¿Es 2017 el año del naufragio inevitable?

Aimé Nogal M. | @anogal

Abogada egresada de la Universidad Central de Venezuela, con estudios de periodismo. Especialista en Derecho Procesal Civil y experiencia en Derecho Electoral. Consultora empresarial en materia de Asuntos Públicos.

Con la lista de buenas intenciones y deseos renovados que acompaña cada enero, llega 2017. Es indubitable que a muchos les asalta la incertidumbre ante las circunstancias: ¿Quedarse en el país? ¿Emprender fuera de él? Deseos de recomenzar no faltan este mes, pareciera que este coqueto invierno caraqueño no congela las ganas de progresar de muchos; sin embargo, luego del tradicional saludo jacarandoso y optimista, hace su entrada triunfal el desasosiego: un sentimiento oscuro que va convenciendo al que lo padece de que es imposible cambiar la situación actual, que las mentes brillantes del mercadeo político y la estructuración de la teoría de los juegos lo han ideado todo.

No importa lo que se intente, lo que está ocurriendo es inevitable. Entonces, llega el alza del salario mínimo, que no el aumento del poder de compra, y ya se asoma el ajuste de la unidad tributaria, el mutis sobre la fecha de elecciones, el vaivén de la conveniencia del diálogo y el ciudadano común, que no está para reflexiones filosóficas acerca de la conveniencia de la intervención del Estado en todas las áreas de su vida, sino en llevar ya no el pan sino la fruta de temporada a casa para aplacar el hambre, es vencido por la “desesperanza aprendida”.

Esa sensación de que no importa cuánto remes contra la corriente, vas a ser devorado por la ola, fue estudiada y conceptualizada a finales de los años 60 por el escritor y psicólogo estadounidense Martin Seligman, quien dirigió una serie de estudios de la conducta para tratar de entender los procesos que nos hacen sentir incapaces de reaccionar ante situaciones dolorosas, e incluso aceptarlas y vivir con ellas, aun cuando existen alternativas.

Seligman, a la sazón director del departamento de psicología de la Universidad de Pensilvania; diseñó un ejercicio cuyos sujetos de observación eran dos perros en una jaula, a los que constantemente se les daban choques eléctricos. Uno de los canes, tenía la posibilidad de cortar la corriente con un golpe de hocico mientras que el otro no.

El primer canino se mantuvo avizor ante los choques y los evadía, mientras que el segundo, al ver que por más que lo intentara no dejaría de sentir los choques, cayó en una depresión luego de mostrarse asustadizo y nervioso; su actitud se tradujo en una expresión de completa indefensión. A pesar de haber cambiado las condiciones y en un rediseño de la prueba ambos perros tenían la posibilidad de cambiar la situación con el golpe del hocico; el segundo can no hizo ningún movimiento para escapar, soportando pasivamente los choques eléctricos.

Así las cosas, resulta comprensible que el desaliento anide en muchos ciudadanos, al verificar que a pesar de la necesidad de cambio de las condiciones actuales harto conocidas -inseguridad personal y jurídica; crisis económica, política y social- las iniciativas presentadas por un sector de la oposición para lograr una transformación han sido consecuentemente derrotadas. Estemos de acuerdo o no con las tácticas desplegadas por el gobierno para lograrlo, la última victoria de la Mesa de la Unidad se registró el 6 de diciembre de 2015.

Sin embargo, esta “desesperanza aprendida”, no es un sino determinista en la vida de los ciudadanos, no está fatalmente condenada a ser experimentada por la gente, pero ha sido ensayada con mayor o menor éxito en regímenes postotalitarios.

En un documento elaborado por los presbíteros de las diócesis de Santiago de Cuba, Holguín, Bayamo-Manzanillo y Guantánamo en Cuba, los sacerdotes trataban de responderse cuál era el objetivo de la visita papal de Juan Pablo II a la nación caribeña en 1999.

En el texto vertieron sus reflexiones sobre la indefensión inducida escribieron: “El más perfecto estado de indefensión es aquél que conlleva la renuncia al intento mismo del cambio. En función de crear esta actitud se emplean todas las bazas: el terror, el temor al fracaso, el desaliento, la desconfianza de uno mismo y de los demás, todas las formas de división y sospecha. Su más extrema expresión se da cuando nos logran convencer “de que la gente no vale la pena”, que no merecen nuestro sacrificio. Es así como la omnipotencia del Estado se alimenta de la impotencia de sus ciudadanos”.

Como mencionaba en párrafos anteriores, no estamos condenados a nada, hay una receta que es preciso aplicar en cuanto se detecta un cambio de ánimo consistente con lo descrito, y es la persistencia, conceptualizada por los psicólogos Peterson y Seligman como “una continuación voluntaria de una acción orientada a una meta a pesar de obstáculos, dificultades y desmotivaciones”. No en vano la perseverancia rinde frutos en entornos particularmente adversos; frente a lo que sea que debamos enfrentar en 2017, sea resiliente.

 

(Visited 4 times, 1 visits today)

Comentarios

No Comments Yet

Leave a Reply