Dabucurí

Eritza Liendo

Escritora y periodista venezolana. Licenciada en Comunicación Social y Letras de la Universidad Central de Venezuela. Jefe de la Cátedra de Literatura en la Escuela de Comunicación Social de la UCV. Con su primer libro, Shadow y otros cuentos sombríos, obtuvo en 2013 el Premio para Autores Inéditos de Monte Ávila Editores.

Después de haber sido vejada por los miembros de la misma tripulación a la que le cocinaba, Barbarita fue rescatada por Eustoquio, un viejo indio que era quien llevaba el control de la piragua donde viajaba la muchacha con su taita y con Asdrúbal. Una vez que se cobró con la sangre de los violadores, Eustoquio, que pertenecía a la misma tribu que la madre de la doncella –los baniva (baniwa)–, se la llevó consigo para educarla a su manera y con los medios a su alcance. Fue él quien le proporcionó todos los conocimientos que, con el tiempo, la convertirían en La dañera.

En la selva, se forjó el espíritu señero y vengativo de una mujerona experta en hierbas y en brujerías. Sus saberes y sus vínculos con las fuerzas oscuras hicieron de ella la gran cacica, la protegida de El socio, la dueña de los decretos y del verbo hecho Ley. Por eso se le temía y por eso había que santiguarse al verla pasar. Verla era ver la encarnación del miedo.

Con su novela, Gallegos –que era un maestro– nos instruyó sobre lo relevantes que son las improntas y las creencias arraigadas en el inconsciente colectivo. Sin embargo, a medida que se avanza en la lectura de su novela, el lector se da cuenta de que en los prodigios de doña Bárbara no hay nada de sobrenatural; que sus espíritus chocarreros son muy de este mundo, que comen y beben como cualquiera y que, en no pocas ocasiones, cobran por ser ojos y por ser oídos.

Palabra de Guarulla

El gobernador del estado Amazonas, Liborio Guarulla, fue inhabilitado por la Contraloría General de la República para ejercer cargos políticos. En razón de esta medida, deberá estar fuera de juego por los próximos 15 años. Eso fue noticia en su momento, ¡pero el impacto profundo vino después!

Guarulla lanzó un conjuro. Baniva como Eustoquio, como la madre de Barbarita, invocó a sus ancestros y la fuerza de su raza. Su maleficio deberá caer sobre aquellos que intentaron hacerle maldad y deberá cumplirse sin dilación porque el poder espiritual se impone sobre el poder material. La cultura chamánica así lo contempla: se puede modificar la realidad física con la mediación poderosa del verbo y el influjo energético de la intención.

Las palabras de Guarulla –dichas en el contexto de una rueda de prensa y mientras agitaba una maraca adornada con plumas– han causado quizás más impacto que la misma medida tomada por la Contraloría. A estas alturas, todos sabemos que, desde el alto gobierno y las instituciones que lo conforman, se decide lo que haga falta para los fines consiguientes. ¿Pero una maldición? ¡Una maldición es otra cosa!

Y no es que antes no se haya hecho. No es la primera vez que, dentro de la contienda política venezolana, se conjura para obtener algún tipo de beneficio. En su oportunidad, como candidato, Maduro lanzó la maldición de Macarapana a quien votara en su contra. ¡Pero aquello fue una bravuconada que poco tiene que ver con la firme convicción del gobernador de Amazonas! Aquello fue un artificio fatuo puesto al servicio de un efectismo oportunista; una frase más amenaza que sortilegio.

No morirán sin tormento

Bárbara le encomendó a Juan Primito que midiera la estatura de Santos Luzardo. El acólito hizo lo propio, y cuando tuvo la cabuya lista con las señas del hombre la entregó para condenar, así, al citadino. La dañera se encerró en su altar con El socio: “Con dos te miro, con tres te ato: con el Padre, con el Hijo y con el Espíritu Santo ¡Hombre! Que yo te vea más humilde ante mí que Cristo ante Pilatos”. Marisela, la promesa civilizatoria, llegó justo a tiempo para impedir que se consumara el embrujo. ¡No hubo amarre!

En la ficción galleguiana, se confrontan la fe oscura de la mujerona y el ímpetu amoroso de la hija concebida sin ternura. Se impuso el bien, y Santos –sin sospecharlo– se salvó de ser un falderillo más. Alguien –sin que él lo supiera– medió por su suerte e hizo un contrapeso. En las ficciones suele haber finales felices porque se impone el principio de la justicia poética. En la vida real, las cosas suelen ser un poco distintas…

Mucha gente se ha hecho eco de la maldición de Guarulla (al menos, eso se advierte en las redes sociales, que son un reflejo del ánimo general). Incluso no ha faltado quien, temeroso de las consecuencias, se santigüe y nos recuerde a todos el poder instaurador de las palabras.

Como respuesta a un post que escribí en mi muro de Facebook (evocando una reflexión de Luz Mely Reyes), Violeta Rojo compartió estos comentarios: “Hasta los ateos sabemos que mejor es que lo bendigan a uno. Creas o no en eso, es horrible ser maldecido […]. Los físicos lo tienen estudiado. Las oraciones y los mantras crean vibraciones diferentes que los insultos”.

Santos Luzardo –inocente de la conjura– tuvo a Marisela pa’ que lo salvara del trance… A los del gobierno ¿quién podrá defenderlos si, desde lo más atávico del inconsciente colectivo, tantos dijeron “amén” cuando Guarulla vaticinó que quienes quisieron hacerle maldad “no morirán sin tormento”?

  • Er Márgaro Jodedor

    De ese conjuro nadie los puede defender, ni siquiera los babalaos importados de la isla. Su tormento ya comenzó y está en el asfalto, en los barrios, en cada plato vacío y en sus espíritus, porque allí, sólo la maldad tiene sustento, y ésta, con toda su fuerza destructora, carcome a quien le hospeda.