Delincuencia y xenofobia: ocho horas de terror en la frontera Venezuela-Brasil (Crónica) - Efecto Cocuyo

Delincuencia y xenofobia: ocho horas de terror en la frontera Venezuela-Brasil (Crónica)

Por Melany Mejías

Stephany y Carlos tenían un viaje rigurosamente planificado. La pareja hizo malabares para tener sus documentos en orden y trabajaron sin descanso durante meses para ahorrar y emigrar a Argentina.

Antes del 15 de agosto de 2018, lograron legalizar y apostillar todos sus papeles. Carlos es diseñador gráfico y Stephany, comunicadora social.

Jamás imaginaron que su aventura de emigración implicaría vivir el terror de los disturbios fronterizos ocurridos entre Venezuela y Brasil, justo el día que les tocaba atravesar esa línea.

Salieron el miércoles 15 de agosto desde el Aeropuerto Nacional de Maiquetía. Aterrizaron en Puerto Ordaz, donde dormirían para al día siguiente partir hacia Boa Vista, Brasil. Desde allí viajarían en autobús hasta Manaos, la última escala para tomar el vuelo hacia Buenos Aires.

A las 5:00 am del 16 de agosto partieron hacia la frontera con Brasil. Ya eran las 4:15 pm del viernes 17 de agosto, cuando Stephany y Carlos llegaron a la frontera junto a José (el amable chofer de la camioneta donde viajaron) y su hermano. Les llegó la hora del cierre fronterizo y no pudieron pasar ese día. Pero todavía estaban a tiempo para el resto de las escalas.

Obtuvieron el pase para cruzar el sábado a las 7:30 am, por lo que debían quedarse a dormir en la camioneta de José justo allí, en la cola. Serían los primeros en pasar. Aprovecharon el tiempo y comenzaron a socializar. En poco tiempo, simpatizaron con brasileños y argentinos.

Disturbios en Pacaraima

La frontera abrió puntual a las 7:30 am, pero comenzó el desorden causado por las personas que querían colearse; las autoridades brasileñas impusieron el orden y el grupo pasó sin problemas. A las 8:20 am, los viajeros habían entrado oficialmente a Brasil con sus pasaportes sellados.

Alrededor de una hora después, el señor José y su hermano se bajaron del carro a hacer su cola aparte junto a todos los demás que no tenían boleto aéreo. Carlos y Stephany se quedaron en el vehículo conversando con otras personas. Más tarde entenderían lo valioso que había sido el tiempo que invirtieron en hacer vida social.

Minutos después, comenzaron las detonaciones que ocurrían en el pueblo cercano de Valle de Pacaraima mientras que ellos se encontraban en la propia frontera donde se sellan los pasaportes.

Esa mañana, supieron que los disturbios eran consecuencia del ataque de un grupo de entre cuatro y siete venezolanos al dueño de un local brasileño la noche anterior. A puñaladas, hirieron gravemente al dueño del comercio y sometieron violentamente a su familia.

Los brasileños de la localidad estaban enardecidos contra todos los inmigrantes venezolanos y comenzaron a atacarlos, incendiaron los campamentos donde aproximadamente 2 mil personas estaban establecidas.

La camioneta donde viajaban Carlos y Stephany era la primera que iba a pasar para el chequeo del vehículo, el cual se hacía de 11:00 am a 12:00 m y de 5:00 pm a 6:00 pm. Ellos seguían dentro del carro cuando vieron a la gente correr desesperadamente. La multitud se iba acercando hacia ellos poco a poco.

Un trámite riesgoso

Fue entonces cuando otros viajeros le comentaron a la pareja sobre un permiso impreso que deben tener los vehículos para pasar la frontera hacia Brasil.

Ambos buscaron a José y a su hermano para organizarse y resolver el problema del documento para la camioneta. Al llegar hasta donde estaban ellos, vieron las carpas de los refugiados venezolanos en llamas.

Había personas gritando que un niño había quedado atrapado dentro de una carpa incendiada. Varios estaban heridos. Los funcionarios del Ejército de Brasil se pusieron sus cascos.

