En el límite del conocimiento, ¿es posible medir fenómenos sobrenaturales o paranormales?

Paulino Betancourt Figueroa | @p_betanco

Doctor en Ciencias | Químico | Profesor e Investigador en pre y postgrado en la UCV | Nominado a Premio Nacional de Ciencias

La historia de la ciencia ha visto el reemplazo constante de lo paranormal y lo sobrenatural con lo normal y lo natural. Los acontecimientos meteorológicos, una vez atribuidos a la conspiración sobrenatural de las deidades, ahora se entienden como efecto de la temperatura y la presión. Las plagas, antes atribuidas al pacto de las mujeres con el diablo son actualmente entendidas que son causadas por bacterias y virus. Las enfermedades mentales previamente imputadas a una posesión demoníaca, se buscan hoy entre los genes y la neuroquímica. Los accidentes hasta ahora explicados por el destino, el karma o la providencia, se acreditan hoy en día a probabilidades, estadísticas y factores de riesgo. Lo mismo le ha pasado a las teorías fallidas como el flogisto, el miasma, la generación espontánea y el éter luminífero.

Sin embargo, la creencia posmoderna de que las ideas descartadas significan que no hay realidad objetiva y que todas las teorías son iguales, es más errónea que todas las teorías equivocadas juntas. La razón tiene que ver con la relación entre lo conocido y lo desconocido. A medida que la esfera de lo conocido se expande en el éter de lo desconocido, la proporción de ignorancia parece crecer, cuanto más sabemos, más sabemos cuánto desconocemos.

Pero tengamos en cuenta lo que sucede cuando el radio de una esfera aumenta: el aumento de la superficie es el doble mientras que el aumento en el volumen es el triple. Por lo tanto, a medida que se duplica el radio de la esfera del conocimiento científico, la superficie de lo desconocido se cuadruplica, pero el volumen de lo conocido aumenta ocho veces. Es en este límite donde podemos poner en juego una afirmación del verdadero progreso de la historia de la ciencia.

Tomemos nuestra comprensión de las partículas y las fuerzas físicas, que Carroll dice “parece indiscutiblemente exacta dentro de un dominio muy amplio de la aplicabilidad”, tal que en “mil o un millón de años a partir de ahora, cualesquiera que sean los descubrimientos asombrosos de la ciencia, nuestros descendientes no van a decir “jajaja, esos ignorantes del siglo XXI”. Carroll indica además que las leyes de la física “descartan la posibilidad de verdaderos poderes psíquicos”. ¿Por qué? Debido a que las partículas y las fuerzas de la naturaleza no nos permiten doblar cucharas, levitar o leer la mente, y sabemos que no hay nuevas partículas o fuerzas por ahí que aún no se hayan descubierto que apoyen tales hechos. No porque todavía no los hemos encontrado, sino porque definitivamente los habríamos encontrado si tuvieran las características adecuadas para darnos los superpoderes necesarios.

¿Qué hay sobre un poder sobrenatural? Tal vez ese poder exista fuera de la naturaleza y de sus leyes. Si es así, ¿cómo lo detectaríamos con nuestros instrumentos? Si una deidad usa fuerzas naturales para, digamos, curarle el cáncer a alguien reprogramando el ADN de las células cancerosas, eso haría de esa deidad un ingeniero genético calificado. Si se emplearon fuerzas sobrenaturales desconocidas, ¿cómo podrían interactuar con las fuerzas naturales conocidas? Y si tales fuerzas sobrenaturales pudieran de algún modo agitar las partículas en nuestro universo, ¿podríamos detectarlas y, por tanto, incorporarlas a nuestras teorías sobre el mundo natural? ¿De dónde proviene lo súper natural? Del límite donde lo conocido se encuentra con lo desconocido, donde estamos tentados a introducir a las fuerzas paranormales y sobrenaturales para explicar misterios que hasta ahora no hemos resuelto, pero debemos resistir la tentación porque tales esfuerzos nunca podrán tener éxito. Nos resistiremos, porque uno de los fenómenos más relevantes de nuestra época es el valor que ha adquirido el conocimiento, como condición indispensable para el desarrollo de nuestra sociedad.