Cuando la “viveza” es criterio de gobierno

Antonio José Monagas

Profesor Titular ULA, Dr. Ciencias del Desarrollo, MSc Ciencias Políticas, MSc Planificación del Desarrollo, Especialista Gerencia Pública, Especialista Gestión de Gobierno, Periodista Ciudadano (UCAB), Columnista El Universal, Diario Frontera, RunRunesWeb.

Esta disertación, obliga inicialmente a ofrecer alguna explicación que refiera el significado de “viveza”. Sobre todo cuando estudiosos de la materia social, le endilgan al comportamiento del venezolano visos de “viveza”. En todo caso, del susodicho término se ha escrito en demasía. Con suma holgura e insistencia. Sobran las definiciones. Pero lo que de entrada debe denotarse, es que dicha conducta raya con el abuso, la mentira, el soborno, la rapiña y la malversación. Justamente, las condiciones que exhiben muchos politiqueros por el afán de ganar espacios políticos a costa de lo que sea.

Pudiera decirse que la “viveza” es lo que mejor caracteriza la actitud de todo politiquero de oficio. Más, de aquellos cuyas intenciones de escalada política y ascenso social sobrepasan los límites que imponen las circunstancias cuando el esfuerzo suele burlarse del mérito que representa una meta profesional o personal dignamente alcanzada.

Por eso, la “viveza” busca asociarse con el egoísmo y la envidia pues en sus cometidos, quien ejerce la “viveza”, obtiene las suficientes ventajas, que en otro ámbito de vida, le resultarían imposible o bastante difícil lograr en términos de sus urgidas y golosas apetencias.

Revisada y entendida esta acotación a modo de resumen, la “viveza” puede referirse como característica de quienes, desde el ejercicio de la política, especialmente gubernamental, se valen del poder que las coyunturas le dispensan para pasar por encima de todo lo que la legalidad y la legitimidad confieren. O sea, irrespetando el derecho ajeno sin medir o mediar consecuencia alguna.

No importa si actuar desde la “viveza”, le acarrea al politiquero de marras dificultades para compartir, vincularse o convivir. Tampoco, en este tipo de personaje hay preocupación por la responsabilidad ciudadana o por la confianza que deja de ganar. Mucho menos por los problemas que sus acciones alcanzan a provocar.

Son indiferentes a la corrupción que su “viveza” arrastra porque carecen de la visión necesaria para evitar que su ofuscación encubra reveses que han venido acumulándose pero que lucen convenientes a su oscura gestión política. Mientras que la desestabilización política y económica no complique sus ambiciones de arrebatarle a otros lo que su egoísmo solicita, buscarán siempre actuar en función de lo que la “viveza” ordena. De ahí que para nada les importa la desorganización del país y su enrarecimiento producido ante leyes que no respetan o acatan.

Aunque toda semejanza con las realidades que padece Venezuela gobernada por politiqueros de tan menguada ralea no es mera coincidencia, las casualidades son inexorables. Es indiscutible que los problemas que asfixian la democracia nacional, están vinculados a las secuelas desprendidas de tiempos cuando la “viveza” es criterio de gobierno.

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