En ese momento, José les dijo a los muchachos que había olvidado sacar el permiso del vehículo el día anterior. El panorama era oscuro, pues todos los negocios, locales y oficinas habían cerrado. Los manifestantes brasileños incendiaban todo a su paso.

De un momento a otro, el chofer mencionó que conocía al encargado de un cibercafé cercano. Carlos le dijo que irían ellos dos solos, pero el chofer insistió en que Stephany debía acompañarlos porque era menos probable que le negaran la ayuda a una mujer.

Se apresuraron los tres hacia el cibercafé. En el camino, a la altura de un hotel pequeño, se encontraron con un argentino con el que habían hecho amistad desde el viernes. Iba acompañado de otra persona que también necesitaba el documento.

El argentino se les unió con su acompañante y fueron juntos a intentar realizar el trámite. Pudieron constatar que todo estaba quemado, roto. Los locales estaban destruidos. Había gente llorando en las calles y se escuchaban gritos por todos lados.

Cuando llegaron al establecimiento, el encargado dudó en ayudarlos. Stephany hizo lo posible por persuadirlo para sacar el permiso para tres vehículos.  Finalmente, el encargado cedió, ellos le entregaron los papeles, dijo que lo haría lo más rápido posible. José y el argentino decidieron quedarse a esperar.

Ya estaban pasando muchas motos y vehículos por esa calle, cada vez era más arriesgado permanecer allí. José y el argentino le dijeron a Stephany que se fuera porque no podrían protegerla en ese lugar.

Ella, que ha vivido numerosas protestas en Caracas, jamás había experimentado el terror por conflictos fronterizos. Nunca había estado en medio de una turba de xenofóbicos atacando a otras personas violentamente. Y, sin embargo, asumió una actitud valiente y estuvo dispuesta a resolver el problema que fuese.

El argentino les pidió a ella y a Carlos que le llevaran unos papeles a su esposa que estaba en el hotel pequeño, así que se fueron hacia allá. Antes le pidieron prestados 50 reales porque debido a los disturbios no habían podido cambiar sus dólares a la moneda brasileña.

Necesitaban comprar algo para hidratarse, pero en ningún lado quisieron venderles algo. Los locales que no habían sido víctimas de la turba violenta tuvieron miedo al escuchar su acento venezolano.

Así que siguieron hasta el hotel y le entregaron la encomienda a la esposa del argentino. Luego, retrocedieron un poco para encontrarse con el hermano de José.

No pasaron más de cinco minutos cuando comenzó a correr hacia ellos un grupo de refugiados perseguidos por la multitud de brasileños enardecidos.

El Ejército de Brasil estaba en posición y detuvo a la turba violenta a la vez que protegía a los venezolanos que estaban en la cola para sellar sus papeles. Los funcionarios los metían dentro de un contenedor. Carlos y Stephany permanecieron inmóviles hasta que vieron llegar a José y al argentino.

Comenzaron a correr todos hacia el carro de José y, al llegar, tenían de frente a la turba de los manifestantes brasileños. Los cuerpos de seguridad apuntaron con armas a los lugareños enfurecidos, quienes, al ver que protegían a los venezolanos dentro del contenedor, comenzaron a lanzar botellas y todo lo que encontraban a su paso.

En ese contenedor se encontraban las maletas de muchos venezolanos que estaban sellando sus pasaportes. Todos ellos perdieron sus pertenencias luego de que los manifestantes brasileños las tomaran y las quemaran.

Los funcionarios de los cuerpos policiales sacaron a todos los venezolanos y los llevaron hasta la aduana. Mientras tanto, detonaban perdigones de goma para detener a los violentos.

Los viajeros estaban ubicados al frente de esa escena. José hizo una complicada maniobra para salir de allí y se estacionó donde están las banderas de ambos países. Todos se bajaron del carro menos Stephany, puesto que el sol era inclemente. De un momento a otro, se dio cuenta de que Carlos ya no estaba cerca.

Él se había ido a ver qué estaba pasando. Había llamas por todas partes, mucha gente corría y gritaba. Cada vez llegaban más funcionarios de los cuerpos de seguridad.

