Rosmit Mantilla, asilado en Francia, compartió su historia tras pasar dos años en El Helicoide

Por Cristina Rafalli

Rosmit Mantilla nació en Caracas en 1982. Fue electo diputado por Táchira a la Asamblea Nacional, por cuya configuración opositora a dos tercios votaron 14 millones de venezolanos el 6 de diciembre de 2015. Su diputación comenzó cuando aún estaba en la cárcel. Fue liberado hace casi dos años por motivos de salud, gracias a la presión de Amnistía Internacional, el Vaticano y su partido, Voluntad Popular. Recientemente, Francia le otorgó el asilo político.

Luego de constituir su expediente de solicitud de asilo, fue llamado a la entrevista. Dejó para el final su relato de las torturas que le infligieron. “Me dijeron que no hacía falta que hablara de eso, pero yo insistí. Quise hablar en nombre de otros presos que hoy sufren torturas en Venezuela“‘, dijo.

Desde esa entrevista “hasta el día que recibí la respuesta, pasaron apenas 13 días. Muchos amigos aquí consideraron que el otorgamiento del asilo debíamos celebrarlo. Les dije que no, que yo no tengo nada que celebrar. Mucho que agradecer a Francia sí, eso sí. Pero celebrar es distinto a agradecer”, explicó.

Una vez que salió de su prisión en la conocida sede del Servicio Bolivariano de Inteligencia Nacional (Sebin), se dedicó a dar a conocer la situación de los presos políticos en Venezuela.

En Francia ha sido recibido, entre otros, por el presidente de la Asamblea Nacional. Diversas instituciones del Estado francés le han abierto las puertas y hace pocos días, Mantilla fue solicitado por la BBC: un equipo de periodistas trabaja actualmente en la reconstrucción virtual de El Helicoide, con el “retrato hablado” que Rosmit puede proveer tras más de dos años y medio en los que fue víctima y espectador de la tortura. Ante un auditorio repleto en la ciudad de París, habló de su prisión. Esto es parte de su relato:

“Yo soy Rosmit Mantilla. Fui electo diputado a la Asamblea Nacional por la Unidad Democrática y por el partido Voluntad Popular. Me metieron preso en el 2014, como a mi hermano Leopoldo López, por decirle a Venezuela que venía hambre, que venía escasez, que venía persecución, que íbamos a despedir a nuestros hermanos en el cementerio o en el aeropuerto.

Voy a contarles muchas cosas, pero no las vean como la historia de Rosmit, véanlas como la historia de cientos de jóvenes que están presos en Venezuela en este momento por razones políticas.

El 2 de mayo de 2014 me secuestraron de mi casa y me metieron en una celda de 5 mts por 3 mts con 22 personas, una celda cuya luz estaba prendida las 24 horas del día y los 7 días de la semana. Estuve dos años y medio en el Sebin. Y les puedo decir muy responsablemente que fui el único de los presos de 2014 que no fue torturado físicamente. Pero psicológicamente sí. No hubo un solo día en el que yo no haya sido maltratado psicológicamente.

Por ejemplo, pasé días y meses castigado en los sótanos sin agua, sin luz, sin baño. Bajo acoso verbal permanente, oyendo todo el tiempo (de los custodios) ‘vas a pasar 25 años aquí‘.

También pasé en repetidas ocasiones por el dolor de ver cómo maltrataban uno a uno a mis compañeros. Todos, menos yo, fueron electrocutados. Por ser activista de la causa LGBT, Amnistía Internacional acogía mi caso. Soy el único de 2014, apartando a Leopoldo López y a Daniel Ceballos, que tiene una resolución por la ONU en su Comisión contra la tortura y contra las detenciones arbitrarias. Por eso, el costo de torturarme físicamente era muy alto para ellos.

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Estando preso, un día nos enteramos de que existía un lugar llamado “La Tumba” que no es más que la antigua bóveda de un banco en la sede del Sebin en Plaza Venezuela (en Caracas). Siete celdas monocromáticas a 30 metros bajo tierra. Ahí estaban recluidos Lorent Saleh, Gabriel Valles y Gerardo Carrero. Ellos sabían cuándo amanecía porque el Metro pasaba por encima y escuchaban el sonido, entonces podían asumir que el día comenzaba.

La señora Katherine Harrington (actual vicefiscal impuesta por el TSJ) iba de madrugada a la celda de Lorent y le decía que si no firmaba un papel, donde se afirmaba que él era pagado por la oposición, se iba a podrir ahí. Y Lorent respondía: ‘Pues me voy a podrir aquí‘. Dos años después, fue trasladado a El Helicoide, donde yo estaba. Pero nunca volvió a ser el mismo. Había pasado dos años y medio enterrado sin estar muerto.

Mi amigo Gerardo Carrero, cuando estaba preso en El Helicoide, inició una huelga de hambre y eso derivó en que lo guindaran del techo, amarrado por las muñecas, de forma tal que tuviera que permanecer en puntillas y que si bajaba apoyando los talones, se le desprendieran las manos. Así pasó ocho horas. Al frente le ponían a su amigo Nixon Leal y le escupían en la cara para que Gerardo se desesperara y se le desprendieran las muñecas. El resultado, después de haberlo colgado, fue trasladarlo a La Tumba.

