De Tarántula al Nobel de Literatura, un poeta llamado Bob Dylan

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Eloi Yagüe Jarque

Escritor, periodista y profesor universitario. Autor de novelas, libros de cuentos y guiones de cine. Ganador del premio de cuentos Juan Rulfo -Semana Negra de Gijón.

El primer libro de Bob Dylan fue un fiasco. La historia es así: La oficina de la editorial The Macmillan Company quedaba en un viejo edificio situado en la esquina de la Calle 12 y Quinta Avenida en Nueva York. A pesar de lo antiguo de la estructura, era una construcción imponente con escaleras de mármol y sólidas paredes cubiertas de retratos y fotografías de escritores exclusivos de la firma, como William Butler Yeats.

Un día Bob Dylan fue a ver a los editores y la recepcionista, que estaba sentada tras un gran escritorio de roble, decidió que no le gustaba su aspecto desaliñado, comenzando por los raídos bluejeans y el pelo largo. Tentada estuvo de llamar a la policía; en cambio, llamó por el teléfono interno a las oficinas de arriba para saber si lo podía dejar pasar. La pregunta era extraña si se considera que a los 23 años Bob ya era una celebridad y había pocos lugares donde no lo conocieran y no fuera bienvenido.

Hablaron de su libro, de las esperanzas que ponía en él, de la tapa y el formato que le gustaría que tuviera y del título que quería ponerle. Lo único que le había dicho a los editores era que se trataba de un “work in progress”, un “trabajo en elaboración”, el primer libro de un joven letrista y compositor, un muchacho tímido que accedió rápidamente a la fama, que a veces escribía poesía y que, según los editores, “nos estaba afectando a todos de manera bastante extraña”.

En realidad ellos, los editores, no estaban muy seguros del éxito del libro. Confiaban en que la temprana fama como músico de Bob jalaría las ventas. En pocas palabras: que ganarían un montón de dinero. En 1966, la música pop estaba en auge y aunque el rock aún era un fenómeno incipiente, grupos como los Beatles o los Rolling Stones pujaban para que se masificara rápidamente… con una pequeña ayuda de la poderosa industria cultural.

El caso es que se acordó con Bob un diseño, además la editorial mandó hacer unos prendedores y bolsos  con la foto de Bob y la palabra Tarántula. Querían que todo el mundo se enterara de la publicación del libro, hasta le llevaron un juego de galeradas (sí: aún se imprimía con plomo) para que pudiera leerlo y releerlo por última vez antes de que se mandara a imprimir y encuadernar y de que se empezara a cumplir con todos los pedidos que habían llegado.

Era junio, Bob se tomó un descanso del montaje de un película que estaba filmando y dijo a última hora que deseaba introducir “algunos cambios”. Pero entonces tuvo el famoso accidente de moto y debió tomar reposo.

Iba rodando con su moto Triumph Tiger 100 cerca de su casa en Woodstock cuando se produjo el incidente cuyo origen es incierto (nunca fue bien descrito) pero que al parecer le ocasionó la fractura de varias vértebras cervicales. El “reposo” duró ocho años, dedicado a su familia, a pintar y con pocas presentaciones públicas. Paradójicamente, a pesar de vivir en el pueblo, no participó en el Festival de Woodstock en agosto de 1969, que significó la apoteosis del movimiento hippie. Se dice que el accidente fue una excusa para liberarse de las extenuantes giras, así como de la responsabilidad contraída con la editorial, y tener tiempo de crear.

Lo cierto es que Macmillan paró la publicación considerando que no sería correcto editar el libro sin las modificaciones que Bob quería introducir. Pasó el tiempo y llegó el fin de año. ¿Dónde estaba el libro? Él había dado su palabra, los editores se habían comprometido.

Pasó más tiempo. Todavía había algunos que hablaban del libro y se preguntaban cuándo iba a aparecer. Pero no podía salir hasta que Bob lo quisiera. Alguien se robó unas pruebas de imprenta y las vendió a periódicos que publicaron fragmentos junto con comentarios y denuncias. Ni a Dylan ni a la editorial le gustaron estas especulaciones.

El libro salió finalmente en 1971, tal y como Bob Dylan lo escribió a los 23 años. Al final no tuvo éxito de público ni de crítica. Aunque lo vendieron como una novela, en realidad era una mezcla de géneros, de poesía, y narrativa, pero básicamente un largo monólogo interior en la onda del “fluir de la conciencia” o escritura automática que tanto practicaron los surrealistas. El comienzo puede dar una idea:

“ARMAS DE FUEGO, EL BREVIARIO DEL HALCON & GATO MALANDRIN SIN CASTIGO

Aretha / tocadiscos de cristal del bar reina de los himnos & de él difusa hecha un ovillo de transfusión ebria estaría atenta a una dulce ola de sonido lisiada & gritaría salud para la Oh grande y particular parranda en el dorado & tu mendigado dios personal pero ella no puede ella la líder de quienes cuando la sigues, ella no puede no tiene espalda no puede…”

En realidad el fuerte de Dylan es esa mezcla extraña de letras poderosas, música sencilla y una voz que puedes odiar o amar pero nunca ignorar y que la escritora Joyce Carol Oates describió: “francamente nasal, como si pudiera cantar el papel de lija”. Pero el secreto de Dylan si es que alguno tiene (y seguramente ya son muchos en su larga carrera artística) es su apego a la tierra que lo vio nacer, su enorme admiración por la música folk y por su ídolo el cantor Woodie Guthrie, y su respeto por la línea maestra de la mejor poesía norteamericana, aquella que arranca desde Whitman, y termina con William Carlos Williams, una poesía aparentemente simple pero profunda a la vez, entresacada de la vida cotidiana, una poesía que no busca ser pedagógica ni moralista pero que suministra intensas imágenes para interrogar a la vida acerca de su misterio. Una poesía, en fin, hecha para ser cantada con esa peculiar voz, la voz de Bob.