien les diga un “Dios te guarde…”.

Pocaterra lo vio venir… y es muy triste que, a casi un siglo de su relato, todavía haya críos que, sin planearlo, vayan a hacer su cena con el Niño Jesús… A estos Panchitos de hoy no los atropella un carro… Los atropella una patria que los ignora… que sólo los dota con un morral vacío donde no cabe ni siquiera un sueño… ni siquiera la ilusión de una feliz Navidad…

Foto: Niños actores de Lara en versión teatral de Panchito Mandefuá.

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Las opiniones emitidas en esta sección son de la entera responsabilidad de sus autores.

 

 

 

 

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