Entonces, la Guardia Nacional Bolivariana (GNB) fijó posición para -supuestamente- defender su frontera. La verdad es que proyectaban demasiado miedo.

A Stephany la dejaron sola, encerrada en la camioneta con los vidrios abajo. De repente, el chofer de otro automóvil aceleró abruptamente para atropellar a todas las personas que estaban en esa calle. La camioneta de José era el único carro que estaba estacionado.

El automóvil venía aceleradamente de frente hacia Stephany, quien se agachó y se cubrió para esperar el impacto y el posible tiroteo en caso de que los funcionarios brasileños dispararan las armas con las que apuntaban al chofer desquiciado.

No hubo tiroteo ni impacto, pero un grupo de venezolanos perseguía al vehículo del brasileño y le lanzaba botellas.

Los funcionarios del Ejército de Brasil dejaron pasar al automóvil. Justo en ese momento, uno de ellos se percató de que Stephany estaba sola en la camioneta y le ordenó que pusiera en marcha el auto. Ella le dijo que no tenía la llave.

“¡¿Quieres morir aquí?!” Le preguntó él. Le dijo a gritos que había brasileños escondidos en la montaña tratando de atacar a los venezolanos. El Ejército no sabía si estaban armados, por lo que este hombre le gritó a Stephany que saliera del carro y dejara las maletas atrás, que huyera de inmediato para salvarse.

Ella le respondió que no tenía la llave para salirse de la camioneta y que no quería que él la cargara para ayudarla. Insistió en que lo haría por sí misma si lo consideraba necesario. Le pidió que la dejara tranquila y que fuese a resolver el problema que estaba un poco más alejado de ese sitio, donde José había estacionado el carro.

Segundos después, Stephany se salió por la ventana. Corrió hacia el lugar de donde venía la multitud, pues hacia allá se había ido Carlos. La camioneta se quedó sola y con todas las pertenencias de quienes viajaban en ella.

Y llegó la turba hasta el límite con Venezuela, donde estaban las banderas.

Carlos apareció.

Corrió y rápidamente todos volvieron a montarse en el carro. Se rehusaron a llegar hasta la aduana, porque entonces no hubiesen podido cruzar a ninguno de los dos países. Se quedaron allí estancados desde las 11 de la mañana hasta las 4 de la tarde. El panorama no mejoraba.

Cerraron ambas fronteras y la gente seguía gritando. Muchos venezolanos se adentraban a las montañas.

Otros venezolanos destruyeron los taxis de Brasil. Como consecuencia de estos actos de vandalismo, todos los carros que pasaran de Venezuela a Brasil serían destruidos y los venezolanos que viajasen dentro sufrirían violentos ataques. Lo mismo ocurría con los brasileños tratando de pasar a Venezuela.

Ya era difícil distinguir la nacionalidad de los vándalos.

A las 2:00 pm, Carlos y Stephany deberían haber estado en Boa Vista para tomar el bus hacia Manaos de no haber ocurrido los disturbios. Pero ya eran las 4 de la tarde y seguían atrapados en la frontera. Si no lograban salir ese día, perderían el vuelo a Buenos Aires.

En medio de la angustia, hablaron con el argentino, quien iba con su esposa y dos hijos a Argentina en su camioneta particular. Le preguntaron si podía llevarlos hacia Brasil. Él aceptó, pero dijo que saldrían al día siguiente en caso de que la situación mejorase el domingo. De ser así, perderían su vuelo y atravesarían todo Brasil con la familia argentina, lo cual representaría gastos por encima de su presupuesto inicial.

Hasta ese momento, esa parecía la única vía posible para llegar a su destino. Debido a los disturbios, todos los autobuses que iban hasta Manaos cancelaron la ruta por los próximos tres días y los taxis ya no tenían permitido el paso, mucho menos con venezolanos a bordo.

Carlos decidió caminar hacia el límite con Venezuela para tratar de encontrar un taxi contra todo pronóstico mientras su novia se quedó en la camioneta de José una vez más. En un intento por conseguir ayuda, Stephany se bajó del carro a hablar con unos brasileños no involucrados en los disturbios. Uno de ellos tenía a su novia en el hospital del lado venezolano.

