El cisne negro, o cuando el dinero en efectivo ya ni se representa a sí mismo

Carlos Hermoso | @HermosoCarlosD

Economista | Doctor en Ciencias Sociales | Profesor Asociado de la Faces en la Universidad Central de Venezuela | Investigador | Dirigente político

Venezuela es un escenario en donde sucede tal tipo de fenómenos que los economistas deben hacer uso de sus talentos para explicarlos. Algunos buscan explicaciones inextricables para legitimarlos. Otros, los critican desde posiciones subjetivas nada convincentes. Muchas veces recurren a la metáfora del cisne negro por lo atípico del fenómeno, y así. El uso de la metáfora del cisne negro, que describe eventos inesperados, altisonantes, muy fuera de lo común. Ave rara en la tierra, para referirse a este tipo de eventos. Ya la destrucción de un país con tantas riquezas convierte nuestro fenómeno nacional en un episodio difícil de asimilar. Un cisne negro.

Ahora bien, si no partimos del análisis científico y riguroso de tales fenómenos no podremos llegar a conclusiones acertadas. Es dable, además, que se descoque cualquier cristiano por el enredo que crean algunas explicaciones un tanto interesadas en tergiversar la cosa. Sobre todo aquello de colocar cualquier hecho como parte de una “guerra económica”.

Tal es el caso del precio del efectivo. La escasez del bien en cuestión, papel moneda en este caso, es de tal grado que su precio ya se cotiza en todo el país muy por encima de su denominación. Dejó de ser equivalente de sí mismo. ¡Vaya cosa! Ave rara.

Una condición del dinero es ser equivalente universal, circunstancia que permite la transacción entre diversos bienes. Esa es una de las funciones del dinero. El papel moneda, expresión de aquél, debe servir para lo mismo. Además, la parte que no va al intercambio, se reserva. Sin embargo, cuando se reproduce el papel moneda, más que eso, la masa monetaria, sin respaldo en oro, ni en correspondencia con el crecimiento económico, se produce la tendencia inflacionaria.

Además, este deja de ser reserva de valor. Al perder poder de compra, al desvalorizarse en el tiempo, se buscan refugios que abandonan el signo monetario en cuestión.

El caso más alarmante es Maracaibo, estado Zulia, donde por un billete de cien bolívares pagan hasta más de 200. Reciben el efectivo para colocarlo en Colombia para así vender mercadería venezolana a precios tales que permiten obtener superganancias. Los colombianos, que compran esas mercancías muchas veces obtenidas de las bolsas Clap, bachaqueo mediante, prefieren adquirirla pagando en bolívares para así sufragar menos de lo que tuviesen que hacerlo pagando en pesos.

A partir de esta circunstancia, se han creado mercados paralelos en línea. De una parte, el mercado del efectivo conduce a que el precio de bienes y servicios se adquiera con base en el efectivo o el pago en dinero electrónico. Una mercancía cualquiera tiene un precio mucho mayor si es con pago en electrónico. Pero tiene un precio menor si es en efectivo. Un pasaje de una ciudad a otra puede elevarse hasta tres veces su precio normado si se realiza con base en el pago en electrónico. Las hortalizas, la carne, entre otros bienes, se pagan con base en esta norma.

Quienes se hacen de efectivo, lo venden de manera indiscriminada al mejor postor. Se articulan con quienes tengan puntos de venta y realizan triangulaciones que les garantizan a toda la cadena especulativa jugosas ganancias de manera grosera y actuando con el mayor desparpajo.

Esa es otra penuria que ha sumado la política económica del régimen chavista. Mientras, las autoridades no hacen nada que no sean esos amagues para combatir la especulación. Siendo los responsables de esta circunstancia se hacen los locos y, como en todo, echan la culpa a otros. Pero también echan mano del negocio. Claro está.

Se arman colas en los bancos que dispensan apenas diez mil bolívares al día. La gente no puede salir al no contar con efectivo ya que diariamente, solo en pasajes, deben usarse, muchas veces, no menos de treinta mil bolívares por persona. Sumemos que la especulación en el transporte público es otra de las tantas calamidades que viven los pobres de Venezuela que ya son la inmensa mayoría de la población.

Eso de que el valor de las mercancías es un hecho objetivo, pero que su precio oscila, entre otras cosas, por la presión de demanda o la presión de oferta, sigue teniendo vigencia de manera absoluta. Lo demuestra este episodio de la economía, único en su historia que tengamos noticias. Es probable que haya sucedido en otro país. No lo conocemos. Calza, a fin de cuentas, en la metáfora del cisne negro. Es muy raro.

Pues bien, son dos las razones que nos permiten afirmar enfáticamente que la responsabilidad de este fenómeno es exclusiva del régimen. De una parte, una política que descansa en la importación, que va a privilegiar el producto importado por encima del nativo, va erosionando el aparato productivo. Allí comienza la tragedia.

Al caer los precios del crudo no se puede satisfacer la demanda interna con producto nativo. Venezuela pierde competitividad y el valor de los bienes producidos tiende a ser cada vez mayor. De allí que todo lo importado es más barato. Más cuando se crea un régimen cambiario que favorece todavía más al producto importado frente al nativo.

A esto se suma la búsqueda del equilibrio fiscal con base en la emisión de dinero inorgánico. A la fuerza pues, para obtener un presupuesto de ingresos nominal similar al presupuesto de gastos. Sumado a una política tributaria que reduce la capacidad de demanda de la gente. Al caer el producto interno bruto e incrementarse la liquidez y oferta monetaria, la cosa se pone cada vez más apremiante. La inflación galopante da paso a la hiperinflación.

Por último, el Gobierno privilegia el dinero bancario por encima del papel moneda. Nos fuerza a tener que hacer cola por apenas diez mil diarios. Se produce un “corralito” que nos impide hacer uso de nuestro dinero en banca.
Es así como llegamos a este fenómeno en el cual debemos comprar efectivo ante la mirada cómplice del Gobierno. Vale todo…

Una de las premisas en las que se sustenta el capitalismo es la estafa. A la explotación y la usura, como elementos esenciales del régimen de producción de mercancías se une la lógica de comprar barato y vender caro. Si las condiciones del mercado lo permiten, se vende muy caro. Mediante el sistema de crédito se crean mejores condiciones para adelantar procesos de producción y de trabajo para valorizar el capital y realizar la plusvalía. Usura y explotación dan paso a la realización en el mercado. El vendedor recibe mercancía a un precio. La vende más cara para obtener un beneficio en el acto de intercambio. Pero, si hay más demanda, vende más caro. Al escasear el efectivo, se busca su acaparamiento para especular y vender el efectivo cada vez más caro. Es esta nuestra tragedia.

Pues bien, aunado al grado de descomposición moral de la sociedad, es normal que quien tenga efectivo lo venda al mejor postor, sea este hermano, primo o un simple desconocido. Se ve normal esta práctica usuraria. Si las condiciones del mercado permiten vender mucho más caro, lo hace sin contemplación. Dentro del proceso de animalización a la que conduce la crisis venezolana, junto a la lumpenización que desconoce los valores de la solidaridad, cuando impera en su máxima expresión el sálvese-quien-pueda, no es de extrañar este tipo de expresiones económicas y sociales. ¡Un cisne negro!

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Las opiniones expresadas en esta sección son de la entera responsabilidad de sus autores. 

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