¿Economía política o politizada?

Antonio José Monagas

Profesor Titular ULA, Dr. Ciencias del Desarrollo, MSc Ciencias Políticas, MSc Planificación del Desarrollo, Especialista Gerencia Pública, Especialista Gestión de Gobierno, Periodista Ciudadano (UCAB), Columnista El Universal, Diario Frontera, RunRunesWeb.

Hablar de los problemas que estudia la economía, pasa primeramente por comprender el significado de economía política. Su concepto más laxo, compromete la definición que la teoría económica hace de los alcances e implicaciones de la economía como ciencia, técnica y estrategia. Todo ello se concentra en el mercado político, habida cuenta que su dinámica toca objetivos de política económica. En tanto que, como palanca de todo Estado y, en consecuencia, de la sociedad que se establece a su alrededor, moviliza razones y resultados. Todos, apostando al logro de niveles de desarrollo económico y social que aseguren un futuro promisor para cualquier sociedad que se precie del manejo ecuánime de la economía.

Lo aludido arriba, lleva entonces a esclarecer lo que trata la economía política. Aun cuando son distintas las definiciones que se tienen, pudiera decirse que analiza el comportamiento del hombre con el propósito de medir y comedir su devenir: Así puede corregir el problema de la satisfacción de sus necesidades individuales en medio de la escasez de recursos. Sobre todo, al comprender que su práctica de producción social se da en un mundo de múltiples recursos escasos. Y es lo que incita al individuo a valerse de su habilidad política y económica, para sortear las contingencias que devienen en conflictos sociales.

De ahí que la economía política, al dar cuenta de las causas y condiciones bajo las cuales se establecen formas de producción, se enfoca en ajustarlas a los fines de elevar las condiciones a partir de las cuales pueden mejorarse las relaciones de producción. Para eso, debe conocer los aspectos más apartados que ocurren en el seno de los procesos de producción de bienes materiales. De esa manera, se equilibran las relaciones de producción puesto que las mismas constituyen el modo de producción de una determinada formación económico-social.

En Venezuela, la economía política no ha encontrado el asidero metodológico desde el cual podrían direccionarse oportunidades. Pero no tanto porque las mismas pudieran ser casuales. O sea, aparecer como consecuencia de coyunturas que azarosamente devienen en procesos de reacomodos de la economía internacional. En todo caso, sería como resultado de oportunidades construidas a instancia de relaciones de producción establecidas de la forma más obvia posible. Es decir, como resultantes de procesos productivos dirigidos por formaciones económico-sociales debidamente estructuradas y motivadas política, social y económicamente.

Tan serio problema, ha originado que la economía venezolana se haya pervertido. A tal extremo ha sido dicha complicación, que generó un estado de confusión que obnubiló las políticas económicas que pudieron haber evitado los seguidos deslaves que la dinámica económica ha padecido. Hoy la economía se ha politizado tan groseramente, que sus lineamientos de decisión se mediatizaron cayendo en una surco difícil de sortear. Precisamente, por todo lo que el insano populismo ha inculcado a su esencia. Por lo que ha pervertido los postulados que rigen la microeconomía y la macroeconomía que le son propias a su cuerpo cognitivo y funcional.

Hasta ahora, no ha habido forma alguna de equilibrar el desbalance de la economía. Habida cuenta del recurrente problema que se ha fraguado alrededor de indicadores de gestión y de crecimiento sobre los cuales se apoyan las cuentas nacionales. De manera que vista esta situación plenamente desastrosa, la economía dejó de asumir su papel político para desviarse tanto del rumbo que le marcan las pautas del desarrollo, como del sentido que su movilidad debía señalarle en el camino hacia derroteros de progreso.

Por eso, la pérdida de iniciativas cónsonas con importantes preceptos constitucionales que dignifican derechos y libertades económicas así como la autonomía con la que debía manejarse las finanzas públicas nacionales, radicada tal facultad en el instituto emisor y director de la política económica, como en un tiempo fue el Banco Central de Venezuela, azuzaron la corrupción de la moral pública. Y asimismo, la perturbación del impulso ciudadano. Ello se suscitó como abono de la crisis moral e histórica que hoy caracteriza a Venezuela. En fin, el país se extravió en un inmenso ámbito de inicuas realidades. Sobre todo, porque no sabe si ha de atenerse a una ¿economía política o politizada?

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