1848: Puñales en el parlamento

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No es la primera vez que el parlamento nacional es escenario de violencia. Ocurrió antes hace 168 años, el 24 de enero de 1848. En aquel momento un enfrentamiento entre partidarios de José Antonio Páez y de José Tadeo Monagas, con saldo de muertos y heridos fue un acontecimiento que cambiaría la historia de Venezuela pues marcaría el ocaso de la influencia paecista.

En Caracas se vive un clima de conspiración. Un grupo de parlamentarios antimonaguistas se reúne en secreto en el Club Renaissance (al lado mismo del parlamento), mientras que los liberales (partidarios de José Monagas) se reúnen en la casa de Diego Ibarra, en la esquina de Maturín.

Los paecistas (godos, oligarcas) hacen un pacto secreto: buscarán enjuiciar a Monagas por supuestas violaciones a la Constitución pero antes deberán lograr que el congreso en pleno se traslade a Puerto Cabello, pues en Caracas dominan los partidarios del presidente y las milicias liberales. El problema era que los oligarcas que apoyan a Páez contra Monagas, están desarmados, mientras que los liberales, que apoyan a Monagas, tienen el batallón de milicias de reservas, compuesto de seis compañías, que controlan además las entradas de Caracas por Petare, El Valle, La Guaira y Las Adjuntas. Estas milicias son en su mayoría gente del pueblo, partidarios a muerte de Antonio Leocadio Guzmán, fundador del partido Liberal, quien se encuentra preso por orden de Páez.

En aquel entonces, el parlamento era bicameral (diputados y senadores) y se reunía en la sede del convento de San Francisco (esquina del mismo nombre frente a la hoy llamada Asamblea Nacional). Al alcanzarse el quórum, la sesión comienza el 23 de enero. La guardia de seguridad del parlamento está a cargo de Guillermo Smith, un conocido oligarca y paecista. Ante su llamado de refuerzos para supuestamente preservar unos archivos, se presentan ante Smith unos 200 jóvenes, pertenecientes a la oligarquía conservadora, algunos de ellos armados.

Sesionan durante toda la noche a puerta cerrada. Los monaguistas se dan cuenta de que la decisión de trasladar las sesiones a Puerto Cabello es el primer paso de los representantes oligarcas para proponer a continuación el enjuiciamiento del presidente. Los liberales adoptan una táctica dilatoria: el senador Estanislao Rendón, pide la palabra y la mantiene durante horas con la intención de retrasar la decisión del Senado de trasladarse y así forzar a la impaciente Cámara Baja a discutir las acusaciones en contra del presidente en Caracas, donde Monagas tenía numerosos seguidores.

Ya afuera hay una multitud de más de mil personas y proliferan los hombres armados. A las 2 y 30 de la tarde del 24, el secretario de Interior y de Justicia, doctor Tomás José Sanavria, acompañado por un hijo de Monagas y dos de los suyos, llega a la Cámara Baja para entregar el mensaje anual presidencial, pero cuando se disponía a retirarse para hacer lo mismo ante el Senado, el diputado José María de Rojas propuso que el secretario y los otros 2 miembros del gabinete se quedaran para que informaran acerca del estado de agitación reinante en la ciudad y sobre las medidas tomadas por el Ejecutivo para mantener el orden.

Sin embargo, este suceso fue interpretado en la barra como el arresto de Sanavria y los demás miembros del gabinete por parte de los congresistas, lo cual se comunicó de inmediato a la muchedumbre que se encontraba a las afueras del convento. Asimismo, la retención de Sanavria y los miembros del gabinete por parte del Congreso fue vista por el Ejecutivo como un intento por dejar al presidente sin poder, ya que de acuerdo con el artículo 136 de la Constitución, el presidente no podía expedir ninguna orden sino a través de los secretarios de su gabinete, aun si esa orden llevaba su firma.

En ese momento alguien grita desde la barra: “¡Han asesinado al doctor Sanavria!” y el populacho se precipita contra la guardia, forcejeando por invadir el recinto. En ese momento suena un disparo y cae sin vida el miliciano Miguel Riverol, el mismo que acompañara a Guzmán a La Victoria cuando su frustrada entrevista con Páez. Revientan otros disparos y ruedan sucesivamente Juan Maldonado, sastre, y Pedro Azpúrua, hombre del pueblo. Primero se pelea con puñales, garrotes y piedras, luego a tiro limpio porque muchos hombres se han apoderado de fusiles sacados del cercano cuartel San Mauricio, ante la permisividad de los soldados allí apostados.

Apenas se oye el primer disparo, el vicepresidente de la cámara, José María de Rojas, amenaza con un puñal a Sanavria. Rojas luego se arrepiente de su impulso y lo abraza: no ha tenido intención de herirlo, sino de que garantizase la vida de los diputados. El periodista Juan Vicente González trata de leer una carta de Páez en la que llama a los representantes “a morir en sus curules como los senadores romanos”. A esto responde Miguel Palacio: “Yo soy llanero y no acostumbro pelear enchiquerado”. Guillermo Smith es herido de bayoneta. Sucesivamente caen apuñalados los parlamentarios Juan García, Francisco Argote, José Antonio Salas y el ilustre Santos Michelena, paecista, quien moriría el 12 de marzo en la legación británica a causa de las heridas recibidas.

A González lo salvan a duras penas el general Santiago Mariño y el coronel Juan Sotillo. El doctor Miguel Palacio, deslizándose por los tejados, cae en una cochera vecina. Los parlamentarios que logran escapar corren a refugiarse en las embajadas de Gran Bretaña, Francia o Estados Unidos. Esa noche grupos de hombres armados se apostan a la entrada de las sedes diplomáticas.

Monagas, finalmente, deja de pasear por los pasillos de la Casa Amarilla, y aparece en el lugar de los hechos para calmar los ánimos. Luego le escribe una carta a Páez pero ya la ruptura está consumada. Para restablecer la paz, decide volver a convocar al congreso y manda llamar a los parlamentarios asilados. A algunos los busca personalmente, como a Rojas, quien al principio se niega pero ante la insistencia de Santos Michelena, ya moribundo, accede. Luego lo acompañará de vuelta a la legación británica. Fermín Toro, por el contrario, responde airado: “Decidle a Monagas que mi cadáver lo llevarán pero que Fermín Toro no se prostituye”.

El día 25 se reanudan las sesiones. El día 27 el presidente firma una amnistía. El 15 de marzo se anuncia la derrota de Páez en el sitio de Los Araguatos, Apure. Monagas ha triunfado, con sangre ajena derramada: alrededor de 8 muertos entre ellos cuatro parlamentarios. Nadie sabe quién disparó primero. Pero la última palabra la tuvo Monagas: “La Constitución sirve para todo”.

Referencias

El 24 de enero, por Enrique Bernardo Núñez (El Nacional, 24 de enero de 1948).

Guzmán, elipse de una ambición de poder, Ramón Díaz Sánchez, Mediterráneo, 1968.

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