De catacumbas e izquierda cavernícola - Efecto Cocuyo

De catacumbas e izquierda cavernícola

Eloi Yagüe Jarque | @eloiyague

Escritor, periodista y profesor universitario. Autor de novelas, libros de cuentos y guiones de cine. Ganador del premio de cuentos Juan Rulfo-Semana Negra de Gijón.

Curioso resulta enterarse de que el domingo 6 de diciembre, día de las elecciones legislativas, fue San Nicolás. Más entretenido aún resulta conocer la curiosa manera en que fue elegido obispo (según Wikipedia): “Dice la leyenda que varios sacerdotes y obispos se encontraban discutiendo sobre quién sería el futuro obispo, pues el anterior había fallecido. Al no ponerse de acuerdo, se decidió que fuera el próximo sacerdote que entrase en el templo, que casualmente fue Nicolás de Bari”.

Obtener el poder por carambola es sin duda uno de los puntos en común entre los dos nicolases. Pero el otro es el fanatismo: así como el bonachón San Nicolás se dedicó a perseguir con ahínco al paganismo, llegando incluso a demoler el templo de Artemisa en Myra, uno de los más grandes y famosos de la antigüedad, este Nicolás parece dispuesto a no dejarse arrebatar el poder que tan graciosamente le delegó Chávez poco antes de su muerte. Para ello tiene una fórmula extraña: propone irse a las catacumbas, como los antiguos cristianos perseguidos en el imperio romano.

Algún despistado podría creer que se trata de uno más entre los muchos desvaríos pronunciados últimamente, mas si se ha sido militante de izquierda y se conoce desde adentro la mentalidad marxiana (como diría Ludovico Silva), vale la pena precisar.

El chavismo en la oposición puede tan peligroso o más que en el poder, porque la mentalidad del viejo izquierdismo guerrillerista es una ideología fanática que ensalza la violencia y siempre llama a la lucha armada.

Puede parecer algo enrevesado y difícil de entender, pero probablemente una de las frustraciones mayores de estos izquierdosos es la de haber llegado al poder por los votos y no por las armas.

El mito del guerrillero heroico sigue para ellos tan campante, aunque no tenga nada que ver con el talante democrático. Ellos solo conocen el idioma de la revolución, las barricadas el lenguaje incendiario de las consignas que como por arte de magia se metamorfosean en órdenes militares, en la mentalidad verde oliva. Y de guerrillero heroico a milico fascista tal vez la única diferencia es la calidad del uniforme. La fascinación por las armas es idéntica.

Lo preocupante es que esta invitación a bajar a las catacumbas no sea un llamado a la reflexión y al retiro espiritual, que buena falta les hace para tratar de entender cuáles fueron los errores cometidos, sino que se convierta en un llamado a desenterrar los oxidados máuseres revolucionarios, los tirachinas y las raídas capuchas de los que aún no entendieron que cuando se usa la violencia el que sale perjudicado es siempre el pueblo por el cual se dice combatir.

Me recuerda a aquella excelente película llamada Underground, de Emir Kusturica, en la que un viejo comunista checo se esconde en una catacumba creyendo que los nazis habían ganado la guerra y al salir se entera de que había caído el Muro de Berlín y todo había cambiado.

Querer meterse en una cueva es negarse a ver la realidad. Nada extraño en quienes aún practican el culto a la personalidad en el peor sentido stalinista, mezclando en un coctel letal religión y política (los mismos ingredientes del yihadismo) y pretendiendo vivir de la venta de estampitas de Chávez, el mismo por el que el país votó en diciembre de 1998, pero no quiere saber nada de sus sucesores en diciembre de 2015. ¿Por qué será?

 

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