Cosas muertas

Eritza Liendo

Escritora y periodista venezolana. Licenciada en Comunicación Social y Letras de la Universidad Central de Venezuela. Jefe de la Cátedra de Literatura en la Escuela de Comunicación Social de la UCV. Con su primer libro, Shadow y otros cuentos sombríos, obtuvo en 2013 el Premio para Autores Inéditos de Monte Ávila Editores.

A pesar de haber estado nominada al premio Globo de Oro como mejor serie dramática. A pesar de haber sido postulada también para el premio que otorga el Gremio de Escritores de América. Con todo y su rating y los récords de audiencia que ha batido, yo nunca he visto The walkind dead, esa historia llevada a la pantalla chica por Frank Darabont e inspirada en el comic de Robert Kirkman.

El tema de los zombis me impresiona. Esa cosa de los caminantes-no-vivos, con una permanente sed de sangre y su hambre de vísceras, no es un tema que me cautive ni me seduzca. Menos cuando, sin tener que entregarme a la magia audiovisual del televisor, me veo expuesta –con los matices propios de la vida– a una experiencia cuasi-apocalíptica en la que observo a personas actuando como cazadoras de carroña.

De poco sirve “argumentar” que esas cosas ya pasaban en la cuarta. Ni alivia ni conforta –mucho menos da esperanza– hacer una cronología que ubique esta aberración veinte, veinticinco o treinta años atrás. Se está viendo ahora, justo ahora, cuando se supone que Venezuela exhibe ante el mundo su soberanía alimentaria a partir de unos programas sociales que, según la vocería oficial, han hecho disminuir exponencialmente los problemas de abastecimiento y de alimentación.

Con todo y el discurso oficial sobre prosperidad y atención a los problemas sociales, hay gente que sólo come cuando escarba en la basura: son los caminantes-medio-vivos que llevan dentro de sí el fin de su propio mundo; su apocalipsis interior. Para ellos no hay nominaciones ni premios: su única presea es el desperdicio.

Todo está como hace 62 años

En 1955, Miguel Otero Silva publicó su segunda novela, Casas muertas. La historia transcurre en Ortiz, un pueblito de los llanos venezolanos, y la trama gira en torno a Carmen Rosa, Sebastián, Olegario, doña Carmelita, la señorita Berenice, el señor Cartaya y otros personajes que pueblan este universo narrativo que, si bien no es apocalíptico, muestra la decadencia de un enclave social diezmado por el autoritarismo, la enfermedad, la violencia y una falsa ilusión de progreso.

Las falsas ilusiones, las fantasías de bienestar y la esperanza inducida florecen cuando, a pesar de todos los pesares, una voz dominante inocula la idea de que todo va bien… y podría, en cualquier futuro, estar mejor. Es una voz que puede hacernos creer que no estamos muriendo mientras la vida se nos escapa y empezamos a deambular buscando comida, medicinas, gasolina, repuestos para el carro… o dinero en efectivo. Esos son los nuevos peregrinajes del venezolano: es como perseguir un Santo Grial en decenas de advocaciones.

Realidad ficticia

Por otra parte, y en lo atinente a lo que textualmente cuenta el narrador, leer Casas muertas, una novela publicada durante el mandato de Marcos Pérez Jiménez (una dictadura que nació tras el derrocamiento de Rómulo Gallegos), es como leer cualquier periódico de estos tiempos que corren.

“A este país se lo han cogido cuatro bárbaros, veinte bárbaros, a punta de lanza y látigo. Se necesita no ser hombre, estar castrado cómo los bueyes, para quedarse callado, resignado y conforme, como si uno estuviera de acuerdo, como si uno fuera cómplice […] Los estudiantes dejaron sus casas y sus libros y sus novias, para hundirse en los calabozos de la Rotunda y del Castillo, para que los mataran de un tiro, para que los mandaran a morirse en Palenque. Sería un crimen dejarlos solos.
Los que mandan son cuatro, veinte, cien, diez mil. Pero los otros, los que soportamos los planazos y bajamos la cabeza, somos tres millones. Yo sí creo que se puede hacer algo. Yo no soy un iluso, ni un poeta del pueblo, sino un llanero que se gana la vida con sus manos, que ha criado becerros, que ha domado caballos. Y sé que se puede hacer algo”.

Donde dice “la Rotunda”, el “Castillo” o “Palenque”, podría decirse “las tumbas”… donde dice que somos “tres millones”, podría decirse que somos treinta. Necesario es hacer algo. Menester es cambiar cuanto haya que cambiar para que el apocalipsis no nos alcance y terminemos comiéndonos los unos a los otros.

Venezuela no es un comic y lo que estamos viviendo no es una ficción nominada para ningún premio: hay gente-no-muerta que sólo camina, deambula y busca.
Urgente es volver a merecer y recuperar la dignidad de quien es acreedor de una mejor calidad de vida. Es imperativo despertar. Es indispensable reaprender a escuchar y a resignificar los discursos porque la esperanza no es una quimera. La esperanza, para que sirva, debe estar a atada a la voluntad y al espíritu de construcción. El pesimismo se alimenta de basura, es carroñero. El derecho a ser optimista ante el entorno se alimenta de dignidad y de la fe que cada hombre vivo tenga en sí mismo. The walking dead es sólo un programa de televisión. No es la vida. No debe serlo.

Foto: Horacio Siciliano / Efecto Cocuyo 

***

Las opiniones emitidas en esta sección son de la entera responsabilidad de sus autores. 

(Visited 14 times, 1 visits today)

Comentarios

No Comments Yet

Leave a Reply

¡Suscríbete!