¿Huir o emigrar de Venezuela?

Luz Mely Reyes | @LuzMelyReyes

Periodista venezolana, analista política. Especialista en Comunicación Organizacional con certificación en Periodismo Emprendedor en CUNY Graduate School of Journalism. Autora de Politikom, Con la Vagina bien puesta y co autora de Marketing Politico. Herramientas para ganar elecciones. Amo las campañas electorales, por dentro y por fuera.

Sin cifras oficiales es difícil precisar, pero, de acuerdo con estimaciones extraoficiales, tan solo este año han salido de Venezuela unas 200 mil almas, sin retorno previsto.

Doscientas mil personas es el doble de la población de dos naciones caribeñas, como Antigua y Barbuda y Dominica, de un paraíso turístico como Las Seychelles y de un paraíso fiscal como Andorra.

Puedo pecar de generalista al afirmar que la mayoría de los venezolanos estamos tristes y angustiados.

Percibo un sufrimiento general que es causado por diferentes razones.

En mi caso, me estruja el corazón las separaciones de las familias, pero más que eso, la huida de los jóvenes venezolanos hacia otros países para intentar tener una vida más o menos normal, que antes habrían podido vivir en nuestro país.

Me duele. Me da rabia. Me indigna. Y tal vez me asusta.

En los últimos dos años he pasado gran parte de mi tiempo fuera del país por distintas razones. Nada de turismo, aunque siempre se disfruta poder caminar libremente por otras calles. En ese trajinar me he topado con decenas de paisanos que no han emigrado, sino que han huido de Venezuela.

Quiero enfatizar la diferencia entre huir y emigrar. No es académica, pero me ayuda a intentar comprender el fenómeno que estamos viviendo. Esa sutileza la descubrimos en Medellín, durante el Festival Gabo 2016, cuando uno de los panelistas, un joven periodista de El Faro, experto en la fuente “migraciones” aclaraba que en su país y en parte de Centroamérica ya muchas personas no migraban sino que huían de sus condiciones de vida.

Y eso es lo que he notado en la última oleada de venezolanos que buscan rumbos.

De ser unos balseros del aire, como nos bautizaron hace años debido a la migración de miembros de la clase media y profesional que viajaban en avión a su nuevo lugar de destino, hoy salen los venezolanos por tierra y mar. Van hacia el sur de América en rutas peligrosas hacia Chile y Argentina, cruzan la frontera del Roraima hacia Brasil, caminan hacia la franja que nos separa de Colombia, se internan en los ríos hacia Guyana y toman “peñeros” y se lanzan al mar para anclar en Curazao.

Ya no solo se marchan los que pueden, y/o tienen algunos recursos económicos, sino hasta los que no pueden buscan lo mínimo para arriesgarse a dejar el país.

En Nueva York, donde estuve estudiando la mitad de este año, conocí a varios que me decían: “Vine a quedarme”.

Al preguntarles cómo, respondían:

– Como sea.

Las historias de la diáspora venezolana se multiplican. Las historias buenas y las malas. Pero en el fondo, el país se va quedando sin una generación. Cada salida es una mezcla de sentimientos y emociones, para los que se van y para los que permanecemos.

Es muy fácil para los que aún insistimos -por las razones que sean- perder la esperanza, esa virtud teologal que también salió de la caja de Pandora.

“Los venezolanos de este tiempo tenemos un gran reto, pensar el país colocándonos por encima del desastre que es hoy, no solo para desplegar todo el esfuerzo de reconstrucción que nos exige la deteriorada realidad actual, sino también para poder soñar con el país que pudiera llegar a ser, dada la dimensión de sus recursos naturales, y sobre todo, por la potencialidad de quienes permanecen en el país y de quienes han tenido que dejarlo, en procura de mejores condiciones de existencia”.  José María Cadenas.

Y es obvio que nada augura que la situación venezolana vaya a mejorar ni en lo inmediato, ni en el mediano plazo.

Con la crisis de la banca electrónica, ocurrida el pasado viernes, y con la respuesta dada por el presidente de la República, Nicolás Maduro, quien advirtió que estaba dispuesto a tomar una medida dura, pero “necesaria”, a mí no me queda duda de que el Gobierno no quiere terminar de entender lo que ocurre en el país.

Yo lo que veo es un tremendo deterioro y unas opciones que pueden prolongar la permanencia del Gobierno, pero a cambio de la infelicidad de la mayoría.

Sin embargo, también percibo que aún hay herramientas en el alma colectiva de la sociedad venezolana para hacer frente a este tremendo sufrimiento.

Por eso, concluyo estas líneas con un mensaje que nos regaló recientemente Chema Cadenas, parafraseando a Vaclav Havel: Jamás construiremos una Venezuela mejor sin haber soñado con una Venezuela mejor.

Foto: Gina Prenovost, tomada en la abadía de Westminter, en Londres, durante un bazar venezolano. 3 de diciembre de 2016

  • Jorge Piña

    Ánimo, muchos paises han vivido esta tragedia, muchos huyeron pero otros se quedaron y pudieron reconstruir el país y ahora son grandes naciones, estables, fuertes.

  • johanna

    Para mi ha sido muy difícil el emigrar de venezuela, sobretodo en estos momentos en donde el país está pasando por una situación tan complicada, hace unos días leia un artículo en http://www.thewynwoodtimes.com/es/venezuela-distancia/ y se me partía el corazón al darme cuenta de lo lejos que estoy de mi hogar y no poder hacer mucho por luchar por el país… No se si ustedes también se sienten así.