El viaje de los inocentes - Efecto Cocuyo

El viaje de los inocentes

Día de los Inocentes. El viernes 28 de diciembre del 2018 debía viajar de Caracas a Valencia. Mis papás me avisaron ese mismo día, en la mañana, que habían logrado comprarme un pasaje para irme a Maturín, en Monagas, y que tenía que llegar a las 3:00 pm al terminal porque el autobús saldría a las 4:00.

Por la premura no tuve más opción que pagar un taxi. La tarifa: 50 dólares o 40 mil bolívares soberanos para llegar a tiempo al Big Low Center, nombre con el que se conoce al terminal valenciano desde hace muchos años, aquellos en los que un parque de atracciones mecánicas era el furor del centro del país, ubicado en un complejo futurista con tiendas y restaurantes.

A las 2:30 pm con pasaje en mano acudimos, mi mamá y yo, a la oficina de la línea para confirmar el boleto. La encargada, una morena con un vestido verde oliva ceñido al cuerpo, nos hizo esperar hasta las 3:00 pm para cumplir el proceso. La multitud en ese pasillo oscuro y caluroso me hizo salir a esperar en los andenes del terminal junto a mi papá, mi hermana, mi sobrino y un tío.

La media hora fue eterna. Mientras en el terminal los hombres que vendían boletos, delgados con voces más fuertes que cualquier cantante de ópera, no paraban de gritar destinos: Barinas, San Cristóbal y Maracaibo, eran los más frecuentes.

A las 4:00 pm, la hora fijada para que saliera el autobús en el andén 1, puesto 19, estaba estacionada una unidad que iba a San Antonio del Táchira, el nuevo destino de miles de venezolanos que huyen del país para buscar mejores oportunidades y que, según la Organización de Naciones Unidas, ya suman más de 3 millones de connacionales.

A las 5:00 pm, desesperados, regresamos a la oficina de la línea. También llegaron el dueño de una licorería en Maturín en el barrio Brisas del Aeropuerto, una docente que venía desde Perú y una señora que viajaba con su hijo desde el Táchira.

La morena salía y entraba con fajas de billetes en las manos. Pedía paciencia. Casi a las 6:00 pm decidió salir a buscar la unidad. Repetía que nuestro autobús era uno “habilitado”, es decir que no era de la línea y no podían dejarlo entrar hasta que saliera otro vehículo.

Media hora después, la sorpresa de todos fue mayúscula. Nuestro transporte no era un buscama sino un autobús viejo de esos verdes con anaranjado que recorren los terminales entre Valencia a Caracas. Sin baños ni aire acondicionado. El reclamo fue despachado con pragmatismo por la vendedora: “Si le da frío cierran las ventanas y si les da calor las pueden abrir”.

La desesperación por salir del terminal nos obligó a resignarnos. Cargaron las maletas y subimos a aquella inmensidad de hojalata de butacas incómodas. Mi familia se despidió con abrazos, bendiciones y el feliz año por adelantado.

Al sentarme, conversé un poco con la profesora que venía de Perú. Había migrado de Maturín a tierras andinas pero quería pasar el 31 de diciembre con su mamá en la capital monaguense. Me contó que se embarcó en un retorno largo y frío. En el puente de Rumichaca, entre Ecuador y Colombia, el clima es inclemente pero los pasajeros deben salir de un autobús, aguantar horas mientras pasan control migratorio y subirse de nuevo en las unidades.

Cuando llegó a Venezuela tomó un autobús que la dejó en Valencia. En todas las alcabalas del camino los pasajeros tuvieron que pagar al menos 100 bolívares. Guardias y policías “cobraban peaje” con la amenaza de revisar las maletas.

En Valencia abordo del autobús rumbo a Maturín éramos 17 pasajeros. Ya acomodados, pasaron dos horas y a las 8:00 pm el chofer nos hizo bajar.

—No llegamos ni a 20 pasajeros. Así no viajaré. Tienen que entenderse con la línea. Ya no es mi responsabilidad porque a ninguno les vendí pasajes— nos dijo.

