El síntoma del prisionero

Antonio José Monagas

Profesor Titular ULA, Dr. Ciencias del Desarrollo, MSc Ciencias Políticas, MSc Planificación del Desarrollo, Especialista Gerencia Pública, Especialista Gestión de Gobierno, Periodista Ciudadano (UCAB), Columnista El Universal, Diario Frontera, RunRunesWeb.

La vida es la mejor analogía de aquella lección capaz de instruir una tarea que garantiza un resultado de ejemplarizante efecto. Sin embargo, no siempre la lección termina de aprenderse por cuanto, muchas veces, se dificulta su comprensión en virtud de la situación en la que se produce tan especial enseñanza. Sus exigencias, pasan por la necesidad previa de haber precisado algunos conocimientos sin los cuales la posibilidad de aprender la lección de vida, resulta complicada. De esta manera, se estanca el proceso enseñanza-aprendizaje.

En política, aun cuando las condiciones lucen un tanto distintas, los efectos conducen a resultados semejantes. Particularmente, por cuanto la política se encuentra circundada por intereses y necesidades que no siempre coinciden con proyectos u objetivos individuales. Incluso, colectivos. Es entonces, cuando terminan corrompiéndose condiciones alrededor de las cuales se erigen ideales que, contradictoriamente, o ante dicho problema, se convierten en fuente de reveses cuyas soluciones no aparecen por ningún lado. Esto, a pesar de los compromisos que anuncian los arreglos de los mismos.

Las realidades sobre las cuales se ha deparado la política en Venezuela, especialmente en los últimos cinco años, no han sido lo necesariamente condescendientes con los problemas que ha venido padeciendo el país en su cuerpo económico y social. Esa política, anunciada entre bambalinas y acompañada por fanfarrias de marcada marcialidad, no ha dado concesiones a las pretensiones pregonadas por el socialismo del siglo XXI. Mucho menos, a las barrabasadas de cada discurso presidencial, expuesto este como pauta de correcta política gubernamental.

Contrario a todo cuanto pudo pronunciarse y declararse como objetivo del Plan de la Patria, el programa ideológico de gobierno no calzó con lo que presumió convertirse en plataforma de la gestión de gobierno prometida. Lejos de todo ello, las propuestas político-electorales se enredaron consigo mismas al extremo que lo que pudo resarcirse luego de la debacle que causó la antipolítica de la década de los noventa, profundizó la crisis que vino acuciando el manejo retorcido del gasto público que, para entrada la segunda década del siglo XXI, comenzaba a hacerse sentir con suma crudeza.

Fue el momento para que los venezolanos comenzaran a retorcerse en imaginarias candelas. Problema éste inducido por los padecimientos que potenció lo que pareció ser ineptitud de gobernante militar. Es lo que puede inferirse o era que ya se tenía prescrito el caos que acabó con la institucionalidad. Al mismo tiempo cabría señalar que la situación de constreñimiento que derivó de las restricciones acordadas por el modelo económico impuesto, llevó al venezolano a sentirse encerrado. Prisionero en su propia localidad. Prisiones en su ciudad. Prisionero en su país.

Tan apesadumbrada sensación de encierro, provocada también por el nivel de violencia e inseguridad desatado a consecuencia de la campante impunidad consentida por el mismo régimen, provocó que el venezolano se viera en la necesidad de lidiar con las insuficiencias incitadas por el régimen toda vez que sus decisiones devienen en improvisaciones con la fuerza para avivar el derrumbe de la gestión pública. ¿O acaso ha sido el libreto seguido por la pauta revolucionaria?

Tan dramática vivencia ha llevado al venezolano a jugársela todas. Es decir, a superar escollos característicos de la crisis que se armó. Escollos estos que lo han obligado a actuar en consonancia con las carencias que lo han arrinconado. Aunque relegarse del propósito de ganar el espacio que requiere tanto la calidad de vida que busca a todo dar, como la dignidad y el respeto a su propia vida. Sin embargo, en aras de tan inminente búsqueda, el venezolano ha apostado sus menguados recursos a rebatirle el poder político al régimen por cuanto de ello habrá de depender reconquistar su libertad y la democracia sobre la cual ha enarbolado su proyecto de vida. Sin duda, esto lo indujo a confirmar que nunca deberá estancarse en un mismo lugar pues apuntar la dirección de vida hacia otro punto, le redituará las ventajas necesarias para adelantarse a la jugada del régimen. Más, cuando busca someter al venezolano a las inclemencias que supone el proyecto de acción gubernamental. Aunque mientras no conciencie tan cruda lección de vida, en medio del desgobierno que viene causando tanta anarquía revolucionaria, tendrá que vivir resistiendo el síntoma del prisionero.