Hacia una nueva teoría de empresas

Antonio José Monagas

Profesor Titular ULA, Dr. Ciencias del Desarrollo, MSc Ciencias Políticas, MSc Planificación del Desarrollo, Especialista Gerencia Pública, Especialista Gestión de Gobierno, Periodista Ciudadano (UCAB), Columnista El Universal, Diario Frontera, RunRunesWeb.

Desde que Frederick Taylor propuso su idea de organizar el trabajo ordenando el funcionamiento de la producción y los métodos que comprometían la realización de las tareas correspondientes, el mundo de la administración de operaciones adquirió un nuevo significado.

Sin embargo, el apremio por revolucionar procedimientos técnicos que condujeran a optimizar el manejo de recursos materiales, humanos y financieros en la dirección de hacer eficaz variables relacionadas con tiempo, ganancia y productividad, tuvo algunos inconvenientes. Inconvenientes estos que afectaron el enfoque que la teoría económica intentaba invocar a manera de incentivar criterios funcionales que mejor incitaran procesos de producción acorde con el desempeño que comenzaba a reflejar la industrialización, luego de adentrarse en la segunda revolución industrial del siglo XX.

Uno de estos problemas que más incidieron en las crisis económicas y políticas que trastocaron el avance de la organización del trabajo de la referida época, afectó la concepción de empresa. No tanto, por lo que su noción exaltaba. Pero sí, por lo que su consideración teorética y fáctica buscaba exhortar.

Si bien dichas carencias no implicaron la degradación de lo que estudiosos de la economía y de la administración de operaciones de sistemas de producción habían adelantado para finales de la tercera década del siglo XX, tampoco sus efectos sirvieron para contrarrestar las tendencias que venían inoculándose en el pensamiento de quienes se atrevieron a establecer empresas. Indistintamente, del sistema político imperante en el lugar donde las mismas se erigían. De todos modos, las empresas surcaron los parajes del mundo toda vez que las necesidades industriales y comerciales, mercantiles y productivas, financieras y administrativas cundían el planeta como paradigmas de desarrollo económico y social.

Pero los problemas que sus insuficiencias conceptuales empezaron a generar, se incrementaban mientras que a su alrededor se daban otros esfuerzos dirigidos a paliar, mediante remiendos, unos más frágiles que otros, las precariedades que comenzaban a notarse. No obstante, dichos pegotes sirvieron más que cualquier respuesta que pudiera provenir del análisis teorético. Fungieron como meros reacomodos que presumieron de soluciones. De todos modos, la teoría administrativa no consiguió advertir los problemas que de ello se forjaron. O no terminó de comprender el impacto que sobre el devenir empresarial, atestaron problemas de índole conceptual al momento de desvirtuar el orden administrativo visto de cara a las contingencias surgidas de errores incrustados en contextos específicos de métodos cualitativos y cuantitativos propios de actividades relacionadas con los ámbitos de producción

Era la oportunidad para que la organización científica del trabajo, diera con la salida a problemas de naturaleza político-laboral, de seguridad social y de razón jurídica que fueron debatiéndose en medio de un campo minado de presunciones imposibles de borrar de manera inmediata. Estos problemas permitieron que otros se acumularan. Se somatizaron tanto, que llegaron a confundirse con estamentos e instancias de contundente legalidad y “perfecta funcionalidad”.

Fue así como comenzó a desfigurarse la noción de empresa. Fundamentalmente, en medio de sociedades dominadas por el subdesarrollo económico y la inestabilidad política. En el fragor de estas dos instancias de extremada magnitud, las razones sociales que podían haber contribuido a disipar o minimizar algo de tan vapuleada realidad, se volvieron causas de serias crisis. Incluso, crisis con la fuerza suficiente para deformar cualquier propuesta empeñada en resolver dicha situación. Las “empresas” así concebidas, surgieron con el sólo propósito de lucrar al propietario para lo cual el engaño y la mentira se convirtieron en criterios mercantilistas con el único fin de captar clientes que se prestaran a la usura practicada.

Empresas, sobre todo de carácter unipersonal, bipersonal o de reducido tamaño, tendieron a desfigurar la economía. Para alcanzar tan vil propósito, encarecieron los productos sin compasión alguna. Sin ética ninguna. Sin sentido de la ganancia moderada y proporcional. En medio de dicha situación, surgió el buhonerismo. Y más luego, el bachaquerismo. Y todavía la teoría administrativista, endilga a estas posturas como expresiones de emprendimiento sin considerar las encubiertas equivocaciones del susodicho planteamiento.

Ese remedo de empresa, desconoce el carácter humano, político, cultural, cognitivo, gerencial, financiero, de liderazgo y el que involucra lo que cabe cuando de atención al cliente se trata. Así, que lejos de concebirse la empresa como un sistema de producción, cuya puesta en marcha resalta la concepción y la administración de las operaciones que implica la actividad empresarial, la empresa se entiende como la concertación de intereses que tienen en la especulación la vía mediante la cual puedan engrosarse las ganancias sin medir mayores consecuencias. Al margen de toda consideración y condición apalancada en la moralidad, la ética y la ciudadanía. Esta disertación vale a manera de estructurar canales que pudieran conducir hacia una nueva teoría de empresa.

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