Caracas se parece cada vez más a Villabrava

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Eritza Liendo

Escritora y periodista venezolana. Licenciada en Comunicación Social y Letras de la Universidad Central de Venezuela. Jefe de la Cátedra de Literatura en la Escuela de Comunicación Social de la UCV. Con su primer libro, Shadow y otros cuentos sombríos, obtuvo en 2013 el Premio para Autores Inéditos de Monte Ávila Editores.

La primera vez que leí Todo un pueblo, (Miguel Eduardo Pardo, 1899), me quedó un muy mal sabor de boca. A pesar de las risas que me sacó lo cáustico del humor que maneja el autor, anidó en mí la sensación de que, como país, no habíamos cambiado nada. Así lo comenté en la clase que, para entonces, recibía de mi profesor Carlos Sandoval. Y él me dijo que yo no podía obviar los progresos en educación, en ciencia, en tecnología, etc.

No puedo ignorar que, en efecto, ha habido avances importantes en los más de cien años que han transcurrido desde la aparición de la novela de Pardo. Sin embargo, sigo creyendo que, en el sentido de lo que el autor plantea, hay condiciones enquistadas y renuentes a cualquier transformación.

Julián Hidalgo, el protagonista de la historia, es un hombre disconforme con su realidad circundante. Es un hombre de convicciones fuertes y que vive su vida en función de promover un cambio social y político. Sueña con una auténtica revolución que dé como resultado un hombre en verdad nuevo que asuma el trabajo social como fundamento de la justicia y de la evolución democrática.

Una ciudad, un caos

En Todo un pueblo, Julián Hidalgo es el protagonista y la ciudad es la antagonista. La ciudad es Villabrava y es mostrada como una metáfora de la Caracas de finales del siglo XIX. Considerada por alguna crítica como una expresión de la estética regionalista-reformista, otros ven en la novela de Miguel Eduardo Pardo una muestra inequívoca de la estética del Naturalismo, cuyo principal exponente (así como teorizador) fue Émile Zola.

Si revisamos las premisas en las cuales se asienta teóricamente el Naturalismo como propuesta estética e ideológica, tendríamos que convenir en que es el movimiento al que mejor se ajustan las formulaciones que hace Pardo. A partir del mundo que construye para mostrar los determinismos que signan la vida de los villabravenses, el autor crea una serie de personajes estereotipados para representar valores, antivalores y estados de cosas. Villabrava es un pastel en capas donde se alternan el protagonismo la pobrecía, el proletariado, la burguesía y el poder más rancio.

Apegado al realismo consustancial con el Naturalismo, Pardo descarta preciosismos y eufemismos. No le interesa matizar: le interesa fungir como documentalista de su sociedad y de su tiempo. Recrea la purulencia social y política y muestra la indefensión del hombre ante lo avasallante de las variables externas. Leer a Pardo es leer al hombre visto como el corcho a la deriva frente a la furia de los elementos. Llámense estos elementos poder político, corrupción, influencia social, dinero, sexo. Más de cien años después, podríamos añadir –especulando siempre, por supuesto– la seducción del narcotráfico.

Aquellos polvos, estos lodos

Aunque se trate esencialmente de universos ficticios, los hechos literarios –como quiera que atienden a las condiciones de producción de su tiempo– son, muchas veces, un reflejo especular de las épocas. Por eso, cuando digo que, más de cien años después de publicada Todo un pueblo, seguimos siendo los mismos ¡creo no equivocarme!

En su discurso ante la Academia de Villabrava, Julian Hidalgo señaló, entre otras cosas, que “La enfermedad es moral, material e intelectual porque el cuerpo humano en Villabrava carece de alimento, espíritu de alegría y la conciencia pública de articulaciones”. Podría decir lo mismo de esta Caracas del Siglo XXI, y no me equivocaría. ¡La enfermedad de estos tiempos es moral!

Quisiera ser más optimista, pero me cuesta un poco. Visto lo visto, Villabrava está hoy más viva que nunca y el pensamiento de Miguel Eduardo Pardo tiene la vigencia de quien se asoma por estos días a una Caracas enferma de violencia, anomia y desesperanza. La vorágine externa contamina las pulsiones internas y las socava hasta transformar ciudadanía en jauría y conglomerado en manada.

Termina un 2016 signado por un desmadre organizado y dosificado desde el mismísimo poder político organizado como Gobierno. Cierra un año en el que muchos hemos sido testigos –cuando no víctimas o dolientes– de una ciudad que es cárcel, que es cerco, que es prisión. No se ven ni los grillos ni los cepos ni los barrotes. ¡Pero ahí están! Sólo se salva quien busca dentro de sí la fuerza y la voluntad para actuar como Julian Hidalgo en una Caracas cada vez más remedo de la Villabrava que dibujó Miguel Eduardo Pardo en Todo un pueblo. Deseos no preñan, pero ¡ojalá 2017 sea mejor!

Foto: Confirmado

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