¿Día del niño?

Miguel Ángel Latouche | @miglatouche

Internacionalista. Director de la Escuela de Comunicación Social - UCV. Doctor en Ciencias Políticas. Profesor en la Universidad Central de Venezuela. Consultor.

Salgo de mi edificio un día cualquiera y me sorprende una familia tirada en la calle. Muy cerca de la ruta que debo recorrer a diario. Los niños, una niña y un varón cuyos años oscilan entre los cinco y los siete años, juegan con una muñeca de plástico de piernas largas y sucios cabellos rubios, con la cara abollada y que ha perdido el vestido desde hace ya largos años, según puede verse. Dos mujeres los acompañan, sentadas en el suelo, con la pobreza rondándoles desde lejos. La cara sucia y la ropa roída. Hago consciencia de que hacen parte del paisaje de este país desvencijado que se ha venido construyendo a lo largo de los últimos años.

Según el discurso oficial ya no hay niños en la calle, claro, ahora los llamamos niños de la patria. Esa cosa genial que se inventa el Gobierno para enmascarar la realidad en base a eufemismos. Los niños juegan con la muñeca, la halan de un lado al otro intentando quedarse con ella, ninguno cede hasta que el juguete pierde una pierna. El más pequeño se echa a llorar uno no sabe si por desconsuelo o por hambre. Las mujeres se ven la cara, una es más flaca que la otra, uno no sabe bien cómo distinguir sus edades entre el pelo cano y la piel endurecida.

La verdad es que cada vez más nos encontramos con un país que se hunde en la basura, en el que aumenta el número de zamuros que circundan el cielo de la capital, en el que cada vez más gente come de los desperdicios que van quedando en las calles antes de que pase el camión del aseo. Es evidente que la situación es cada vez peor, que nos estamos convirtiendo rápidamente en un país pobre, que el ingreso petrolero que mantiene a esta sociedad rentista no alcanza. No se puede tapar el sol con un dedo estamos frente a un Gobierno corrupto e ineficiente que hace poco para atender las necesidades básicas de la población.

Vivimos una gran borrachera en la cual quienes ejercen el poder se la pasan tan embriagados que son incapaces de percibir las necesidades vitales de los ciudadanos. Tendríamos que preguntarnos quién es el genio al que se le ocurrió que una bolsita con cuatro o cinco productos es suficiente para atender las necesidades de los venezolanos. Los Clap no son más que una muestra de esa improvisación terrible con la cual se nos gobierna. La verdad es que si estos tipos fuesen tan buenos para gobernar como lo son para reprimir, las cosas serían diferentes. Divago sobre estos asuntos mientras veo a una de las mujeres levantarse con dificultad y arrastrar al niño de un fuerte tirón y sentarlo en el suelo justo antes de dejarse caer con pesadez. Se nota que está cansada.

Me pregunto si ese par de chiquillos va a celebrar el Día del Niño, la respuesta es evidente. Cuando uno está al borde de la supervivencia no tiene nada que celebrar. Esa par de chicos no tendrán regalos, ni irán al parque, ni tendrán chucherías. Pero aún más, es muy posible que no tengan nada que comer o que coman algunos mendrugos entresacados del basurero o que reciban alguna limosna. Lo cierto es que viven en la total incertidumbre. La verdad es que se trata de dos niños, como hay tantos, que no están incluidos en un sistema de protección que les permita desarrollarse, que no deben consumir el número mínimo de proteínas que requieren para llegar a ser adultos sanos, que seguramente no están en el sistema escolar, que no tienen la posibilidad de soñar en un futuro mejor.

¿Qué país es este? El “Socialismo del Siglo XXI” nos ha traído una serie de males que han dañado nuestra alma republicana, que ha puesto en jaque el desarrollo de nuestras generaciones de relevo, que nos ha dividido como sociedad, que nos ha llevado a una pobreza vil que afecta la dignidad de las personas. No es posible que un Estado que ha recibido los recursos del nuestro un par de niños puedan estar sometidos a los riesgos de vivir en la calle al amparo de la noche. Esta es una revolución de pacotilla, una pantomima, una farsa demasiado grande. Lástima que haya aún gente que se engaña, que cree en la guerra económica o en la buenas intenciones de la gente que manda. Contrasta el bienestar de algunos con el malestar de otros, es un país de contrastes dolorosos. La niña se acerca a su familia y se sonríen entre ellos. Espero equivocarme, pero me pareció que la sonrisa era amarga.

Foto: Blog

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