A propósito de la extinción de los partidos opositores

Oscar Morales Rodríguez

Economista con un Magister en Políticas Públicas. Colaborador de varios medios nacionales.

En un tiempo no tan lejano, en esta misma tierra que habitamos era posible practicar la política sin fanatismo, revanchismo y cobro de cuentas. Así puede constatarlo en un hecho ocurrido en 1981. Por aquellos días, el principal partido opositor, Acción Democrática, cumplía 40 años de su fundación, y el presidente en ejercicio, Luis Herrera Campíns, realizó un evento para homenajear a los cuatros presidentes de AD ( Rómulo Gallegos ya fallecido para la fecha, Rómulo Betancourt, Raúl Leoni y Carlos Andrés Pérez) que habían ejercido hasta entonces.

En ese agasajo, el presidente Herrera entregó una publicación que reseñaba los mensajes anuales de esos mandatarios y tuvo palabras de respeto, admiración y honra para sus adversarios. Este gesto puede aproximarnos al clima político que se respiraba en aquella época e intuir la visión institucionalista del debate político.

Por supuesto, existía disputa en la arena política, pero no se pretendía la aniquilación del otro. Para nadie es un secreto que Betancourt y Herrera compartían correspondencia con frecuencia, y esto no era visto en ninguna de sus toldas políticas como traición o deslealtad. De hecho, en un viaje que realizó Herrera a Nueva York para participar en una de las sesiones de la Asamblea General de las Naciones Unidas coincidió con Betancourt y fueron juntos a un juego de béisbol en el Yankee Stadium.

El lenguaje totalitario que intenta anular y que le coloca el “anti” a todo lo que se le imagine era una rareza.

Quizás los partidos radicales podrían tener declaraciones incendiarias o antisistema, pero en mayor medida el ejercicio político transcurría con alto respeto a los valores democráticos y se procuraba la convivencia saludable pese a las discrepancias naturales que lucen todas las ideologías políticas. Por supuesto que había imperfecciones –la democracia tiene sus inconvenientes-, pero la represión a mansalva o el exterminio de la oposición no era la norma para resolver las controversias.

Actualmente, tiene todo el poder, tienen todo el control y no tienen oposición, ¿qué más quieren y para qué?, ¿de qué les sirve aferrarse al poder si no son capaces de articular ningún plan exitoso?, ¿se han percatado de que las bombas o el abuso de poder no resuelven las desigualdades sociales, ni la pobreza creciente, ni mucho menos la depresión económica?, ¿se han dado cuenta que definitivamente están solitos, sin impedimentos de ningún tipo, sin contrapesos políticos en la administración del Estado?

Es propicio recordarles que un buen porvenir no está de lado de los controles. La prosperidad está lejísimo de la destrucción de la oposición. No puede suponerse que la intolerancia, la discriminación y la segregación se soportarán indefinidamente. No existe dominio forzoso que las sociedades no hayan superado. Aunque no lo crean, existen límites y los principios morales prevalecerán, puesto que, en cualquier momento siempre las sociedades buscan desesperadamente defender y hacer cumplir las libertades fundamentales, y más aún en un país que ya las conoce.

Hoy dan un paso más hacia la exterminación de las posturas distintas, sin embargo, para esto la historia nos ha revelado que existe cura: la necesidad congénita del ser humano para ser libre, irremediablemente libre.

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Las opiniones expresadas en esta sección son de entera responsabilidad de sus autores.

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