El amor al coroto - Efecto Cocuyo

El amor al coroto

Miraflores representa el coroto
Piero Trepiccione

Politólogo con especialización en gerencia social. Actualmente es el coordinador general del Centro Gumilla en el Estado Lara. Profesor universitario de pre y postgrado. Analista político y de tendencias electorales. Columnista de opinión. Locutor y conductor de programas de radio.

En Venezuela se usa la palabra “coroto” como asociada a la silla presidencial o al poder, entre otras acepciones populares. Cuando la gente dice “a ese personaje le encanta el coroto” o “ese no quiere soltar el coroto” e incluso, “ese está desesperado por encaramarse en el coroto”, se refieren al ejercicio del poder y la influencia desde cargos ejecutivos.

Ese amor al poder ha sido una de las características fundamentales del liderazgo político venezolano en décadas. La constitución de 1961 permitía la reelección presidencial luego de haber pasado dos periodos desde la primera elección. Tanto Carlos Andrés Pérez como Rafael Caldera la lograron. El primero en 1988 sin poder culminar su mandato por sentencia de la antigua Corte Suprema de Justicia que lo obligó a separarse del poder en 1993, mientras que el segundo, si pudo culminar su mandato en 1999 pero con una abrupta sustitución del bipartidismo concentrado desde 1958. En ambos casos, se detuvo la renovación necesaria del liderazgo del país y las consecuencias políticas, económicas y sociales no se hicieron esperar.

Pero hay más. Algunos líderes no han comprendido en su justa dimensión lo que significa la alternabilidad en una democracia, y, en consecuencia, han arrastrado a sus sistemas políticos a enormes tensiones que muchas veces culminan con severos deterioros del clima democrático. Vale decir que las ambiciones personales y el amor exagerado al coroto terminan convirtiéndose en trabas y distorsiones al verdadero ejercicio de la democracia.

En Venezuela hoy tenemos varios ejemplos de lo que describo. Comencemos por Nicolás Maduro. Gobernó por un periodo de seis años según dictamina nuestra constitución vigente desde 1999. Aún con una enorme impopularidad y con un deterioro creciente y progresivo de los indicadores económicos y sociales del país, se empeñó en seguir al mando, por ello resolvió adelantar elecciones presidenciales y cambiar las reglas del juego electoral para disminuir considerablemente la participación política de los diferentes factores de oposición.

Esto le valió la condena de un número importante de países de la comunidad internacional y sin embargo, siguió adelante con su plan. Tanto así que hoy sigue forzando la barra y obteniendo mucho rechazo organizado desde el exterior. Aún con la posibilidad abierta de “sacrificarse” y abrir el compás para que otros líderes del Psuv puedan seguir en competencia electoral de cara al futuro. Pero su apego al coroto hasta ahora ha podido más que la sindéresis política.

Pero no solo Nicolás Maduro nos sirve de ejemplo. En la oposición venezolana esta semana en particular hemos visto un par casos que permiten ilustrar lo que señalo. Comencemos por Leopoldo López. Primero su esposa y luego su padre declararon a los medios que él puede ser candidato presidencial en unas eventuales elecciones verdaderamente libres y con plena observación internacional, a la par, dejaron colar objeciones a una eventual candidatura de Juan Guaidó.

La nación primero

Por otro lado, Maria Corina Machado no le esconde a nadie sus aspiraciones presidenciales en este momento de coyuntura histórica. Son aspiraciones legítimas y válidas además de justas. El problema es que el país está en una situación que requiere mucho más amor a la nación que al coroto.

Reiteramos, aspirar ser candidato y llegar al poder es válido en cualquier democracia o sistema político que se jacte de serlo. Más aún cuando las limitaciones y el deterioro progresivo que ha sufrido la democracia venezolana en los últimos años parecieran estar llegando a su fin; abriéndose una ventana de grandes oportunidades para ser relanzada con éxito.

Pero el problema radica cuando nuestros líderes demuestran sin pudor que le tienen más amor al coroto que verdaderamente al país. Primero lo primero. La tarea aún no está concluida. Vendrán los tiempos donde los líderes mostrarán sus propuestas y el país decidirá con cuál se queda. Por ahora lo mejor es aupar con todas las energías el vector de fuerza transformadora que se ha desatado en Venezuela. El kairos del cual con frecuencia nos habla el sacerdote jesuíta y director de la revista Sic, Alfredo Infante. Este kairos no puede ser dilapidado por aspiraciones personales. El pueblo venezolano no lo toleraría.

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