Las elecciones españolas vistas por un venezolano: Sin tinta indeleble

No es un día normal en España. No lo es.

Se percibe en la actitud de la gente en la calle, en conversaciones fugaces de los mayores en la esquina, en un cierto nervio colectivo que amasa el ambiente.

Pero la normalidad es lo que marcará la jornada electoral. Como si los españoles lo llevaran encriptado en la genética de este país que aprendió la democracia ya de viejo. Como si fuese un ejercicio de memoria. Como si se tratase de una función orgánica regular, que ni paraliza a la gente ni rompe rutinas familiares.

Son en forma, contenido y espíritu bastante diferentes a las elecciones de un país tropical, aderezadas siempre de tensión, de fiesta, de colores y ruidos, carnaval de promesas faraónicas, desconfianzas a la carta y sospechosos habituales especialistas en disfrazar artimañas.

La jornada electoral en España, por lo general, es un acto sencillo, vertebrado en el respeto, sin sobresaltos ni apuros, salvo contadísimas excepciones.

Tanto así que más de 600.000 electores ya votaron antes de este domingo por correo. Algunos lo hicieron hasta para no perderse las fiestas patronales de su pueblo ni esos cinco minutos contados por reloj que lleva todo el proceso de votar.

Cierto que los de este domingo no son comicios generales para elegir presidente de Gobierno, sino alcaldes, concejales, presidentes de comunidades autónomas (especie de gobernadores) y legisladores regionales.

En concreto, esta elección en la que hay 35 millones inscritos y tuvo un costo de €128 millones, decide los representantes de 8.122 municipios y 13 comunidades autónomas, todas menos Cataluña, País Vasco, Andalucía y Galicia que ya hicieron elecciones particulares recientes.

Aún así, se trata de un proceso que discurre y se lee en clave nacional, debido a la erosión evidente del bipartidismo del PSOE y PP, y la aparición de dos líderes y partidos emergentes: Podemos y Ciudadanos.

Los casos de Madrid, Valencia y Barcelona son especiales por su carácter emblemático y por ser representaciones del poder. En las dos primeras el conservador Partido Popular tiene décadas ejerciendo su hegemonía, mientras que en la capital catalana los conservadores regionales del gobernante CiU arrebataron el control de la ciudad que durante décadas regentaron los socialistas.

Las encuestas, todas, vislumbran cambios. Los dos grandes partidos políticos son los que más sufren. Las mayorías absolutas están en cuestión. Vendrán gobiernos en minoría o pulsos para alcanzar pactos y mucha fragmentación.

El bipartidismo clásico español está haciendo fuerzas para no perder los anclajes históricos y ceder espacio a dos fuerzas potentes que enarbolan, cada cual a su manera, la bandera del cambio.

La propia campaña electoral, muy diferente a la que se suele desarrollar en los países latinoamericanos, ha mostrado esas fisuras que aparentemente están por aflorar en el sistema bipartidista español dominante hasta ahora.

Pocos spots televisivos; algunos afiches, pegatinas (calcomanías) y pancartas en las calles, uso de redes sociales, videos caseros por YouTube de algunos de candidatos con escaso presupuesto y poca vergüenza al ridículo. Algún activista con megáfono en las calles, algunas concentraciones, alguna cena benéfica para recaudar fondos.

Ha habido debates televisados en canales públicos regionales. En Telemadrid, cuya imparcialidad es largamente dudosa, se pudo ver el cara a cara entre Esperanza Aguirre, la expresidenta de la Comunidad y candidata del PP a la Alcaldía de Madrid, y Manuela Carmena, cabeza de lista de la coalición de izquierdas Ahora Madrid donde confluyen Podemos, Equo (ecologistas) y otras formaciones.

Fue un debate intenso en que poco se habló sobre programas para la ciudad. Que trascendió lo local para cebarse en el terreno ideológico, no exento de reproches personales y viejas facturas. Una luchando por conservar el rancio poder del PP en la capital, otra intentando arrebatárselo de las manos.

No es que en este país no existan la campaña sucia, demagogia ordinaria y política barriobajera de la peor factura. Sí que las hay, como en todas partes; la diferencia es que aquí hay mínimos ganados a pulso: instituciones que funcionan, convicciones democráticas bastante firmes y altas dosis de tolerancia política, salvo líneas rojas que marcan lo éticamente reprobable.

Política aparte, el procedimiento para votar es simple y efectivo.

El voto es manual.

La carta con la “Tarjeta censal” en la que se indica el centro electoral correspondiente llega por correo postal. Una o dos semanas antes está en el buzón. El papel trae impreso el número de identificación del elector y la mesa en le toca votar.

En el colegio, muy cerca del domicilio, no se forman largas colas de personas. Todo es muy rápido. Listas pegadas en las paredes indican las mesas y carteles rotulados a mano con números decoran los salones.

Cientos de papeletas electorales tapizan dos grandes escritorios. Son las listas de los partidos políticos. En cada una de ellas figuran los nombres de los candidatos. Sin fotografías. Sin colores partidistas. Las listas de papel blanco corresponden a los aspirantes a la alcaldía, las de papel salmón muestran los candidatos a la comunidad autónoma.

Al lado hay montones de sobres membretados, también diferenciados por esos dos colores. Uno elige las listas de su preferencia, las dobla, las introduce en los sobres (uno para alcaldía, otro para comunidad) y los cierra.

En la mesa se muestra el documento de identidad para que uno de los testigos te ubique en el libro. Otro de los encargados de mesa “abre la urna” para que se pueda depositar el voto; es decir, retira un simple papel que cubre la rendija. Se mete el sobre y ya está. Se acabó. Buenos días o buenas tardes. No hay tintas en los meñiques. A tomar un café, a hacer la siesta, a ver una película dominguera en la televisión y a esperar que den el primer resultado.

Cerca de las 10:30 de la noche del mismo día, es lo habitual, se ofrece el primer boletín con resultados, casi definitivos. Lo hará la vicepresidenta del gobierno, Soraya Sáenz de Santamaría. No hay CNE, no hay Tibisay, no hay Plan República, no hay misterios ni trucos de última hora ni sospechas fundadas o infundadas…  Lo que hay es confianza y respeto en el sistema electoral. Nadie hará trampa.

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Comentarios

1 Comment
  1. Creo que es necesario matizar un poco. Es comprensible que para nosotros los venezolanos, las jornadas electorales españolas sean extraordinarias en comparación a la pesadilla kafkiana que puede ser votar en Venezuela. Sin embargo aquí en España también hay fallos importantes: http://goo.gl/8TiYNs

    Y sobre las trampas…

    Fraudes con el voto por correo (a veces aprovechando muertos)
    http://goo.gl/YxLvQk | http://goo.gl/5psG8k | http://goo.gl/cIHMkL |

    Abuso de ancianos discapacitados o seniles:
    http://goo.gl/StbmfU | http://goo.gl/eI0RiK | http://goo.gl/C9MRcC (en gallego, pero se entiende) | http://goo.gl/ctVOlf

    Esto haciendo un par de búsquedas rápidas. Que podría sacar ejemplos por decenas. También es verdad que en algunos de esos casos el fraude ha podido ser atajado pero no siempre es así. En definitiva: por aquí estamos mucho mejor, sin duda. Pero tampoco estamos para darnos palmaditas en la espalda. En efecto, este país aprendió la democracia de viejo y a veces todavía se nota.

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