Arenas movedizas

Miguel Ángel Latouche | @miglatouche

Internacionalista. Director de la Escuela de Comunicación Social - UCV. Doctor en Ciencias Políticas. Profesor en la Universidad Central de Venezuela. Consultor.

Mientras la Canciller anuncia que enviará una nota de protesta al Gobierno Francés en respuesta al trato que el compatriota Adrián Solano recibiese de las autoridades de aquel país, la muerte trágica de otra compatriota permanece en silencio. Se trata de una chica muy joven, de 18 años, que estudiaba cuarto año de bachillerato y que fue molida a golpes por sus compañeras de estudio.

Planteo ambos temas porque el contraste me parece brutal. En el caso del “peor esquiador del mundo”, nuestras autoridades encuentran un buen pretexto para adelantar una cruzada antimperialista. El otro caso, ese que nos avergüenza como sociedad, simplemente queda en el olvido. Se trata de una simple crónica que mueve las teclas de uno que otro opinador de oficio.

A mí no me molesta que Adrián tuviese la aspiración de participar en una competencia de esquí de alto nivel. Eso a pesar de que el “atleta” no hubiera visto la nieve nunca antes y tuviese una total ausencia de entrenamiento. Me molesta, eso sí, no saber algunas cosas acerca del financiamiento de esa aventura en un país con control cambiario y con dificultades para las compras de pasajes aéreos internacionales.

Tampoco me molesta su filiación política. Cada uno es dueño de sus preferencias, se toma fotos con quien le da la gana y tiene los sueños que sus fantasías le evocan. Uno tiene que preguntarse, sin embargo, cómo adquirió Adrián sus pasajes y cómo logró la inscripción en el evento. Se supone que las competencias referidas tienen procesos de clasificación más o menos estrictos. Hay demasiado misterio alrededor de este asunto. Se trata de un tema que parece sacado de un cuento. Hay demasiado realismo mágico alrededor del asunto.

Uno tiene que preguntarse cuáles y cuántos de los sueños de Michelle fueron truncados por la muerte. Uno se imagina que estaba preparando la canastilla con la ropita del bebé que esperaba, que tenía la ilusión de convertirse en madre (una madre adolescente, claro). Puestos a especular, uno diría que quería graduarse de bachiller y, quizás, iniciar una carrera universitaria mientras se ocupaba de amamantar a su hijo.

Para ella habían quedado atrás los dilemas del primer amor o la búsqueda del príncipe azul; llevaba un niño en el vientre. ¿Qué podía pensar Michelle mientras los golpes de sus compañeras de clase caían brutalmente sobre ella? Seguramente se protegería el vientre, seguramente pidió clemencia mientras su vista se nublaba y perdía el sentido esperando el momento final, luego de una larga agonía. Por cierto, Adrián conoció la nieve, Michelle la muerte. La ilusión y el dolor conjugados en una triste danza.

Ya es problemático pensar que seamos el primer país de América Latina en embarazo precoz, pero de allí a que unas niñas liceístas le caigan a coñazos a una compañera por no haberlas incorporado a un trabajo escolar hay un trecho inmenso que nos habla del deterioro moral de nuestra sociedad; de la destrucción de nuestra percepción ética.

No somos más que un montón de gente que vive junta. Es terrible que Adrián haya sido nuestro primer tema de conversación en los úlitmos días. A fin de cuentas él no es más que un payaso tragicómico, que no merece un twitter más. Para muchos, Adrián es motivo de burla, de chanza o de enojo. Creo que más allá del personaje que representa –un venezolano que quería conocer la nieve– no es más que un actor pasajero, innecesario.

Michelle, por otro lado, es mucho más importante. Su situación se constituye en una representación de la violencia con la que vivimos, esa que nos acogota, la que nos llena de miedos. Uno se encuentra con muchos twitter dedicados al esquiador y con muchísimos menos dedicados a la pequeña madre asesinada. Esto demuestra la confusión en la cual vivimos los venezolanos. Esa que nos lleva a darle prioridad al espectáculo antes que al dolor. No nos hemos dado cuenta de que vivimos en medio de arenas movedizas que amenazan con tragarnos a todos.

La violencia se ha impuesto como forma de interrelación, se han desdibujado nuestros límites morales. No hay respeto por el otro, por su condición, por su circunstancia. Estamos metidos en medio de una gran tremedal. Somos parte de un espectáculo que representa una polémica de odios y desamores que no nos permite vernos al espejo. Somos una sociedad cruel, frívola, egoísta, que no se asombra ante los crímenes horrendos.

Las últimas dos décadas han convertido al país en una guillotina de sueños, en un lugar incómodo para la vida. Vivimos en medio del terror y no nos damos cuenta. Para salir de la arena movediza es necesario moverse a un centímetro por segundo, lo que equivale a una fuerza de más de una tonelada; la cosa no es fácil hay que empezar por tener disposición para hacerlo.