Democracia en calistenia

Ana Julia Niño Gamboa

Abogada egresada de la Universidad Central de Venezuela con experiencia en derecho constitucional y derecho administrativo. Asesora en la Oficina del ex Rector Vicente Díaz (Consejo Nacional Electoral). Profesora universitaria en las áreas de Ética y Legislación de la Comunicación (ECS-UCV).

La calistenia, ese ejercicio para fortalecer el músculo democrático de participar, disentir, respetar los derechos y las opiniones de otros, parece que en Venezuela es difícil. Chávez representó para la oposición un reto que aún no se supera. El sistema de partidos tiene rato fracturado, de modo que la representación, política y afectiva, desde hace rato está desarmada. Se nota en algunos líderes el esfuerzo por conquistar y amalgamar algo de lo que manifiesta la ciudadanía pero la ciudadanía tampoco es un ente compacto y homogéneo. Sin embargo, hay que atenderla, entenderla y explicarle algunas cosas que no se resuelven con los intestinos.

Toda la emotividad del ahora preocupa. El manejo de la emocionalidad, de la épica que trata de capitalizar tanto el gobierno como la oposición, sin mayor sustento que la emoción misma, es un peligro. De hecho, ya tenemos pruebas de lo que ocurre cuando se le apuesta sólo a lo emotivo, ya vivimos cómo se paraliza a un país cuando a las expectativas insufladas se les pone un alfiler. Seguimos fallando en el plan.

En este momento el escenario ha cambiado, la protesta de la colectividad ha generado una expectativa interesante porque a ella se ha unido el coro internacional que ha hecho trastabillar a Maduro, y a eso hay que hacerle la suma previa del aviso que la Fiscal General le dio al gobierno. Porque, tengamos claro que el mensaje de Luisa Ortega no era para los venezolanos. Ella dijo: aquí hay chavecistas que no van a apoyar el autogolpe que el gobierno ejecutaba con la anuencia de la Sala Constitucional. No más. Todo esto ha encarecido el arbitrario manejo que el gobierno ha hecho con todo. La gente está en la calle, ha perdido parte de ese miedo que parecía paralizar la rabia, contenerla, y ahora se desborda. Necesario es darle un cauce. Porque el conflicto es lógico pero la violencia atornilla al gobierno. Ese es su monopolio.

La situación amerita pensar despacio porque llevamos prisa, pero la urgencia no puede seguir marcando la agenda opositora. La urgencia actual es de Maduro. El costo de sus maniobras se le ha hecho caro y se nota su torpeza al tratar de actuar como lo había venido haciendo hasta ahora. Pero él sigue con el poder y eso no es cuento.

Los liderazgos están obligados a pensar con la cabeza fría, pero deben pensar. Las marchas solas no marcan el fin de un gobierno, y eso hay que entenderlo y procesarlo. Francamente, en este momento creo que nadie tiene el poder total para resolver el conflicto. Ni el gobierno, ni la oposición. Pero el gobierno anda en sus trámites para sostenerse. Ojalá que la oposición deje el atajismo que en otras oportunidades ha sido su perdición, y la del país, en consecuencia.

La radicalización no es tal porque nadie va a la raíz. No se habla de ética, ni del deber. Se habla del poder, de conservarlo o de acceder a él sin más argumentos que porque sí. Más grave aún, el país ha adoptado signos típicos de guerra: unos son “terroristas” y los otros son “paramilitares”. Así ninguna voz moderada será escuchada. Y el manido diálogo será pateado. Porque lógicamente el diálogo es un mecanismo de democracia y este gobierno no tiene ese talante. Pero tampoco es falso lo que la gente piensa: que cada vez que la oposición se ha sentado con el gobierno, negocia cosas para los líderes y los partidos y no para la gente. Eso ha prostituido a la palabra, y a la acción, vale decir.

De modo que el país, sus ciudadanos tenemos el deber histórico de cambiar las cosas alejando lo que siempre nos ha hecho daño: cambios por golpes de estado y épicas militares. Eso es puro río revuelto. El reto que tenemos es complejo. Es moral y político. Debe alejarse de la urgencia y del cortoplacismo. Toca agarrar al país y pensarlo sin el romanticismo barato del “éramos felices y no lo sabíamos”, del buenismo político que fortalece la creencia del venezolano que todo se lo merece, ello implica dotar de valor al trabajo. Toca hacer verdadera revolución y no ese reformismo balurdo de Chávez. Debemos recrear un nuevo discurso de inclusión y paz, porque cuando todo esto pase nuestro vecino chavecista seguirá viviendo ahí y como ciudadano tiene derechos que se le respetarán. Nos corresponde hacer nuestra historia, porque nadie está del lado correcto de nada.

En este momento todo está por verse. Las circunstancias han cambiado y lo bueno puede capitalizarse, el problema es identificar lo bueno en su justa dimensión. Mientras tanto sería justo advertirle a la gente que la democracia sigue en calistenia, y que habrá que apretar el paso.

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  • Caracascolorada

    Lamentablemente, en esta sentencia resumes lo que pasa en Venezuela (desde mi humilde punto de vista) “No se habla de ética, ni del deber. Se habla del poder, de conservarlo o de acceder a él sin más argumentos que porque sí.” El peor gobierno de la historia de Venezuela con los peores dirigentes (más no líderes) en la oposición. Saludos cordiales.

    • Anajulia

      Gracias por leer, por opinar. Justamente, atender a la ética, al deber es parte de los retos que tenemos los ciudadanos. No nos quedemos con la desesperanza. Hay mucha gente buena y noble, por ahí empezaremos. Saludos.