Cuando yo descubrí La Tumba decidí hacer una huelga de hambre junto con dos de mis compañeros. A medianoche llegó uno de los altos jerarcas del Sebin con una Biblia bajo el brazo para leerme ‘El Apocalipsis‘. Y entre versículo y versículo me decía que más nunca vería a mis padres ni a mis abogados y que iba a ser llevado a un penal de presos comunes, donde seguramente me iban a matar. Yo le dije: “Okey, pero no voy a dejar la huelga”. Una hora más tarde regresó y traía fotos de mi familia. Me dijo: “Tu hermana tiene siete meses de gestación. Tú me dices qué vamos a hacer”. Y, por supuesto, tuve que dejar la huelga de hambre.

¿Qué les quiero decir con esto? Que no estamos en manos de la izquierda o de la derecha, sino en manos de delincuentes. Todos los venezolanos, dentro y fuera de la cárcel.

Todas las semanas nos castigaban. Nos quitaban la comida, nos apagaban la luz, nos cortaban el agua, nos encerraban por días, a ver qué hacíamos, y lo que hacíamos era mantenernos firmes y de pie.

Luego de dos años de prisión, me enfermo de la vesícula. Los dolores eran fuertes y me desmayaba en la celda. Finalmente, gracias a la presión de AI, se logra mi traslado a la clínica y tienen que operarme de emergencia. Cuando me iban a pasar a quirófano, me sacan a golpes, me montan en una patrulla y me llevan otra vez a la cárcel. Al llegar, me encerraron en una celda de castigo sin agua, sin luz, sin aire. Solo tenía derecho a la comida que el Sebin quería darme, que era arroz descompuesto, casi siempre.

Al décimo día, me sacaron a empujones y me llevaron al Hospital Militar (Carlos Arvelo) porque el defensor del pueblo, el señor Tarek William Saab (actual Fiscal General desingado por la ANC) decía que mi enfermedad era un show. Así, me hicieron todas las evaluaciones y se dieron cuenta de que estaba efectivamente muy mal y, finalmente, me operaron.

Una vez recuperado de la anestesia, comencé a presionar públicamente al Gobierno venezolano, a la oposición y a la opinión pública. Crece la presión de la Unidad, del Vaticano y de Amnistía y soy liberado el 17 de noviembre de 2016. Una libertad a medias, que implicaba ir cada 15 días al tribunal a presentarme, a riesgo de que me dejaran preso.

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En la prisión conocí a quienes llegarían a ser los mejores amigos de mi vida. Y perdí a uno de ellos porque se ahorcó, al no soportar la tortura psicológica. Se llamaba Rodolfo González, le decían ‘El Aviador’. Su muerte frenó nuestro traslado a los penales donde seguramente nos hubiesen matado, a mí y a muchos de mis compañeros.

No hay nada peor para un preso que ser olvidado. Aunque los venezolanos que viven fuera de Venezuela piensen que todo lo que hacen es inútil, no es así. Vivir en un país democrático debe servir para hablar de democracia y de derechos humanos. Cuando yo estaba en la cárcel y me llevaban periódicos de cualquier parte del mundo donde se hablaba de Rosmit Mantilla, entonces sabía que no me había llevado el viento.

Todo esto pasa actualmente y se trata ya de patrones de conducta del Gobierno venezolano. Si el régimen es un monstruo, yo viví en el estómago del monstruo. Por eso siempre digo que la tortura es la única ministra eficiente del Gobierno de Nicolás Maduro. Todo lo que he relatado está documentado en la Fiscalía y en la Defensoría del Pueblo y por supuesto, los abogados de cada uno de los casos lo han documentado en todas las instancias. Pero la justicia internacional es bastante lenta”.

Hablar de perdón

“Cuando estaba en la cárcel, le decía al más cruel de los funcionarios que conocí: ‘Esto va a pasar y yo voy a ser Gobierno, y cuando esto pase, tú vas a estar preso. Pero yo voy a cuidar tus derechos, para que no te pase lo que a mí me está pasando’.

Les decía que los crímenes de derechos humanos no prescriben y que la responsabilidad penal es individual. ¿Por qué actúan así? La policía es víctima de la profunda descomposición social. Con esto no justifico la violencia, pero ellos son el producto de la sociedad que creó el chavismo. Muchos de esos policías tienen 20, 24 años; ellos no conocen la democracia.

El mensaje para ellos debe ser muy claro: los que cometieron delitos tendrán que ir a la justicia. Muchas veces les decía que debían saber que ellos no estaban obligados a cumplir órdenes que violaran los derechos humanos. Pocos lo entendían y algunos me decían: ‘Rosmit, entiende que este es el pan para mi familia‘. Yo les decía: ‘Sí, pero recuerda que esto tiene fecha de caducidad, porque cuando todo esto pase, tu jefe se va a ir en un avión y yo voy a procurar que te juzguen y tu jefe no va a venir a la celda a traerte la comida’.

No. Yo no voy a abrazar a quienes me torturaron y a quienes torturan a mis compañeros. Pero la justicia llegará. Y después de la justicia, habrá espacio para el encuentro y el perdón”.

El proyecto profesional de Rosmit Mantilla en Francia consiste en la fundación y conducción de un observatorio de la tortura, una ONG que sirva de centro de documentación de lo que ha sucedido en Venezuela. Tiene listo el proyecto y en los próximos días recibirá asesoría de instituciones francesas para su desarrollo y puesta en marcha.

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Foto: Cristóbal Ochoa

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