Marcelo Luján y su novela Moravia: Me interesa el mal y la crueldad

Foto: Laura Muñoz

Marcelo Luján (Buenos Aires, 1973) llegó a Madrid con 28 años y muchas ganas de escribir. Y vaya si le rindió el tiempo. Combinando su trabajo como promotor cultural y facilitador de talleres literarios, pudo escribir algunos libros casi todos premiados y lograr que parte de su obra haya sido seleccionada en campañas de fomento a lectura y traducida al francés, italiano, alemán, inglés y checo.

Para empezar, tres libros de cuentos, Flores para Irene (Premio Santa Cruz de Tenerife 2003), En algún cielo (Premio Ciudad de Alcalá de Narrativa 2006), y El desvío (Premio Kutxa Ciudad de San Sebastián 2007) y los libros de prosa poética Arder en el invierno y Pequeños pies ingleses.

Con su primera novela, La mala espera, ganó el prestigioso premio Ciudad de Getafe de Novela Negra en 2009. Luego vino Moravia, en 2012, y otra novela negra, Subsuelo, que alcanzaría el premio Dashiell Hammett 2016. Así que este año ha sido el escritor más invitado a festivales de novela negra como la Semana Negra de Gijón y Tenerife Noir.

Moravia, portadaAhora la editorial Ígneo apuesta por él y publica en Venezuela Moravia, una novela que ha obtenido buenas críticas en España. Si hubiera que explicar su tema, dado que no se puede revelar su argumento, se podría decir que trata, parafraseando a Rubén Blades, de las “sorpresas que te da la vida”. Sin embargo, no tiene que ver con nuestra salsa caribeña sino con el tango. Es una historia tanguera, desde su concepción hasta su final, sin olvidar el trabajo de lenguaje que también remite al espíritu derrotista y fatal de las letras de los más famosos tangos.

Moravia es la historia de Juan Kosic, un bandeonista de origen checo aunque nacido en Argentina, que abandona el pueblo natal en busca de mejores horizontes y termina recalando en Nueva Orleans, donde se enamora y se casa. Quince años después regresa, con su esposa y su pequeña hija, con un propósito no confesado. Y hasta aquí llega la explicación, el resto es dejarse llevar por la eficiencia narativa de Marcelo Luján quien nos mantiene en vilo hasta la última página de esta breve novela.

Me gustaría que contaras un poco cómo se te ocurrió la historia. Parece que te la contó el escritor Paco Ignacio Taibo II, quien a su vez la leyó en El Extranjero, de Camus. ¿Por qué te atrajo ese argumento?

–Lo de Taibo es una anécdota preciosa que ocurrió cuando el libro estaba en segundas pruebas (edición española) y no se llamaba Moravia sino Checoslovaquia. Y Taibo (estábamos en París, en un festival, y ya le había hablado de la trama) me hizo la sugerencia de cambiar el título. Fue un consejo muy acertado por parte de uno de los tipos que más admiro como autor y como persona, y decidí que debía quedar reflejado en la dedicatoria. Por otra parte, el fragmento de El extranjero (es un metatexto en realidad, una breve noticia policial narrada por Camus en siete u ocho renglones, algo que lee el protagonista cuando está preso en Argelia), es una vieja leyenda urbana euroasiática, algo con lo que me topé a los veinte años y cuya fuerza ya no pude quitarme de la cabeza. Además de por leyenda urbana (historias de la tradición oral que me generan muchísimo interés literario), el supuesto de esa historia es potentísimo. De modo que quise escribir una historia en torno a ese supuesto.

Me parece un logro de tu novela el manejo de un lenguaje contenido, que por su propia sobriedad contribuye a crear una atmósfera presagiosa y levanta por momentos vuelo poético. ¿Te consideras un poeta prestado a la narrativa?

–No, en absoluto. Soy narrador. Sin embargo, la narrativa no debe ser antónimo de lo poético. Se puede hacer una buena sintaxis, con vuelo, sin dejar de informar al lector. De hecho, la buena literatura necesita y busca y consiente construcciones poéticas. De lo contrario estaríamos redactando y seríamos escribientes y nunca escritores.

Sabemos que hay una tendencia a encasillar a los escritores en géneros. En tu caso se te ve como un escritor de género negro. Sin embargo en Moravia, aunque hay un hecho de sangre, se aleja de la novela negra.

–Creo que deberíamos empezar a diferenciar el nuevo género negro del policial clásico. A mí, personalmente, la investigación policial no me interesa. Me interesa el mal y la crueldad y el daño que hacemos al prójimo más allá de la visión detectivesca. Moravia podría funcionar como una tragedia griega (con el héroe yendo hacia su inexorable y fatídico destino, aun con su oráculo advirtiéndole). Yo no escribo pensando en géneros ni en colores ni en etiquetas, simplemente cuento historias. Y son cada una de esas historias las que determinarán, llegado el caso, un género.

