¡Hablar solo estupideces!

Antonio José Monagas

Profesor Titular ULA, Dr. Ciencias del Desarrollo, MSc Ciencias Políticas, MSc Planificación del Desarrollo, Especialista Gerencia Pública, Especialista Gestión de Gobierno, Periodista Ciudadano (UCAB), Columnista El Universal, Diario Frontera, RunRunesWeb.

El discurso político ha sido una de las razones de las que se han valido gobernantes y dirigentes, líderes y activistas, para encauzar motivaciones que, muchas veces, se extravían de la causa que engloba y compromete el lenguaje empleado. La teoría política no ha sido lo suficientemente rigurosa para alinear la alocución que se hace con fines políticos, con postulados que la misma teoría política explaya. Pero sí lo ha hecho la historia de las ideas políticas. Incluso, la historia política contemporánea de algunos pueblos, preocupados por el desarrollo político, cultural y educativos de su población.

Sin embargo, siguen ocurriendo desquicios y tergiversaciones que desvirtúan la naturaleza del discurso político. Aún cuando no todo discurso político, apunta a destacar ideas políticas dirigidas a construir un pensamiento probo. O capaz de acuciar la moralidad, la ética, la honestidad, la solidaridad y la dignidad, entre otros valores políticos, como factores de activación en todo proceso de crecimiento que actúe en aras del desarrollo de una sociedad o de una nación.

Todo discurso político esconde alguna intención mediante la cual el orador busca un propósito. Sólo que, dependiendo de la naturaleza del régimen político bajo el cual se formaliza la estructura del discurso, o de la ideología política que lo sustenta, esa intención adquiere forma dialéctica, semántica o retórica. Es entonces cuando la palabra tiende a ser manipulada en nombre de las ideas que expone el orador.

Justamente en ese momento, cuando el discurso evidencia su capacidad para subsumir propósitos o exaltar hechos convirtiéndose el mismo discurso en una pieza de oratoria o en un hecho propiamente que luego puede ser visto como una referencia histórica. Así llega a hablarse de los “discursos del poder” para significar aquellas piezas que representan una oratoria de “alto vuelo”.

Además, hay discursos que si bien pueden calificarse de brillantes dada la categoría de su prosa. No obstante, hay otros que apostando a la palabra manipulada, en función de la coyuntura que sirve de marco de exposición, se convierten en un arrebato cuya duración es efímera. Sobre todo, cuando cada palabra se hace acompañar por la emoción que el orador le imprima a cada una. Tanto así, que en nombre de muchos gritos, muchas veces sin mayor justificación o significación, se han derribado fortalezas o acabado con sistemas políticos. O casos en que la violencia se hace cómplice de la palabra enunciada o proliferada para entonces avivar sacudidas sociales. O también, crispaciones políticas o militares.

Algunas de esas palabras, siguen conservando la fuerza que le permite no sólo sostenerse en el tiempo. Sino también, en el fragor de cada contingencia donde su sonido puede estremecer multitudes e incitar actitudes. Las sublevaciones o conmociones políticas, llamadas por momentos “revoluciones”, afincan y afianzan su perspicacia en el manejo de palabras de las cuales se “adueñan” para entonces activar emociones de irrefutable inminencia.

El discurso pronunciado por quien fuera Canciller de Venezuela, durante el gobierno de Rómulo Betancourt, Dr. Marcos Falcón Briceño, por ejemplo, fue de extraordinaria pertinencia a los fines de manifestar su preocupación ante lo que para entonces, políticamente, se vivía. La ocasión que le brindó la Sesión Plenaria, realizada durante el XVII Período de Sesiones el 1° de Octubre de 1962, convocada por la Organización de Naciones Unidas, ONU, fue sobradamente oportuna para expresar que “el alma de los pueblo se ha ido envenenando con la prédica y la práctica de doctrinas que quieren construir un mundo nuevo sobre las ruinas de la libertad”.

Las palabras del Dr. Falcón Briceño remarcaron la palabra “libertad”. Debió fundamentarse en lo que exalta la Carta de las Naciones Unidas toda vez que emplea un lenguaje exhortando la socialización como el mejor argumento que justifica la procura de la paz en un ámbito político capaz de sustentar las libertades sobre las cuales el hombre puede desarrollar sus capacidades y demostrar sus potencialidades. Elemental principio político que muchas veces es tergiversado por causas absolutamente autocráticas y totalitarias.

Pero añadió que “los venezolanos estamos convencidos de que en un régimen de libertades públicas podemos realizar las más avanzadas reformas económicas y sociales. Es decir, podemos practicar una democracia dinámica, con voluntad de hacer justicia social” Aunque después de 56 años, las realidades giraron a la inversa. Casi radical y sorpresivamente.

En buena forma, este ejemplo es demostrativo de cómo la palabra es fuente de acción. O en caso contrario, de destrucción. Pero también, esto evidencia que el lenguaje político, particularmente, el que estructura un discurso político, es profundamente enigmático. Más, cuando encubre pretensiones que sólo sabe traducir quien lo emplea como medio para hacerse del poder que su doctrina plantea y detenta como objetivo. Porque lo que cunde alrededor de lo que es un discurso oportunista, dado su carácter autoritario, es puro desperdicio. Sus eufemismos casi colapsan su extensión. Mucha ambigüedad lo define. También, muchos adjetivos disuasivos para así escapar del meollo de cada problema pronunciado. ¡O sea, que es casi como hablar sólo estupideces!

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Las opiniones expresadas en esta sección son de la entera responsabilidad de sus autores. 

 

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