Fundación Museo de la Democracia

Eloi Yagüe Jarque

Escritor, periodista y profesor universitario. Autor de novelas, libros de cuentos y guiones de cine. Ganador del premio de cuentos Juan Rulfo -Semana Negra de Gijón.

Tendría yo once años cuando el Maestro Prieto Figueroa se lanzó por su cuenta como candidato presidencial, tras dividirse Acción Democrática. Era muy pequeño para votar pero no para participar en esa especie de fiesta que eran las campañas electorales. Parecía un carnaval en diciembre: había marchas coloridas, caravanas bulliciosas, mítines multitudinarios, todo un ambiente de participación.

Como a mí me entusiasmaba todo aquello, trataba de recabar la mayor cantidad posible de piezas: volantes, banderines, pitos, llaveros, calcomanías. Sin darme cuenta, estaba creando toda una memorabilia para el futuro. Entre mis trofeos más preciados de aquella campaña, que ganó Caldera, me quedaron unas moneditas de plástico que tenían por un lado la oreja del maestro Prieto, y por el otro lado la inscripción “El Mep oye al pueblo”.

Pasaron los años, ya podía votar y lo hacía religiosamente. Con el paso del tiempo mi entusiasmo por coleccionar recuerdos de campañas electorales decayó un tanto pero no dejé de atesorar los tarjetones que repartía el Consejo Supremo Electoral (CSE) previos a las elecciones, y que sustituyeron a las tarjetas sueltas. Durante muchos años (1975 a 1990), el CSE estuvo dirigido por un señor muy serio llamado Carlos Delgado Chapellín, quien un día de diciembre, cada cinco años, informaba de los resultados electorales con su grave voz en cadena nacional.

Yo estudiaba detenidamente los tarjetones. Me fascinaba ver la variedad de partidos que existía en Venezuela. Algunos de sus candidatos eran bastante folklóricos como Germán Borregales, del MAN, un señor muy católico y conservador que usaba corbata de pajarita y colgaba lentes culo’e botella de su nariz ganchuda; o Pedroza, un hombre enjuto, moreno, que vivía en Caño Amarillo y que siempre llevaba un tabaco en los labios y que se lanzaba en cada oportunidad como candidato aun cuando no ganara. Y me parecía cómico Jóvito Villalba, que siempre decía “Yo y mi partido, mi partido y yo”.

Las elecciones se producían puntualmente cada cinco años. La gente iba a votar en masa y en paz. Desde que tuve edad voté por la izquierda democrática, o sea por el MAS de Teodoro Petkoff y Pompeyo Márquez y luego por La Causa R de Andrés Velásquez, la misma que fundara Alfredo Maneiro y que cuando ganó las elecciones en 1993, y le arrebataron la victoria, sentí una gran decepción pues me di cuenta de que a la izquierda no le sería fácil llegar al poder en Venezuela por la vía electoral, en virtud del Pacto de Punto Fijo que consagraba la rotación de dos partidos de derecha en el poder para evitar que la izquierda accediera al gobierno. Lo cual de ninguna manera significaba justificar la toma del poder por la vía armada, sino, por el contrario, que la izquierda tendría que ser más demócrata que los partidos tradicionales.

Sin embargo, nunca fui abstencionista, pues muy pronto entendí que al venezolano le gusta votar y si hay algo que no está dispuesto a dejarse arrebatar es el derecho a elegir democráticamente sus gobernantes. En pocas palabras, el venezolano no se cala dictadura. Mas de cien años de guerras civiles y caudillismo han enseñado a este pueblo que la violencia lo que trae es destrucción, que no sirve para construir un país. Tantos caudillos que lanzaron a jóvenes idealistas a matarse por un trapo de colores hoy son ensalzados. ¿Cuál es su mérito?

Un día de mudanza boté toda aquella parafernalia electoral que aún conservaba guardada en una caja de cartón: allí estaban los panfletos, los tarjetones, los afiches y volantes, las calcomanías, los llaveros, los almanaques, el pito de Piñerúa, el casco anaranjado del Mas, y, por supuesto, las moneditas del Mep.

Ingenuamente había pensado que todo aquello podría servir alguna vez para fundar un Museo de la Democracia, una institución que enseñara a los ciudadanos el valor de este sistema, la importancia de las elecciones y el carácter de deber y derecho del voto. Una institución donde se aprendiera a ser ciudadano, algo en lo que falló la democracia representantiva. Porque si bien tuvo muchos logros en cuarenta años, uno de ellos no fue precisamente formar ciudadanos, es decir, amantes de la democracia, que la defendieran de la corrupción que finalmente la carcomió.

Por eso hoy estamos en riesgo de perder una de las principales conquistas del venezolano, porque los que están en el gobierno, imbuidos de una extraña ideología mezcla de estalinismo costumbrista, culto a la personalidad y fascismo ordinario, pretenden cercenar el derecho de elegir nuestros gobernantes. No es de extrañar, pues algunos de ellos fueron en el pasado furiosos abstencionistas; aunque nunca creyeron -ni creen-en la democracia, sí usaron las elecciones para llegar al poder en su propio beneficio.

Es momento de demostrar que la democracia es mucho más que ir votar cada cinco años, y que todos esos intentos estrambóticos de suspender las elecciones, anular a los partidos o repetir machaconamente la falacia de que “las elecciones no son prioridad”, están condenados de antemano al fracaso. La democracia no es un museo de objetos polvorientos, debe ser una energía que corra rebelde por nuestras venas. Porque al venezolano le gusta votar y porque el único sistema en donde las elecciones no son prioritarias es en una dictadura.