¿El gobierno que nos merecemos?

Cuando la razón política de todo proceso de gobierno deja envolverse por las complicaciones que se suscitan al momento de desentrañar las divergencias que se articulan entre las capacidades para abordar realidades entrampadas por vicios y mañas de añeja práctica, y la complejidad creciente de sistemas sociales para conducirse hacia objetivos democráticos, con seguridad que lo que se avecina es la atemorizada rendición del gobernante ante las exigencias que endilgan los cambios que rondan cada situación.

Desde luego cada circunstancia así alcanzada deviene además en un déficit de credibilidad que, más allá de la ideología que sostiene el proyecto político que exhorta al correspondiente gobierno, induce ineficacia en la acción que acompaña las ejecutorias y decisiones elaboradas, tomadas y ordenadas. Es precisamente ahí, donde aparece la improvisación la cual se reviste de criterio de gobierno para imponer sus consideraciones, sin importarle lo que sus efectos causen a su alrededor.

En el fragor de tan insidioso panorama gubernamental, la gestión pública luce cual resultado de imprecisiones que terminan añadiendo más problemas al ya aducido escenario de crisis política destapado a consecuencia de los altibajos que caracterizaron las realidades bajo el curso de tan improvisado gobierno.

Aún así, es el cauce por el cual atraviesa todo gobierno que aparenta lo que la naturaleza política no alcanzó a proveerle. Casi pareciera, un caso de infortunado destino y que el léxico popular ha tildado de “justo” cuando se escucha decir que “un pueblo se da el gobierno que mejor se ajusta a sus expectativas ”. Ante tan cuestionada consideración, Joseph de Maistre, teórico político y filósofo saboyano, nacido a mediados del siglo XVIII, alcanzó a acuñar la frase: “Cada nación tiene el gobierno que se merece”.

Aunque con más tino político, Guillaume Thomas Raynal, contemporáneo y coterráneo del conde Maistre, explicaba tan cruda sentencia con un sentido más próximo a lo que en el fondo de la política, se suscita. Escribió que “la fuerza del gobernante no es en realidad más que la fuerza de los que se dejan gobernar”.

Llevando tan capcioso aforismo al plano en el cual se moviliza la política venezolana, no está lejos de cuanta verdad hay detrás de cada palabra. Sin embargo, se tienen otras causales que coadyuvan a reconocer el caos político, económico y social al que ha llevado el gobierno al país.

Indiscutiblemente que entre las susodichas razones, resultaría imposible dejar de considerar lo que significa comprender los enredados problemas que se tienen al momento de gobernar procesos creativos. Y tan inciertos, que son capaces de engendrar el mayor cúmulo de conflictos propios del inmediatismo y del pragmatismo. Tales tendencias vuelcan su atención hacia problemas casuísticos que no representan los problemas terminales del sistema social. Y que por tanto, terminan abandonando su foco de manejo.

Frente a tal debilidad de gobierno, los gobernantes buscan las excusas posibles para intentar atenuar la ineptitud que los caracteriza. O se pliegan a pretextos que sencillamente se dirigen a hacer acusaciones infundadas, o se reducen a actuar cuales morbosos payasos sin la gracias necesaria para causar risa. Pero sí, con la petulancia y soberbia para humillar, afrentar y amenazar. Razón para recordar que si bien este ha sido un gobierno con los recursos suficientes para haber dignificado al venezolano a su máxima potencia, también ha sido el gobierno que ha sabido quitarle todo lo que cada venezolano ha llegado a tener. De forma tal que en atención a esto, puede asentirse que se ha encargado de adelantar una gestión colmada de cochambre (suciedad, cosa puerca, grasienta y de mal olor). Habrá que decir que es un gobierno lleno de cochambre. O sea, un gobierno “cochambroso”.

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  • LUIS

    GOBIERNO QUE SE MERECE,,,,,,SERÁ GOBIERNO QUE SE MOMIFICA,,,,,EL 80 % LO RECHAZA,,,,,