El país que tenemos versus el país que queremos

Piero Trepiccione

Politólogo con especialización en gerencia social. Actualmente es el coordinador general del Centro Gumilla en el Estado Lara. Profesor universitario de pre y postgrado. Analista político y de tendencias electorales. Columnista de opinión. Locutor y conductor de programas de radio.

Acabo de finalizar un estudio focal con sesenta jóvenes entre los 16 y 23 años provenientes de doce Estados del país. En el marco del estudio realizamos un ejercicio para determinar cómo están describiendo nuestros jóvenes de hoy, agobiados por las circunstancias especiales que están padeciendo, el país que tenemos y cómo se lo imaginan de una manera en la que les gustaría vivir a plenitud en él.

En relación al “país que tenemos” las frases y palabras más emblemáticas y sugerentes aportadas por los participantes fueron, entre muchas otras, “me siento inseguro”, “no tengo futuro”, “mi familia está separada”, “mis padres se fueron del país, ahora estoy comiendo mejor por las remesas que me envían, pero no es lo mismo, necesito su presencia”, “no tengo ánimo de seguir viviendo en Venezuela”, “estoy desesperanzado”, “no le veo la vuelta a esta situación, cada día estamos peor”, “no se qué hacer, lo que ganamos en mi casa no nos alcanza para vivir”, “ya no creo en nadie, nuestros políticos no sirven para nada”, “yo luché en la calle fui golpeado salvajemente por la guardia nacional y para qué, para nada, esto sigue igual o peor”, “los políticos se adueñaron de este país, hacen lo que les da la gana y nosotros los de abajo, pagamos las consecuencias”, “en este país mandan las mafias y los bachaqueros, no hay nada que se pueda hacer porque los corruptos están protegidos”, “no vale la pena estudiar, para qué si aquí lo que de verdad vale es ser bachaquero y ladrón”, “este país se lo llevo quien lo trajo”, “esto no se aguanta ya”, “he visto gente comer de la basura, en mi barrio eso se ve a diario”, “en mi casa nos rotamos para comer, nunca nos alcanza para todos”, entre otras.

Como podemos apreciar, la suma de todas estas frases que de alguna manera caracterizan y describen la cruda realidad que padecen nuestros jóvenes en la actualidad, muestran la profundidad a la cual hemos arribado en materia de indicadores sociales y calidad de vida de la población en general.

Sin embargo, cuando en el estudio focal indagamos sobre el “país que queremos” las respuestas nos muestran para sorpresa de muchos, otra realidad muy distinta proyectada por estos jóvenes que aman a su tierra y quisieran reflejar sus sueños en ella. Frases como: “un país donde uno pueda caminar por todos lados sin sentir miedo”, “un país de oportunidades donde se pueda trabajar en lo que a uno le guste”, “quiero un país próspero donde seamos todos felices”, “quiero un país donde pueda vivir con toda mi familia y mis amigos que se han ido”, “quiero un país seguro y próspero”, “quiero un país democrático y libre, donde el gobierno no haga lo que le dé la gana”, “quiero un país donde los jóvenes sean respetados por las autoridades”, “un país donde se respeten los derechos humanos de todos”, “un país unido y sin sobresaltos, sin insultos”, “un país donde el presidente no esté insultando a sus adversarios todos los días, un país sin polarización política”, “quiero un país que ofrezca trabajo digno a todos”, “quiero un país donde me pueda casar, trabajar para mantener a mi familia”; en fin, un país muy distinto al que tenemos ahora según se desprende de la descripción hecha por nuestros jóvenes.

Por último, le preguntamos a los jóvenes por la fórmula secreta que ellos estiman sea la necesaria para cambiar del país que tenemos al que queremos y en resumidas cuentas la definieron así: “necesitamos convertir la gran mayoría social que en este momento está unida en torno al descontento y la desesperanza, en una mayoría política que le de empuje a una fuerza de voluntades que cambien el orden existente en un proyecto factible de país. Les repregunté cómo hacerlo si muchos de sus contemporáneos se han ido y me dijeron: “quedamos muchos, solo que tenemos que tener un horizonte común, una visión compartida de ese país que queremos”. Sin duda, quien esto escribe luego de compartir más de 16 horas de ejercicio focal con estos jóvenes de diversas regiones del país y de los extractos más populares, salió fortalecido de optimismo. Hay esperanza activa. Hay reserva moral por excelencia en Venezuela.

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Las opiniones expresadas en esta sección son de la entera responsabilidad de sus autores.

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