Las maletas volvieron a sus dueños. La encargada de la línea ofreció tres opciones: Irse parados en otro autobús, lo que hicieron 5 pasajeros; llegar a Puerto La Cruz para tomar otra unidad hacia Maturín o esperar al día siguiente para viajar en la mañana. Nueve personas optamos por esta última alternativa; ocho durmieron sus maletas en el terminal, a la intemperie y expuestos a la inseguridad.

“Los bandidos”

El 29 de diciembre a las 6:00 am estaba de regreso en el terminal; mis padres son de Valencia y pude dormir en casa. Nos encontramos los mismos que la noche anterior decidimos esperar otro día para salir.

Cinco personas venían de Bucaramanga. Los llamé “los bandidos” porque así le decían a una de las mujeres que viajaba en el grupo y cantaba risueña la estrofa de “Yo no soy bandida, yo soy una dama….” de la pegajosa canción de Silvestre Dangond y Natti Natasha, titulada “Justicia”.

El autobús, esta vez sí un buscama, salió dos horas después. Una cola en la autopista Gran Mariscal de Ayacucho, justo en Guarenas, y otra en la entrada de Barlovento nos retrasaron más de tres horas y media. El conductor, minutos después de avanzar, subió a unas 8 personas a la cabina.

Paramos en El Guapetón y 45 minutos más tarde seguimos rumbo a Puerto La Cruz. Mi compañera de viaje desde Valencia fue una joven de 23 años con su hijo de siete meses. Robertico, risueño e inquieto, disfrutó salir de ese autobús a las 7:30 pm cuando finalmente llegamos a Anzoátegui.

De nuevo más pasajeros entraron a la unidad. No importaba si iban de pie en los pasillos o en las escaleras, como ya venía un grupo desde Valencia que pagaron el mismo precio del pasaje que quienes viajamos sentados.

De Puerto La Cruz a Maturín

El autobús salió a las 8:00 pm del terminal portocruzano. Todo transcurrió entre cuentos y risas de “los bandidos” hasta que al pasar el kilómetro 52, una falla hizo que el autobús se apagara. Ahí, en la estrecha vía entre Anzoátegui y Monagas donde solo pasa un carro por canal, a las 10:00 pm retumbaba el sonido de los camiones de carga pesada.

Guardamos silencio y después vinieron risas cuando el buscama encendió. Arrancamos, pero a los cinco minutos volvió a apagarse. Fue una hora y media de angustia, entre el miedo de los pasajeros, la falta de señal telefónica para alertar a mi familia y las especulaciones sobre el por qué de la falla de la unidad.

El miedo no era en vano. Viajar de noche en Venezuela se ha convertido en un calvario. La muerte de los peloteros de Cardenales de Lara, José Castillo y Luis Valbuena, el pasado mes de diciembre, confirmó que recorrer las principales carreteras del país es una lotería en la que el premio en juego es la vida de quienes se arriesgan a desplazarse sin la luz del sol por las distintas vías del territorio.

Llaves, gritos e indicaciones se escucharon en ese tiempo. A las 11:30 pm el autobús encendió y “a paso de morrocoy” continuó.

Durante la ruta se fueron bajando pasajeros: En Urica, El Tejero, en una nueva parada en el terminal de Punta de Mata, ya en Monagas; en El Furrial, Paramaconi y finalmente en el terminal de Maturín, donde me reencontré, después de dos meses, con mi esposa y mi hijo aún dormido en el asiento trasero de un vehículo, a la 1:00 am del domingo 30 de diciembre.

A “los bandidos” les esperaba amanecer en otro terminal porque iban a Caripe y Caripito. Fue un viaje que comenzó el 28 de diciembre, el Día de los Inocentes, y que después de 36 horas en carretera, culminó con un abrazo familiar y una sensación de que al viajar por las carreteras del país se está en una indefensión total.

Foto: Carabobo es Noticia

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