Desnudos

Miguel Ángel Latouche | @miglatouche

Internacionalista. Director de la Escuela de Comunicación Social - UCV. Doctor en Ciencias Políticas. Profesor en la Universidad Central de Venezuela. Consultor.

Los hombres hemos visto siempre con pudor la desnudez. El vestido ha servido desde siempre como una forma de proteger nuestros cuerpos de la intemperie, pero también una manera de protegernos de la mirada de los demás. Así la desnudez pertenece al ámbito de lo íntimo. Se trata de un espacio que nos pertenece de manera exclusiva. Entrar en el ámbito de la intimidad de los demás requiere de una invitación expresa, se trata de un acuerdo mediante el cual se rompe una barrera que nos permite incorporarnos dentro de un espacio vital que le pertenece de manera exclusiva a cada uno y a cada cual.

Aquello que sucede en ese espacio está protegido por el secreto, está sometido al resguardo que corresponde a una construcción que se hace con el otro de manera explícita y que invoca a un compromiso de carácter ético mediante el cual se resguardan nuestros cuerpos, nuestros secretos y aquello que sucede de la mirada del otro. Cuando se actúa dentro de un espacio de intimidad con la aprobación de los actuantes se está asumiendo un compromiso, aquel que nos convoca a proteger al otro y a nosotros mismos de terceras personas, de quienes no han sido invitados, de quienes no pertenecen a la construcción común.

Hay formas de intimidad que realizamos con nosotros mismos y hay otras que permiten la participación de algún otro. La primera pertenece al ámbito de nuestra individualidad, se trata de aquello que hacemos cuando nadie más puede vernos. La segunda es una construcción que realizamos de común acuerdo con quien hemos invitado de manera expresa a acompañarnos. Sin duda la imagen del fisgón es una imagen odiosa. Se trata de alguien que intenta entrar allí donde nadie le ha invitado violentando un espacio de resguardo que no le pertenece.

El vestido no solo resguarda nuestros cuerpos, sino que resguarda nuestra intimidad de la mirada del otro. En la vida civilizada se ha hecho costumbre que uno no ande por allí mostrando aquello que entendemos que no debe ser mostrado de manera pública. El vestido forma parte de un ritual que todos emprendemos a diario, aquel que nos lleva a colocarnos la ropa de una cierta manera, de combinarla, de colocarla de una forma que nos sea agradable y que nos resguarde.

La civilización nos exige ser cuidadosos con aquello que se muestra. Una cosa es una la insinuación de un escote elegante y otra la exhibición indiscriminada. De allí que no haya nada que resulte más humillante que obligar al otro a mostrarse ante la mirada ajena en contra de su voluntad. Se trata de una forma perversa de restarle humanidad, de someterlo, de manera salvaje, a la intemperie de los elementos, pero, también, de someterlo a la mirada de los otros, de obligarlo a tapar con sus manos aquello que no desea mostrar de correr a esconderse.

La imagen de tres muchachos desnudos corriendo por la calle luego de haber sido desnudados, es una imagen dantesca. No porque uno tenga pudor ante la desnudes. No porque uno vaya a escandalizarse por eso. Lo es en la medida en que se constituye en una representación de salvajismo, en una forma de actuación pública muy primitiva. Se trata de una forma de restarle humanidad al otro, de someterlo al escarnio, de convertirlo en poco menos que un ser humano.

Uno debe recodar que una de las formas de justificación del holocausto fue, precisamente, aquella que llevo al Nazismo a argumentar que los judíos eran poco menos que seres humanos, que no eran equivalentes morales, que no podían considerarse como iguales. Se trata de una forma de resguardo psicológico mediante la cual se convierte al enemigo en un animal que puede ser eliminado fácilmente sin que exista remordimiento. Se trata de un mecanismo perverso mediante el cual se produce la entronización del mal.

Creo que los eventos de esta semana, la manera como se utilizó la fuerza para maltratar, vejar y desnudar al otro hablan muy mal del momento que vivimos como sociedad, de esta manera que tenemos de acostumbrarnos al horror sin que se nos vele el sueño. Creo que se trata de una antesala a una forma de violencia política que aun no hemos vivido, esa según la cual el otro, el contrario, es minimizado hasta el punto en el cual su destrucción definitiva, su desaparición física pueda ser justificada. La verdad, espero no tener que vivir esa forma del horror, espero estar equivocado.

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