¿Activación ciudadana?

Antonio José Monagas

Profesor Titular ULA, Dr. Ciencias del Desarrollo, MSc Ciencias Políticas, MSc Planificación del Desarrollo, Especialista Gerencia Pública, Especialista Gestión de Gobierno, Periodista Ciudadano (UCAB), Columnista El Universal, Diario Frontera, RunRunesWeb.

La fustigación que aviva el populismo, no es sólo propia de quienes desde posiciones gubernamentales actúan con ínfulas militaristas a manera de justificar la represión como criterio de ordenamiento social. También, algunos de sus ejercicios son acusados por quienes, sin estar en escaños de Gobierno, utilizan el poder para imponerse por encima de meros discursos y declaradas promesas. La diferencia estriba en la forma cómo es empleada la palabra toda vez que ello se constituye en un problema de narrativa demagógica. Más, cuando el efecto fáctico e instrumental, es casi el mismo. O sea, poco es el contraste que se da entre el populismo desplegado a través de figuraciones de Gobierno, y desde ámbitos para los cuales el poder es igualmente inexorable.

La participación que compromete al elector en las tareas que modelan un proyecto de Gobierno, son efectos y razón de criterios políticos y que, desde la perspectiva de la discrecionalidad bajo la cual se aventuran decisiones políticas que engruesan el devenir de toda gestión gubernamental, hace que dicha participación ciudadana tienda a transfigurarse apareada a criterios populistas. Esta situación ocurre en medio de lo que la teoría política define como “brecha de gestión política”. Es decir, el ámbito donde confluyen vacíos procedimentales en los que el inmediatismo -sumado al pragmatismo vulgar-, se presta para desfigurar criterios políticos convirtiéndolos en simples causas de un formalismo que reduce compromisos al no permitirle su desarrollo pues se quedan como paliativos de fugaz repercusión.

Por eso la participación de la sociedad en el hecho político de Gobierno, se ve envuelta muchas veces de meras disquisiciones que sólo buscan disfrazarse de hechos democráticos propios de actos meramente reivindicativos. De esa forma, el discurso de “la democratización del sistema político”, no llega a ningún lado con la fuerza declarada.En su trayecto, se torna tan débil que hace que la gestión política no trascienda como proceso alguno. Esto hace ver que la praxis democrática concede espacios a ciertas razones y condiciones bajo las cuales se cometen abusos o encarecimientos de ofertas políticas, sociales y económicas realizadas en nombre de libertades y de derechos. Pero por los problemas que se suscitan a su alrededor, tales ofertas no se concretan en hechos tangibles. Y buena parte de estas ya convertidas en problemas, provienen de planteamientos figurados en intenciones de animar procesos de activación cívica o ciudadana.

Sin embargo, muchas pretensiones en torno a la necesidad de activar la ciudadanía como condición política, son atrapadas por confusiones conceptuales y metodológicas. Sobre todo, al momento de superar algunos atisbos que llevan a dicha “declaratoria de motivos”, a desviarse del concepto o descarriarlo de su significación. Y que son razones para advertir que la construcción de ciudadanía, transita por fases que sólo se estructuran en el fragor de las teorías política y social.

En consecuencia, la activación ciudadana no es asunto capaz de ser comprendido por quienes hallan vivido aislado del estudio de las ciencias política y sociales, fundamentalmente.

Más, por cuanto su análisis induce la somnolencia propia del impávido manejo de criterios cuya lectura no resulta de fácil asimilación en virtud de la diversidad de variables que se agolpan ante la inminencia de fenómenos que definen al hombre en su recorrido por los embrollos que le ocasiona la vida política, la subsistencia social y la sobrevivencia económica.

Activar ciudadanía no depende solamente del entusiasmo o arrebato pedagógico que pueda demostrar quien voluntariamente se preste a fungir de aductor cognitivo o facilitador de procesos de enseñanza-aprendizaje que encarnen la complicación de reordenar el pensamiento y de educar actitudes que destaquen posturas de la axiología humanista. Incluso, que vayan más allá de lo estrictamente conceptual o etimológico, o de lo meramente reivindicativo.

Activar ciudadanía se convierte en un dilema de proporciones inimaginables. Antes de explicar el concepto bajo un enfoque semántico, dialéctico o pragmático, con el apoyo de diapositivas o vídeos que aproximen el concepto a las realidades, requiere de un manejo conceptual de referentes ideológicos que lleven al aprendiz a entender que la ciudadanía tiene componentes epistemológicos que implican revisar su significado desde la perspectiva del civismo, de las emociones, de los recursos cognitivos y de las circunstancias bajo las cuales se operan las realidades.

Si no es así, entonces ¿de qué vale tanto discurso político cargado de toda la demagogia posible alrededor del tema de ciudadanía, si escasamente el problema de activar ciudadanía poco o nada habrá de servir para despertar y concienciar actitudes de libertad, condescendencia, tolerancia, respeto y dignidad humana, en un marco de pluralismo político? Por tanto, de qué tendrá sentido procurar activar tan hermosa sentimiento o condición de moralidad y ética, si el problema se atiene a revisar el mundo desde una óptica cartesiana? ¿Sería ciertamente eso lo que se busca? O sería eso materia suficiente para alcanzar un estado propiamente dicho de ¿activación ciudadana?

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Las opiniones expresadas en esta sección son de entera responsabilidad de sus autores.

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