Crónica de un boletín anunciado

Eritza Liendo

Escritora y periodista venezolana. Licenciada en Comunicación Social y Letras de la Universidad Central de Venezuela. Jefe de la Cátedra de Literatura en la Escuela de Comunicación Social de la UCV. Con su primer libro, Shadow y otros cuentos sombríos, obtuvo en 2013 el Premio para Autores Inéditos de Monte Ávila Editores.

Un bebé humano se gesta en nueve meses. Puede que nazca de siete meses (incluso de ocho) pero, por lo general, un embarazo llevado a buen término culmina alrededor de las treinta y seis semanas. Cuando el niño nace –por parto natural o por cesárea–, el niño es puesto sobre el pecho de su madre, que casi siempre llora de emoción.

Ver que ocurra lo que indefectiblemente se sabía que iba a ocurrir no quita que se reaccione emotivamente ante los hechos. Si el embarazo ha sido debidamente monitoreado, con sus ultrasonidos y demás, la futura madre tiene la certeza del corazón palpitante, de los dos bracitos, las dos piernas, los dos ojos, etc. Luego, no debería sorprenderse por alumbrar a un niño completo y sano. Aun así, se conmueve y llora.

No he tenido hasta ahora noticias de un obstetra o de una partera que regañe a su paciente por dar chousitos lacrimosos ante la llegada de su hijo. “¿Y tú por qué lloras? ¿Se te murió alguien? ¿No sabías que era varón? ¿No sabías que venía sano? ¡Deja la payasada!”. No sé los demás. Yo nunca he sabido de una cosa así.

Tampoco he sabido de que nadie se mofe de una novia por llorar frente al altar. Pocas cosas requieren de tanta planificación como una boda. Más planificación incluso que el embarazo y el parto. Las bodas hasta se ensayan. Se requiere de casi un sinfín de pruebas: vestido, traje, anillos, maquillaje, menú, peinado, distribución de invitados por mesas y sillas, decoración, música, etc. Incluso con todo eso bajo control, ¡las novias siempre lloran de emoción cuando llega su momento!

No por previsible

Aunque a alguien le parezca ridículo el llanto conmovido de la parturienta o las lágrimas emocionadas de una novia, ¡nadie es quien para prohibirles que lloren o para cuestionarlas por ello! Incluso cuando sepamos que algo va a pasar –y pase– nuestra reacción va a estar determinada por las circunstancias particulares del momento.

Digo esto por lo que vivió Venezuela el pasado domingo 30 de julio: la elección de una Asamblea Nacional Constituyente. Es difícil pensar en alguien que no hubiera previsto los resultados de ese proceso comicial. Se habla de un megafraude. Se habla de cifras groseramente infladas. La empresa Smartmatic hizo una denuncia. Pero todo eso ocurrió después del domingo electoral. Después de la bautizada por el oficialismo como una “fiesta democrática” y una “lección para el mundo”.

Desde el domingo mismo, y con el proceso en pleno curso, las redes sociales fueron abarrotadas con informaciones, opiniones y especulaciones de todo tipo y de todo tenor. Hubo muchas, muchísimas, fotos de centros electorales o vacíos o con muy poca afluencia de votantes. Al filo de la medianoche, vino el escardillazo; el puntillazo final. ¡Más de 8 millones de votantes!, según la vocera principal del ente comicial.

La sombra del luto cayó como un pesadísimo manto sobre el ánimo de los demócratas, de quienes no vieron por ninguna parte el desfile millonario de afectos al gobierno. ¡Nos jodimos!, fue una respuesta generalizada. ¡Fraude! ¡Lo volvieron a hacer! Con esa conclusión –a pesar de todo lo sabido y aparte de lo supuesto– el desánimo se apoderó de mucha gente como si hubiera sido sorprendida en su buena fe.

Cagada de pájaros

Más de 7 millones de venezolanos –los mismos que el 16 de julio participaron en el plebiscito convocado por la oposición– amanecieron el lunes 31 del mismo mes como salpicados por completo de cagada de pájaros. Exactamente la misma sensación de Santiago Nasar el día que lo iban a matar; esa mañana en la que se despertó a las 5:30 de la mañana para esperar el buque en que llegaba el obispo.

Más de 7 millones de venezolanos sufrieron en sus carnes y en su hipotálamo la crónica de una muerte anunciada, que no por anunciada fue menos dolorosa. ¿Quién tiene la potestad para determinar que es ridículo sentirse frustrado? ¿A quién se le dio la potestad para censurar moralmente a los que sucumbieron ante el pesar? ¿Quién determina cómo se debe reaccionar frente al asalto de la institucionalidad? Las redes se llenaron de regañones.

“<<Siempre soñaba con árboles>>, me dijo Plácida Linero, su madre [la de Santiago Nasar], evocando 27 años después los pormenores de aquel lunes ingrato”. Esta frase puede leerse en el primer párrafo de Crónica de una muerte anunciada, de García Márquez. Antes del lunes 31 de julio –un lunes ingrato para mucha gente– no eran pocos los que soñaban, no digo yo con árboles, ¡con que hubiera elecciones justas en un proceso transparente!Smartmatic, sin embargo, habla de manipulación de la data. De un engorde de, al menos, un millón de votos.

La instauración de la Asamblea Nacional Constituyente es, prácticamente, un hecho. Estamos hablando de un suprapoder que, con toda seguridad, no dejará títere con cabeza y se activará como una máquina de pulverizar disidencias. Lo dijo el Primer Mandatario: “Se acabó lo que se daba”. No sé los demás. A mí se me antoja que una amenaza como ésa es para llorar.