El Soho de los hambrientos

Eritza Liendo

Escritora y periodista venezolana. Licenciada en Comunicación Social y Letras de la Universidad Central de Venezuela. Jefe de la Cátedra de Literatura en la Escuela de Comunicación Social de la UCV. Con su primer libro, Shadow y otros cuentos sombríos, obtuvo en 2013 el Premio para Autores Inéditos de Monte Ávila Editores.

Dicen que el venezolano tiene memoria corta; que olvida por igual yerros y aciertos… que su cortedad de memoria le dificulta la valoración de su historia y el aprendizaje tan necesario para afianzar la madurez como individuo y como parte de un colectivo. Dicen también que el hombre es un animal de costumbres y que el venezolano, en particular, termina acostumbrándose a todo. Inclusive a lo peor. Lo peor incluye, entre más, la merma sistemática de su calidad de vida.

Cada vez es más común ver las distintas expresiones de la miseria en los entornos más cercanos. Poco a poco, la sorpresa ha ido cediendo su espacio a la resignación y la resignación ha ido adquiriendo el rostro de la aceptación silenciosa. Parte de las previsiones al salir a la calle es llevar algún dinerillo extra o algún resto de comida para los menesterosos de nuevo cuño. Abundan en todas partes: en las inmediaciones de panaderías, cafeterías y sitios de comida rápida. Ya no piden: exigen. No mendigan: nos hacen responsables de su suerte.

Si fuera por morirme

Puesto a pedir a la entrada de una panadería, un señor mayor (de tez negra y apariencia de enfermo) demandaba comida de quienes entrábamos o salíamos del negocio. La suya no era la demanda humilde de quien solicita un favor: lo suyo era un reclamo. Fue ignorado por casi todos pues la gente de bien a duras penas tiene para mantenerse a sí misma sin perder en el intento la dignidad.

Sintiéndose ignorado, el interfecto sacó a relucir un carácter que mejor le habría servido para, pese a su condición, conseguir un trabajo o un empleo transitorio: “Si fuera por morirme, ya me fuera muerto por la cuenta de ustedes”. Es decir: todos somos responsables de su mal destino. Todos le debemos algo. Debemos repartirnos la culpa por todo aquel que, en medio de la crisis, las esté pasando mal.

Ser testigo de una escena como ésta es caer en cuenta de una especie de síndrome de aniñamiento: sólo los niños son naturalmente vulnerables ante su entorno. No están ellos para valerse por sí mismos. Por ello requieren el tutelaje de sus padres, representantes u otro adulto responsable. Las personas mayores de edad –precisamente por ello– deben responder por sí mismas y por la suerte que se procuran. Tiene que ver con aquello de medir las consecuencias de las decisiones que se toman.

Necesario es preguntarse por qué un hombre mayor o una mujer mayor se acerca a las postrimerías de su vida en situación de mendicidad. Necesario es preguntarse por qué fueron abandonados, por qué no están con su familia, por qué terminaron en la calle y a merced de la indigencia. Necesario es tener la sangre lo suficientemente fría para preguntarse por qué uno tiene que asumir como propia la responsabilidad de mantener a gente rechazada por los suyos. Es menester averiguar si están siendo utilizados por terceros.

Asombro en defensa propia

El asombro es necesario como ejercicio de supervivencia: es la única manera de luchar –más que contra la costumbre– contra el acostumbramiento. No es normal, no es natural, no es humano ver gente matándose por basura por más que esa sea una estampa de la cotidianidad. Imprescindible es volver sobre la frase “uno es lo que come” y preguntarse qué clase de adulto será un niño que alimentan con desperdicios.

Piensa uno, por ejemplo, en la descripción que de los menesterosos hace Eduardo Liendo en Las kuitas del hombre mosca (Alfaguara, 2010:64): “Durante el noctivuelo [la mosca] atisbó a otros seres que se hallaban casi a la intemperie, acurrucados, hechos ovillos sobre cartones, olvidados tanto de los santos como de los demonios, más allá de cualquier miedo y apenas vulnerables al tiempo y a la enfermedad. Los fuera de todo, casi por fuera de la vida”.

Los come-basura, en efecto, están fuera de todo. Incluso fuera de la vida porque vivir es, sobre todo, un querer. Requiere una disposición y, aun más, una actitud: la búsqueda incansable de lo bueno, y lo bueno no puede estar pudriéndose en el fondo de un pipote de basura. En casos como esos, acostumbrarse sería sólo una manifestación más de la muerte.

No pensé escribir de nuevo sobre la gente que come de la basura, pero vuelvo sobre el tema porque es la única manera de no naturalizarlo. Ver a una madre rodeada por sus hijos y con los ojos llorosos porque otros se le adelantaron en el festín de los desechos es algo a lo que nadie debería acostumbrarse. Y eso lo vi hace unos días en Los Palos Grandes.

La voz ya se corrió: en el este se consigue la mejor basura. La pobrecía famélica ya estableció su circuito depredador, y la oferta gastronómica de la zona –otrora una bendición para sus habitantes– se ha convertido en una auténtica calamidad: ya no hay mañana ni tarde ni noche en las que se pueda salir sin tener que toparse con la expresión macilenta de alguien que lleva el estómago pegado del espinazo.

La prosperidad –aunque austera, pero digna– es lo natural y lo deseable. Ante lo demás, ¡hay que asombrarse!

Foto: @MILABETANCOURT

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