Ceguera colectiva

Miguel Ángel Latouche | @miglatouche

Internacionalista. Director de la Escuela de Comunicación Social - UCV. Doctor en Ciencias Políticas. Profesor en la Universidad Central de Venezuela. Consultor.

Según Don Mario Briceño Iragorri ha sido un problema nuestra incapacidad para construir un proyecto nacional que nos reconozca y nos incluya suficientemente. Hemos actuado -dice el Maestro- al ritmo de funcionamiento de nuestras muchas tribus de poder, al amparo de pequeños proyectos que no nos abarcan en cuanto que totalidad. Se gobierna para unos y para otros y para todos como conjunto, de allí que no haya sido posible construir ni siquiera una identidad común, una idea de nación, un ambito de confluencia de lo colectivo.

Somos un país lleno de contradicciones y dispuesto a autoflagelarse. Ayer presencié una conversación que me parecia extraída de algún extraño imaginario.

Dos señoras comentaban sobre la situación de las panaderías. La cosa iba más o menos de la siguiente manera:

-Habráse visto esta gente. Ahora están obligando a los panaderos a hacer pan.
-¡Sí mija! Eso quiere decir que ahora no tendremos cachitos ni palmeritas.
-Pobres panaderos, ahora qué irán a hacer.
-No mija, ¿qué iremos a hacer nosotros que no vamos a poder comer lo que nos gusta?

El asunto me parece inverosímil. Nadie pide que las medidas gubernamentales sean eficientes o que en realidad nos permitan salir de esta crisis profunda en la que estamos. Pero, puestos a escoger yo, que tengo un hijo pequeño y no consigo harina de maíz precocida, prefiero el pan regulado a los cachitos, me parece indecente usar la harina de trigo subsidiada para producir productos no subsidiados. Pero más allá de eso el problema es que los venezolanos no nos damos cuenta de la dimensión del problema que tenemos entre manos. Nos desborda la inmediatez, la solución de corto plazo.

A mí me asombra que la agenda de los partidos políticos en las últimas semanas gire de manera casi exclusiva alrededor del problema de la relegitimación. Una vez más hemos caído en la trampa discursiva del gobierno, a saber: el país se cae a pedazos, el desabastecimiento continúa, la inflación nos atrapa la garganta y el bolsillo y acá nadie dice nada. Nos dedicamos, con un mensaje bobalicón, a convocar a la gente a una nueva jornada de firmas. Se construye un país imaginario, como si las cosas no estuviesen suficientemente jodidas, nos dedicamos frívolamente a montar una fiesta partidista más.
II
Unas mujeres muy jóvenes, casi unas niñas, mueven las nalgas divinamente sobre un ataúd. No es un muerto cualquiera, se trata de Bryan, un casi-héroe del barrio. Las chamas mueven las caderas al ritmo intenso del reguetón. Se sexualiza la despedida póstuma de un amigo. Ya no se trata del acto litúrgico, del ejercicio del encomendar al otro con Dios sino de una acción que tiene un carácter iniciático y violento. Se produce una despedida alrededor del alcohol y del “perreo intenso” y uno se pregunta: ¿dónde y cómo se está produciendo nuestro proceso de socialización?

A una de las chamas le levantan la falda y la nalguean mientras le derraman aguardiente en el rabo, algunos hombres aplauden, otros tamborilean sobre la urna. El muerto no hace ruido, supongo que espera que lo lleven a su morada final. La urna, mientras tanto, descansa sobre los asientos de algunas motos que han sido dispuestas como altar funerario. Se trata de una nueva forma cultural, de una redefinición de los espacios valorativos cuyos límites se encuentran desbordados.

Uno tiene la sensación, entonces, de encontrarse frente a dos países que se dan la espalda. Uno que firma y otro que baila sobre los muertos. Países que se dan la espalda, que no se comprenden, que posiblemente se desprecien. Esto, yo creo, es el caldo de cultivo para una situación de violencia potencial que puede ser muy peligrosa, que puede llevarnos por caminos insospechados.

Lo peor de todo es que hemos decidido no vernos a nosotros mismos. Se trata de una sociedad que ha tapado todos los espejos para no verse reflejada. Nos contentamos con la autocomplacencia y seguimos adelante sobreviviendo en este tiempo peligroso y disolvente en el cual nos tocó vivir, sin intermediaciones y sin solidaridades. Se trata de la imposición de la barbarie, del odio y de la desesperación. Vivimos un tiempo del sálvese el que pueda.

Seguimos avanzando hacia ese un punto de inflexión que parece inevitable. Se trata del ejercicio suicida de reescribir el final de Doña Bárbara pero al revés. Como si quisieramos decir que “¡ahora todo se ha convertido en el Miedo!”.