Fue entonces cuando a José se le ocurrió una propuesta ganar-ganar.

Cada grupo necesitaba del otro para mejorar su situación. Dado que los venezolanos no podían pasar a Brasil y los brasileños no podían pasar a Venezuela, José les dijo que él estaba dispuesto a buscar a la novia que estaba en el hospital siempre que ellos accedieran a llevar a Carlos y Stephany hacia Manaos.

Ellos accedieron. Iban hacia Sao Paulo, y esa ruta les servía. Le dijeron a la chica que hablara únicamente con acento argentino para protegerse, pues su apariencia de europea se lo permitía.

También le advirtieron que ambos debían estar dispuestos a cruzar la turba violenta con su equipaje y, de ser necesario, correr con todas sus fuerzas dejando todo atrás. Porque los brasileños violentos no los iban a perdonar si descubrían que eran venezolanos.

Stephany estuvo de acuerdo con las condiciones y pidió que la acompañaran a buscar a Carlos y las maletas en la camioneta de José.

Cuando iban caminando a la frontera, Carlos venía corriendo del otro lado hacia donde estaba su novia. Todavía corriendo hacia ella, le dijo a gritos que había conseguido un taxi por puesto. De inmediato, ella se dirigió hacia la camioneta a buscar las maletas acompañada por los brasileños.

José los dejó lo más cerca que pudo de la frontera y allí se despidieron. Él les descontó el costo del trayecto hacia Boa Vista que ya no podría hacer, y era justo lo que Carlos y Stephany necesitaban para pagar el taxi. Consiguieron cambiar dólares a reales y se montaron en el carro.

No lograban pasar y tuvieron que bajarse en el punto de control policial de la frontera. Entonces, se acercó una mujer con su hija, ambas con pasaporte europeo. Ellas también necesitaban el transporte, así que al taxista se le ocurrió que todos los pasajeros, incluyendo a dos transgénero, se harían pasar por europeos. Sería más fácil ahora que había dos personas con pasaportes de la Unión Europea.

La mujer iba en el asiento del copiloto. Carlos, cuyos rasgos y piel morena revelan fácilmente su venezolanidad, debía mantener la cabeza agachada para pasar desapercibido. Stephany iba del lado de la ventana y tenía que mantener el acento argentino o hablar en inglés.

Ese era el plan del taxista, quien los llevaría hasta Boa Vista, un trayecto de tres horas, aproximadamente.

Los minutos pasaban en ese punto de control y la sed llevó a Stephany a bajarse del auto para pedirles a los funcionarios del Ejército de Brasil que le dieran un poco de agua. Todos en el carro le decían que no se bajara, que era peligroso, pero la sed pudo más.

Por haberse bajado a hablar con los funcionarios, tuvo la oportunidad de conocer a una señora que andaba con su hija en otro taxi. Acordaron viajar ambos autos en caravana, pues ellas también debían tomar un autobús hasta Manaos desde Boa Vista.

Por fin estaba resuelto el enigma de cómo viajar desde la caótica frontera hasta el aeropuerto de Manaos. Un paso a la vez.

Estuvieron alrededor de una hora esperando que les permitieran el paso hacia Brasil. Finalmente, se lo concedieron y estuvieron entre las únicas 12 personas y dos taxis que pudieron cruzar la frontera de Brasil. Ambas fronteras permanecerían cerradas por al menos tres días.

Los viajeros respiraron de alivio cuando llegaron al terminal de Boa Vista justo a tiempo para abordar el último autobús hacia Manaos y a un precio accesible para ellos cuatro. Serían 12 horas de carretera en un vehículo que resultó ser realmente cómodo e incluso lujoso, como un regalo del cielo para compensar el día tan pesado que dejaban atrás.

El único inconveniente era que no tendrían la oportunidad de ducharse. Pero después de vivir el terror de la xenofobia, ya tenían demasiado que agradecer.

Mientras muchos perdieron sus pocas y únicas posesiones e incluso tuvieron que escapar de regreso a Venezuela. Carlos y Stephany tuvieron el privilegio de cruzar la frontera de Brasil legalmente, completamente ilesos y con todas sus pertenencias.

Con todos sus sueños intactos.

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