Esto te concierne a ti

Mirla Perez | @mirlamargarita

Doctora en Ciencias Sociales y Licenciada en Trabajo Social. Profesora titular de la Universidad Central de Venezuela. Investigadora en antropología cultural del pueblo venezolano y sobre el fenómeno de la violencia en Venezuela.

Pero a mí también y a todos. Trataré de aportar algo a una reflexión que en estos días se ha hecho muy frecuente. ¿En qué punto de la lucha estamos como ciudadanos de un país sumido en una de las peores crisis políticas con consecuencias humanitarias? Escribo esta reflexión desde la convivencia, fuera del poder y atenta a lo que en mi entorno ocurre.

En el medio de todo lo vivido y en el camino de lo por vivir, en la plena indeterminación, en la angustia por un futuro que promete ser peor que el pasado y el presente, estamos nosotros, los venezolanos comunes que sufrimos las consecuencias de un proyecto político que tiene como interés central el sometimiento a partir de las ideas socialistas y revolucionarias.

En el camino vamos quedando en la más completa soledad, desprotegidos, fragmentados, despojados de lo que siempre representó nuestro gran poder como pueblo: la capacidad de compartir nuestros bienes con los otros, de ser solidarios. Digo la frase anterior, pero enseguida debo negarla porque, aunque sea materialmente imposible ser solidario, el impulso ético está ahí, ya no podemos compartir el acostumbrado plato de comida o la taza de café, pero la necesidad de hacerlo sigue estando, se produce el lamento ante la imposibilidad. En este sentido, me decía una vecina: “ya no puedo dar, como antes, al que me pide, lo que hago es que si tengo algo como una harina o una pasta, se las presto y cuando llegue nuevamente el Clap esa persona me la repone, así hago porque se me pone el corazón chiquito cuando veo a alguien que no puede comer…”

La vecina de la que hablo es tan pobre como cualquier otro habitante del barrio, pero en lugar de cerrarse en sí misma, se abre al otro. Todo un sistema ataca para que esas expresiones no se produzcan; sin embargo, el peso de la relación y la solidaridad que reposa en la cultura popular es mucho mayor y todavía puede pasar por encima de los mecanismos coercitivos y aniquiladores del régimen, aunque represente, cada vez más, un quiebre mayor de la convivencia.

Me vienen a la mente las palabras del evangelio: “…tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, estuve desnudo y me vestisteis, estuve en la cárcel y fuisteis a verme… Os lo aseguro: Cada vez que lo hicisteis con uno de esos hermanos míos tan insignificantes lo hicisteis conmigo”. El hambre y la miseria se extenderá, la solidaridad, primero familiar y luego comunitaria, puede ser el dique que contenga y evite estragos mayores.

El sujeto al que va dirigido este mandato es comunitario. En una situación tan difícil como la que vivimos sólo la convivencia y solidaridad puede minimizar el impacto, la posibilidad humana del compartir la tenemos, lo que se hará cada vez más pesado es obtener las condiciones materiales mínimas, la comida y medicina son cada vez más escasas y vemos cómo se va afectando todo el tejido social.

Aquí no hay ni pesimismo ni optimismo, hay una realidad socio-económica y política que nos va llevando como pueblo a vivir lo más extremoso de la pobreza. El Clap es un mecanismo de control socio-político efectivo porque juega con el hambre, el responsable no es quien lo recibe sino quien lo produjo. Hacer un diagnóstico preciso del régimen es vital para poder proyectar la escala de la crisis.

La política de oposición tiene que centrarse en la gente, no solo para atenuar el impacto de la consecuencias de las políticas económicas socialistas (que hay que hacerlo) sino para convertirse, junto al pueblo, en alternativa de poder. Toca mirar estructuras organizativas que permitan hacer frente a la dictadura de izquierda que extermina, somete y reduce a los ciudadanos que le son adversos. La posibilidad de vivir se va reduciendo cada vez más, no solo por estar coartadas las libertades humanas sino porque su permanencia como proyecto totalitario depende de nuestra eliminación.

Las grandes hambrunas perpetradas por el régimen soviético son solo piedras en este tortuoso camino. No quiero quedarme en el reconocimiento de esa realidad que hoy se acerca a la nuestra, sino que hago un llamado a la dirección política democrática que se atreva a mirar al que está al lado. Es una lucha ardua por la vida tanto del que tiene mejores condiciones económicas como el que ya está en la miseria más absoluta.

Si no hacemos nada nos eliminarán.

Foto: Archivo Efecto Cocuyo

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