El culto a la personalidad bloquea todo avance social

cuartel-de-la-montana

Alberto Hernández

Escritor venezolano.

El “padrecito Stalin” se mesaba los bigotes cuando, al asomarse a la ventana de su suite en el Kremlin, veía su rostro repetido en todas las plazas y esquinas, en los retratos de las oficinas públicas, en las tapas de los fastidiosísimos libros que enmarcaban las grises librerías de aquella Unión Soviética cuya más preclara imaginación dio en llamarse “realismo socialista”, porque dibujaba el mundo sin ningún atisbo estético que fuese más allá de las bondades del régimen y los crímenes del materialismo crematístico, como si él y sus perros de presa no hubiesen usufructuado las inmensas riquezas del otrora poderoso imperio de los soviets.

Por allí corremos sobre el lomo de la memoria: Mao, en su terrible librito rojo, alabado por la estupidez de un colectivo uniformado. Elevado en estatuas, sus ojitos veían todo cuando acontecía en la gigantesca topografía china. Kim Il Sung, mejor “Kill the sun”, revelado en las más insólitas imágenes que hicieron de Corea del Norte, hasta ahora con su mítico hijo, uno de los infiernos más pavorosos de la tierra. Y así, en Irak, donde Saddam era más fotogénico que Naomi Campbell, más simpático que Pluto y mucho más inteligente que Omar Khayyam. Y chorreando, para no llenar esta crónica de insolencias, Fidel, el más cercano y conspicuo de los panas, a quien ayudamos en nuestra adolescencia fetal y supina y es necesario hoy pedirle que cambie de retrato, rescate y le pida perdón –aunque sea por Internet- a las barbas de Camilo Cienfuegos. (A esta altura es difícil: “El caballo” acaba de morirse sin pena ni gloria de parte de quienes llevaron fusilazos y palos).

Estos descendientes directos de Javé abruman a mucha gente desde que en el Génesis el verbo se hizo carne y la Comuna de París descubrió que en Nôtre Dame vivía un jorobado tan miserable como las pobres cabezas que la guillotina empujaba hacia una cesta de mimbre. Y así, tan campantes, siguen apareciendo salvadores, mesías que asombran a los hermanitos Lumière con sus poses y uniformes militares. Por supuesto, Jesús es sólo un crucifijo detrás de la silla, como el desdibujado héroe patrio.

Tan terribles especímenes oscurecen el genio de Tolstoi y Dostoievski, Confucio y Li Po, Naguid Mahfuz, Balzac, Rimbaud y Baudelaire juntos. Es decir, el poder como culto a la personalidad. Algo así como la “Consagración de la Primavera” dedicada al degollamiento de un ángel bizco. La “Summa theologicae” escrita con la zurda por Santo Tomás de Aquino bajo la sombra de un samán.

Sucede entonces que nuestras calles y casas se han llenado de un nombre que de tanto repetirlo, más para mal que para bien, se ha convertido en una imagen religiosa, ponderada por monjes y laicos, diáconos sincréticos, ateos y herejes y pregonada a los cuatro puntos cardinales del país en una suerte de erupción catastrófica. Pero más de redivivo cuadro en distintos trajes donde prevalece el bélico y poco el civilista, porque en realidad se trataba de un “castrensem” abigarrado, tropical de añadido verbo incendiario y amenazas bíblicas. El Apocalipsis según las sabaneras inundaciones del invierno ideológico, algo así, para no ahondar en esta obligada fascinación. Revelación del héroe homérico: la Ilíada y la Odisea, una fotografía de las quimeras.

Nuestro poema épico ha estado signado por el presidencialismo, pero más por los presentimientos.Dirán algunos que la democracia sucumbe a la idea de multiplicar los favores recibidos (por eso los presentimientos). Ahora, en este tejido donde la imagen de un hombre ha enredado cualquier propuesta lúcida, su imagen supera la de Dante en la puerta del Purgatorio. Trátase de un culto en el que Dios es un convidado de piedra, usado como muletilla para escalar otra nube, traspasar el turbión y conquistar los sueños de todo un país, un continente, el hemisferio y hasta la tierra misma, y un poco más allá de ser posible.

Aquí no se trata de conseguir la felicidad colectiva: la tragedia individual viene en papel de envolver. En todo caso, de hacer que el imán atraiga a los que –soñadores y resentidos pertinaces- abjuraron toda la vida de la posibilidad de progreso. El culto a un sujeto bloquea todo avance social, lo que se traduce, en nuestro caso particular, en la celebración a la pobreza, que no a los pobres, toda vez que sólo son instrumentos para que el régimen alcance sus metas.

Desde esa propuesta, superada por la historia y los miles de ejemplos bastan para señalar su fracaso, conquistar parte del mundo para enfrentar un enemigo que, a todas luces, como lo deletrean ciertos marxistas, se ha convertido en un mal al que se le puede sacar provecho dentro de sus propias contradicciones, y no atropellar los postulados que a la larga traerán consigo una caída de pronóstico reservado, profusa en rasguños y fracturas.

La respuesta de quienes no se ven en ese espejo, de los que no enmarcan el cuadro del santón, conduce hacia salidas democráticas, en las que los métodos son variados. Es decir, la imaginación no enajenada le sale al paso al pensamiento único, enfermizo, ciego y oportunista. Háblase de una “oligarquía del gobierno”, porque se ha apropiado de todos los recursos, hasta de los del pensamiento individual.

El daño es profundo, por eso la cura debe sustentarse sobre la base de la civilidad, que es el factor más sólido de la democracia, y que se entienda que la política es el instrumento de las ideas, no la base de la fuerza.

 

Artículos relacionados