Felicidad y Equidad de Género

Susana Reina | @feminismoinc

Psicóloga. Magister en Gerencia de Empresas. Coach Ontológico Empresarial. Directora Fundadora de feminismoinc.org Venezolana. Feminista. IG: @feminismoinc

Venezuela 2012: Puesto número 19 de los países más felices del mundo. En una lista de 156 naciones, Venezuela está por encima de Francia, España, México, Brasil, Alemania y Colombia, Japón e Italia.

Venezuela 2017: Puesto 102. Último lugar en felicidad en América Latina. Caída colosal en apenas 5 años.

Ya en el 2012 uno se extrañaba de aquellos resultados. Tanta felicidad era sospechosa. La bajada en el ranking mundial de la felicidad en el 2017 como que cuadra más con lo que uno observa en términos de la grave insatisfacción de las necesidades más básicas de la población. La señora Requena y todo el gabinete ejecutivo debería renunciar y ponerle un candado al Viceministerio de la Felicidad Suprema, vistos estos resultados. Aun cuando no han pronunciado palabra oficial al respecto, ya uno supone que dirán que esta información está orquestada por intereses ocultos y que son parte de la conspiración, etc., etc., como para que cuadre con el delirio psicótico que esta gente tiene como política de Estado.

Pero, ¿por qué esto de la felicidad importa? El 20 de marzo se celebró el Día Internacional de la Felicidad, elegido por la Organización de las Naciones Unidas, ONU, para resaltar la importancia de dicho sentimiento en las aspiraciones universales de los seres humanos, y reforzar el mensaje de que esto debe ser objeto de atención por parte de los Estados, vista la relación entre felicidad, y prosperidad económica y progreso social. “Los gobiernos utilizan cada vez más indicadores de felicidad para la toma de decisiones y la formulación de políticas”, indicó el conocido economista Jeffrey D. Sachs, coeditor del informe.

Salario, educación y salud son los factores más relacionados con la felicidad según estudios de Gallup. Sin embargo, el reciente informe presentado por la ONU no se centra exclusivamente en niveles de ingreso y otros indicadores socio económicos duros, sino sobre todo en salud mental, física y de relaciones personales. Para realizar el informe los expertos tuvieron en cuenta elementos como “compasión, libertad, generosidad, honestidad, salud emocional, esperanza en una vida sana, apoyo social, vitalidad”, entre otros.

Y uno de los aspectos más interesantes del informe en cuestión es que el valor de la felicidad está relacionado con la presencia o no de equidad percibida entre géneros: las mujeres son más felices que los hombres en los países desarrollados, donde se supone que hay más condiciones que aseguran igualdad de oportunidades, mientras que en los más pobres los resultados son mixtos.

En general, la mayoría de los estudios que abordan estos temas tienden a concluir que las mujeres son más felices que los hombres, y que esa felicidad se incrementa con la edad. Incluso algunos resaltan que “mujeres con peor salud, ingresos y/o educación que los hombres son más felices que estos”.

Hay demasiada especulación al respecto. Desde la presencia de un “gen de la felicidad” en las mujeres, pasando por el trabajo de hormonas y neurotransmisores que mejoran los estados de ánimo, hasta un estudio publicado por el Journal of Happiness Studies, que concluye que a pesar de que en la mayoría de los países del mundo, los hombres suelen ganar más y tener los mejores puestos de trabajo, ellas están más satisfechas con su estilo de vida. (¡!)

Lo que sí parece lógico esperar es que las fuentes de felicidad y de satisfacción con la vida sean diferentes para mujeres y varones, porque al fin y al cabo se trata de un fenómeno cultural. Cuando uno lee sobre felicidad, se encuentra con que hay diversos factores que influyen en este estado emocional de bienestar, muy parecidos a lo que se usan para describir al fenómeno de la resiliencia: optimismo, confianza, conexiones, vivir experiencias gratificantes que generan emociones positivas y que permiten salir fortalecidos después de vivir crisis adversas.

Las mujeres somos educadas para lidiar con muchas cosas al mismo tiempo: casa, hijos, adultos mayores, trabajo, estudios, marido a veces. Y además tenemos permiso para expresar abiertamente nuestras emociones. A nosotras se nos educa para ejercer un liderazgo compasivo, colaborativo, solidario. Todo esto nos enseña a enfrentar la vida con lo que esta nos traiga y la batallamos resilientemente. Pero cuando percibimos que las oportunidades no se presentan de forma equitativa para todos y todas, la salud emocional colectiva sufre.

Además, sociedades machistas no generan hombres felices. Viven presionados por demostrar su masculinidad a toda costa, no les está permitido mostrar abiertamente sus sentimientos – a excepción de la ira con toda su carga de violencia-, y tienen la presión social de mantener económicamente a sus familias aun sin tener los medios para hacerlo. Muchas fuentes de infelicidad juntas, aunque no lo admitan.

Quizás en un entorno de prosperidad económica esto pase por debajo de la mesa, pero en el largo plazo no es sostenible y cuando los recursos escasean y las necesidades aprietan, la crisis emocional subyacente se hace evidente.
La sociedad entera, las dos mitades, tenemos el derecho a ser educados en igualdad. No hace falta un viceministerio para eso. Con tener un gobierno responsable que transversalice los principios de equidad de género en todas sus políticas y programas de salud, educación y trabajo, construimos un país más equitativo, próspero y probablemente mucho más feliz.

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Las opiniones expresadas en esta sección son de la entera responsabilidad de sus autores. 

 

 

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