¿Te molesta ser etiquetado como escritor negro o te parece adecuado?

–La verdad es que me tiene sin cuidado ese aspecto. Seguiré tomando las decisiones estilísticas que considere oportunas para cada historia. A lo mejor el año que viene escribo una novela de monjas perdidas en medio del Serengueti, y a lo mejor allí no muere nadie, y a lo mejor la historia está llena de maldad y traición, de individualismo, miserias y angurria. No lo sé. Lo que sí sé es que lo primero, lo más importante, será la historia, lo que tengo para contar, lo que quiero contar y cómo quiero hacerlo. En definitiva, intento que la etiqueta sea algo que suceda por fuera de Marcelo Luján. Moravia me parece muy negra y Subsuelo me parece muy negra. Pero mi concepto de negrura va más por el lado de la oscuridad, del mal, quiero decir de la maldad innata e inherente al ser humano.

Tienes años viviendo en Madrid. ¿Cómo te sientes al respecto? ¿Cómo ha sido tu proceso de adaptación?

–Madrid es una buena ciudad para vivir: me gusta y (de vez en cuando) todavía me emociona. Pero vivir en el extranjero es una cuestión muy personal y cualquier comentario o consejo le será completamente inútil al resto del mundo. Seguramente esto que estoy diciendo no le importe a nadie. Lo que sí puede ser interesante es el debate que se ha formado entre los autores latinoamericanos que vivimos en España. Porque desde el punto de vista narrativo se produce una suerte de metamorfosis lingüística bastante curiosa. Por ejemplo, muy a mi pesar debo decir que hoy en día (quince años después) he perdido la capacidad de escribir ficción (absolutamente correcta y creíble) en castellano rioplatense. Pero no a todos los latinoamericanos (autores) les sucede esto. La clave está en el discurso directo, porque es en ese espacio donde realmente se corrobora la verosimilitud, la corrección (semióticamente hablando) de un vocablo, de la sintaxis, de las expresiones, y del aura de los personajes.

¿Te sientes aún argentino o un poco ciudadano del mundo como Cortázar? ¿Cómo influye en tu escritura el hecho de vivir en España?

–Retomando la respuesta anterior debo aclarar que Cortázar tenía una ventaja con respecto a los latinoamericanos que vivimos y escribimos en España: su castellano (rioplatense en este caso) no se contaminó. Sin embargo esta ventaja tiene un lado B, puesto que su castellano no se contaminó pero se congeló. Se quedó estático o petrificado en el año en que decidió marcharse a Francia (1951). Por eso en Los premios (1960) hay personajes cuyo discurso directo es un tanto inverosímil, porque en los años 60 ya no se hablaba como en los años 50 o, al menos, no en ciertos estratos sociales. Y esa novela reúne a una veintena de personajes, todos protagonistas y todos muy habladores. Gran riesgo el que corrió y que no logró, a mi juicio, superar. En definitiva, Cortázar (que vivía en París) escribía en castellano rioplatense perfecto, no contaminado por el de otra de las regiones donde se habla ese mismo idioma (sea España o Venezuela o la amazonia peruana, da igual) pero sin posibilidad de actualizarse. En mi caso (y en el caso de los compañeros latinoamericanos) es diferente: no se congela pero muta o avanza alejándose del castellano natal, que es, por decirlo de algún modo, nuestra lengua materna. Y esta invasión repercute, de modo paulatino (nunca es igual en todos los casos) en la obra.

¿En qué andas? ¿Cuáles son tus planes y proyectos? ¿Has pensado venir a Venezuela a presentar tu libro?

–Ando pensando. Necesito pensar qué quiero contar y, en segunda instancia, cómo. Y lo de viajar a Venezuela para apoyar el libro es algo que me gustaría mucho. Ojalá suceda.

¿Cuáles son los libros y autores que más te han influenciado?

–No sabría decirte si son influencias directas o indirectas y hasta qué punto un libro, un autor o un modo de narrar han sido vitales para mi modo de contar. Mis primeras grandes lecturas fueron las novelas de Julio Verne… leer aquellas historias era como soñarlas pero vaya uno a saber qué botones tocaron en ese niño que hoy escribe cosas tan distintas. En la adolescencia leí mucha literatura argentina. Roberto Artl, Ricardo Piglia, Osvaldo Soriano, Juan Martini, Ana María Shua, Abelardo Castillo, por supuesto Cortázar. Enseguida los latinoamericanos y después me dio por los rusos y los norteamericanos. Hace años que leo bastante a autores jóvenes o “nuevos” porque me interesa mucho saber qué se está escribiendo, qué orientación está tomando la literatura. A veces me topo con cosas muy buenas.

¿Si tuvieras que resumir en pocas palabras cuál es tu apuesta literaria cómo lo harías?

–Me gustaría definirla en una palabra o, al menos, acercarme a ese concepto: rupturista.

Foto principal: Laura Muñoz

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