El totalitarismo no necesita del petróleo

Aimé Nogal M. | @anogal

Abogada egresada de la Universidad Central de Venezuela, con estudios de periodismo. Especialista en Derecho Procesal Civil y experiencia en Derecho Electoral. Consultora empresarial en materia de Asuntos Públicos.

Los regímenes totalitarios no necesitan del rentismo o de una fuente única de ingresos para sostenerse. Su arquitectura implica la construcción de alcabalas para la toma de decisiones que permiten generar una suerte de redistribución de la “riqueza”, si entendemos esta última como la posibilidad de escoger entre un número ilimitado de opciones, esto es, la libertad.

Por ello este modelo político no requiere grandes cantidades de dinero para doblegar voluntades, basta con asegurarse de que los “neo decisores”, es decir, quienes manejan las nuevas alcabalas con un ilimitado nivel de discrecionalidad, obtengan rédito del micropoder que se les concede. Así se hacen de la lealtad a las disposiciones que provienen del poder central; se teje una red de solidaridades automáticas, entre los miembros del clan, y de desconfianza hacia aquel que cuestiona las políticas que sostienen esta forma de dominación política.

Algunos autores afirman que los estados petrodependientes tienen en común ser sensibles a la instauración de regímenes totalitarios, ya que en muchos de éstas naciones se establecen grandes limitaciones a las libertades, hay inestabilidad económica recurrente y escaso desarrollo tecnológico, entre otras características comunes.

Con relación a los estados rentistas y su imposibilidad de sacar a sus habitantes de la pobreza, en la obra Petróleo, Rentismo y Subdesarrollo, Jürgen Schuldt y Alberto Acosta, señalan que: “Por razones muy peculiares, estas economías no han logrado superar la trampa de la pobreza, situación que da como resultado una gran paradoja: países ricos en recursos naturales, que incluso pueden tener importantes ingresos financieros, pero que no han logrado establecer las bases para su desarrollo y siguen siendo pobres. Y son pobres, justamente, porque son ricos en recursos naturales, en tanto han apostado prioritariamente a la extracción de esa riqueza natural y marginando otras formas de creación de valor, sustentadas en el esfuerzo humano antes que en la generosidad de la naturaleza”.

Sin embargo, consideramos que aunque efectivamente los totalitarismos pueden servirse de los ingresos por la extracción de recursos minerales o combustibles fósiles no es condición sine qua non para crear un modelo de control social sino que estos pueden surgir mediante la sustitución de los contrapesos propios del Estado de Derecho; así como la implosión de las instituciones tradicionales (o burguesas), vaciándolas de competencias, forma parte del modelo que permite instaurar un Estado totalitario.

Así seccionar cada actividad desplegada por el habitante, que no ciudadano, de un territorio, permite establecer un sistema de controles destinado a impedir la cohesión del tejido social. Los partidos políticos distintos al hegemón se encuentran ilegalizados o amenazados, por ende la organización de la sociedad civil para el reclamo de sus derechos, lo cual garantiza que el totalitarismo recorra el cuerpo social, pues cada habitante intenta imponer en su área de influencia el micro poder que se le ha delegado como recompensa a su lealtad.

La distribución de las potestades y competencias para otorgar permisos, concesiones o licencias, resulta suficiente para crear adeptos dispuestos a denunciar o excluir a sus iguales. El poder central se las arregla para facilitar a los habitantes declarar al otro enemigo del proyecto.

Durante la dictadura del Khmer Rouge en Camboya, Saloth Sar, mejor conocido como Pol Pot, su principal líder, ordenó abrir centros de reclusión con el fin de “buscar al enemigo oculto” dentro del Partido Comunista de Kampuchea y continuar su política de exterminio de todo aquello que consideraba que atentaba contra el Estado. Así usar gafas, tener título universitario o dominar un idioma distinto al camboyano, eran señales claras de occidentalización y por ende signo de peligro para el Estado; y enemigo del pueblo, que debía ser exterminado.

Por tanto al acusado, incluyendo a sus familiares aun siendo niños, se le condenaba con la pena de muerte. Ahora bien, en la Kampuchea Democrática (Camboya comunista) había muy poco que repartir, los sobrevivientes del genocidio apuntan que por único alimento recibían arroz una vez al día. En definitiva no puede reconocerse a Camboya como un país rentista, o dependiente de algún mineral o de hidrocarburos.
Tampoco se requiere superioridad numérica para doblegar a una población en un sistema totalitario.

Volviendo a Camboya en 1975, año de la llegada al poder de los jemeres rojos, en las principales ciudades de ese país habitaban 3 millones de personas y el ejército revolucionario no superaba los cien mil efectivos. Para mantener el control de la población se la dispersó y desorganizó, desplazándola hacia el campo, modificando la organización territorial conocida y aumentando el precio de la desobediencia a través del amedrentamiento, ya que cuando se aplicaban los castigos utilizaban las ejecuciones públicas con garrote o armas blancas. Se aplicaban diversos métodos de tortura y quien mostrara reticencia a tales decisiones, corría la misma suerte de su víctima.

Así los regímenes totalitarios no son rara avis como forma de gobierno, ni dependen de la entrada de ingentes ingresos a las arcas del fisco, sino que se instauran como producto de la mediocridad del liderazgo político tradicional, del germen de la anomia que se cuece en el caldo de la guerra o la inseguridad personal; de la banalidad de las clases medias que suelen apartar la mirada del sufrimiento de las mayorías, profundas crisis económicas y de una fuerza armada suficientemente ignorante como para subastarse. La República de Weimar es excelente ejemplo de ello.