La batalla de las ideas

Claudia Uzcátegui

Politóloga, Universidad de Los Andes. Máster Oficial en Gestión Pública. 2012-2013, Universidad Autónoma de Barcelona. Investigadora en planificación estratégica del sector público y en negociación y manejo de conflictos.

Es difícil enfrentarse a un Estado que se ha convertido en un gran Leviatán; aún lo es más cuando, en el marco de ese crecimiento de poderes, los ciudadanos, amparados bajo el encanto de un hiperliderazgo como fue el de Chávez, sucumbieron al encanto y a la posibilidad del manejo de las instituciones a su merced como algo “aceptable” mientras sea en pro de sus intereses, algo que podemos denominar “la dictadura de las mayorías”, porque estuvo amparada por mucho tiempo bajo una gran popularidad. Popularidad de la que es posible no goce el actual Presidente y digo posible, porque la única forma de saberlo, además de una encuesta, es en las urnas electorales.

Alguien me preguntó ¿Cómo lograron anular a la Asamblea Nacional a tal punto de que parece que no sirve para nada? El único poder que no controlan, es desplazado bajo tutelajes jurídicos extraños, más increíble aún, enredos que nadie pretende resolver, en este caso, al menos el CNE, manteniendo las formas, tuvo que llamar a nuevas elecciones en el estado Amazonas.

En medio de tanta irregularidad, no es impensable que un sector importante del electorado opositor demande medidas drásticas, es decir, se pretenda, por la vía de la presión de calle, generar la renuncia del Ejecutivo y ocurra un cambio radical, como de “quítate tú para ponerme yo”, algo difícil que ocurra.

Hay tres tipos de ejemplos de cambios de gobiernos en América Latina: fundaciones democráticas que suceden por la vía violenta, como los casos centroamericanos; por la vía de la transición militar (Paraguay y Bolivia) o un caso de profundización democrática mucho más amigable, donde se incorporan nuevos actores o se eliminan trabas para un juego democrático más justo. La última vía, es quizás la más lenta, pero la que nos puede permitir sacudirnos el polvo del pasado caudillista que heredamos en toda América Latina. Ello no significa quedarse de brazos cruzados, al contrario. Citando un tuit del diputado Julio Borges “Nuestra lucha son las elecciones”, digo al respecto: No, la lucha es la reconstrucción de un país, el restablecimiento de las instituciones y el proyecto político que todavía es incierto.

En palabras de uno de los líderes del 28, luego de días de calle que parecieron en ese momento infructuosos: “Comenzamos a articular un sistema de ideas y de planes, para aportárselos a Venezuela como caminos para la solución de sus problemas básicos. Nos definimos y proclamamos defensores del nacionalismo económico, de la democracia agraria y de la justicia social, debatiendo ardorosamente acerca de los medios posibles para que el país recobrara y afirmara un régimen de libertades públicas” (Betancourt p.103).

Y es que la dirigencia opositora tiene para actuar presión de calle y apoyo internacional. Por supuesto tiene que aprovechar esos recursos, pero no puede perder la batalla en el plano de las ideas, del proyecto país. El proyecto no puede ser solo electoral cuando necesitas saber por qué estarías votando o qué cambio generarías al asumir el poder. La lucha no puede ser solo por el poder ¿Qué pretenden hacer con él?

La constituyente es una medida muy hábil para ganar tiempo, posponer las elecciones regionales, pero si se está abriendo una ventana de oportunidad para hacer campaña (Maduro ya la anunció). La oposición (no sé si va a participar o no) debe meterse en esa campaña para explicar de que está hecha, para hacer ruido en la calle, pero con ideas, para ser una piedra, no en el zapato sino en la bota que oprime.

La batalla aunque en desigualdad, con instituciones con sesgos políticos, con CNE (el mismo que reconoció los votos de los diputados de oposición), no puede ser solo presión de calle y críticas, tiene que estar hecha de ideas.

 

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